Hacia el amor de la mano de Daniel Johnston

Daniel Johnston | Foto: Austin Film Society
Daniel Johnston | Foto: Austin Film Society

Llevo mucho tiempo queriendo hablar de una persona, pero han sido tiempos difíciles, tiempos perfectos para refugiarse en el escondite que he conseguir construir gracias a él. Ese tipo también vive, de alguna manera, en su guarida, el problema es que no estoy seguro de que sepa dónde está el mundo ni de qué se esconde exactamente. Realmente nadie lo sabe.

En los últimos meses, durante este verano tan raro, he conocido a Daniel Johnston. “Tarde”, dirán los intelectuales de la contrarreloj, que siempre se empeñan en hacer el ridículo con tal de llegar los primeros. Sea como fuere, Johnston, para quien no lo conozca, es un auténtico majara diagnosticado. Sus problemas mentales, su experimentación con los alucinógenos, la larga lista de fármacos que ha tenido que tomar durante toda su vida y, sobre todo, su amor imposible de juventud que ha conservado durante décadas, han acabado, a estas alturas, por freírle el cerebro. Pese a todo, Daniel, a día de hoy, no vive una vida desgraciada y quizá sea lo justo para el sufridor más transparente y puro de la historia de la música. Esto es precisamente lo que atrae de su música y de su arte, el poco filtro con el que introduce su mensaje, la nula explicación que pretende dar de su propia simbología, muy marcada y recurrente, y que, sin embargo, al final quede totalmente claro lo que intenta transmitir con esa música suya, que resulta en algunos momentos torpe y molesta.

True love will find you in the end” es, precisamente, la única canción de amor que trata realmente de amor. No de la idea de amor acidificada o edulcorada que se convierte en obra de arte, ni la idea comercial de amor que, por buena que sea la canción, siempre huele a naftalina, nada de eso. Nunca se podría filtrar por los ojos de un niño la realidad del amor, porque nunca lo ha sufrido, por eso sus cantos están llenos de esperanza. Tampoco se puede esperar nada de un sufridor, porque ya no le queda nada que rebañar en su amor. Daniel Johnston es un niño, porque está como una cabra, porque su condición de maníaco depresivo le hace pensar que el amor verdadero, el amor que hace más de tres décadas siente por una chica, Laurie, algún día le volverá a encontrar. También es un sufridor, claro, y el rechazo que siente le pesa como una losa, pese a todo.

A veces los relatos de realidad vienen de quien menos la tiene en cuenta.

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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