“…Y al final” (Despedida sin cierre)

Bunbury, en el Mutaciones Tour | Jose Girl

La memoria glorifica los momentos felices. Sobre todo, cuando estos son extraordinarios. Hace unas semanas –quizá meses, perdonen la indefinición-, el canal oficial de Youtube –¿se dice así?- de Enrique Bunbury colgó el concierto que ofreció en Teatro Barceló este verano. Lo vi/escuché –por enésima- este miércoles e, ipso facto, mientras pedaleaba como un imbécil sobre una bicicleta estática, me arrollaron los momentos felices que viví en los cuatro/cinco conciertos del Mutaciones Tour, llevándose la palma, sin duda, aquella discusión divertidísima que mantuve con Enrique sobre cuáles son los tres mejores discos de Bob Dylan.

Aquellos conciertos terminaban con “…Y al final“. Bunbury concluía y agradecía; Los Santos Inocentes ofrecían el último fogonazo musical, y el público quedaba rendido a la vez que hambriento –jamás olvidaré cómo, en Zaragoza, habiendo terminado el show, la tropa se quedó cantando el “Stand by me” que sonaba cuando los músicos ya se habían marchado-. La ceremonia terminaba hermosa y a flor de piel. Más de un cura quisiera finalizar así sus misas tras el “podéis ir en paz”.

Incluida originalmente en el magnífico Flamingos (2002), “…Y al final” es un vals elegante, una despedida declarada, una claudicación pasional y doliente –”Permite que te explique que no tengo prisa, / no importa que tengas algo mejor que hacer. / Así nos podemos pegar toda la vida, / así si me dejas no te dejaré de querer”-. En las estrofas, Bunbury suplica con la boca pequeña –”Permite que te invite a la despedida, / no importa que no merezca más tu atención (…) Permite que te dedique la última línea, / no importa que te disguste esta canción”-; en el estribillo, pasa al ataque:

…Y al final
te ataré con todas mis fuerzas,
mis brazos serán cuerdas al bailar este vals.
Y al final
quiero verte de nuevo contenta,
sigue dando vueltas
si aguantas de pie.

En estas, aprovecho la canción para comunicar que me despido de Acordes Modernos, casa que creó Antonio Cambronero para mí, de la que me adueñé con libertad absoluta, en la que instalé a varios inquilinos, y cuyas llaves dejo ahora en manos de Rodrigo Pérez y Javier Garrido, quienes, en realidad, vienen dirigiendo la web desde hace un tiempo –lo que están leyendo es un mero formalismo-. Por motivos sobrelaborales, uno no se ve –desde demasiado, para qué mentir- capaz de conducir este barco, de ahí que ceda el mando a dos capitanes excelentes.

Gracias a los colaboradores que han escrito con pasión y desinterés –aquí no entró nunca un duro-; a los entrevistados –en especial, a Enrique Bunbury y a Jose Girl, a Andrés Calamaro, a Igor Paskual y a Javier Krahe, descanse en paz-; a la tropa que me ha ayudado en algún que otro texto contribuyendo con su pluma –Jorge Alonso, Xandru FernándezRobert Castellanos, Igor (de nuevo)…-, y, como diría Stephen King, a ti, querido Lector Constante, por tu fidelidad y tu crítica.

Yo me despido de aquí, pero el chiringuito no se cierra.

Gracias por todo. ¡Muera la muerte!

Comenta con tu usuario de Facebook

comments

Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Al utilizar nuestro sitio web, usted consiente el uso de cookies de acuerdo con nuestra política de cookies. Obtenga más información sobre: cookies.

ACEPTAR