Xandru Fernández: “Nuestra capacidad de convertirnos en fanáticos es inmensa”

Xandru Fernández firma ejemplares de 'El Ojo Vago' | XF
Xandru Fernández firma ejemplares de ‘El Ojo Vago’ | XF

Conocer a Xandru Fernández (Turón, 1970) me demostró que las redes sociales son algo más que un océano donde los psicópatas forman bancos implacables de barracudas, o una vibración molesta de socorro motivada por un juego que va sobre apilar frutas. Empecé a seguir –o como se diga- al escritor por sus artículos políticos, reflexivos, lúcidos y críticos, en medios como Asturias24 o Diagonal. Nuestra primera toma de contacto –virtual- se produjo el 11 de enero de este año. Había muerto David Bowie y Fernández me ofreció un artículo-homenaje, que yo acepté incrédulo. “Caray –pensaba, ilusionado/iluso-, si gente así me ofrece sus textos, es que la web empieza a tener prestigio”.

Estrechamos nuestras manos siete meses después, en la librería Traficantes de Sueños, cuando vino a presentar El Ojo Vago (Pez de Plata, 2016), su primera novela en castellano –Fernández es un reconocido pope de la literatura asturiana, destacando, por ejemplo, El suañu de los páxaros de sable o La banda sonora del paraísu-, en la que dos personajes, Pérdicas y el Tracio, se buscan/encuentran/enfrentan/matan/ayudan a lo largo de varias reencarnaciones, durante más de 2.000 años, en escenarios como la Esmirna de Alejandro Magno, la Palestina de Jesucristo o el Londres setentero de Bowie. A lo largo del relato, el autor conjuga muy bien el qué y el cómo, crueldad y ternura, crudeza y humor, desánimo y esperanza.

Conversamos sobre su última criatura literaria.

P: En la presentación de El Ojo Vago en Traficantes de Sueños, Luisgé Martín le definió como “pope de la literatura en asturiano”. La pregunta suena tópica, pero me parece obligada: ¿por qué escribió este libro en castellano?

R: Tal vez porque mantener la tensión de escribir en asturiano con todos los elementos en tu contra llega un momento que te agota. Hay algo de rendición ahí. Puede que sea temporal, para tomar aire, pero no descartaría que eso sea parte de la explicación. De todos modos, también tenía curiosidad por emplear el castellano en una novela; supongo que, teniendo a mi disposición dos herramientas, dos lenguas, no había motivos suficientes para obstinarse en emplear solo una.

P: ¿En qué, por decirlo de algún modo, estado de conservación se encuentra la literatura en asturiano? ¿Es una especie vulnerable o en peligro?

R: Es una especie en peligro, claramente. El asturiano es una lengua no oficial, lo que implica que carece de mecanismos de protección institucional, que son los que a la postre salvan de la extinción a una lengua minoritaria: está prácticamente ausente del sistema educativo, de los medios de comunicación públicos (y, desde hace unos años, también privados), y así es prácticamente imposible garantizar la transmisión intergeneracional del idioma. Lógicamente, a menos hablantes, menos lectores. En 2014 se publicaron 63 libros en asturiano; en 2015, solo 42. Esa tendencia decreciente es una constante en los últimos años.

P: La moraleja del libro podría ser la de que, para la gente normal, la vida es, como poco, complicada, cuando no dramática. ¿Está de acuerdo?

R: Más que una moraleja, es un dato de la experiencia: la lluvia moja, tenemos dos orejas, la mayoría de la gente lleva una vida de mierda. Lo que ya no sé es si esa mayoría se ha hecho más numerosa o se ha reducido con el tiempo. Tengo la intuición de que en términos globales hoy día se vive mejor que en épocas pasadas, al menos en Europa, pero tengo mis dudas de que esa generalización podamos extenderla al conjunto de la población del planeta.

P: ¿Por qué es Esmirna la capital de la novela?

R: No sé si es exactamente la capital. Es cierto que aparece dos veces, en dos momentos históricos muy diferentes, pero también Londres. En todo caso Esmirna está ahí porque fue una ciudad de la Grecia antigua de la que no se sabe mucho, en comparación con otras de su entorno, y eso como narrador siempre te da más libertad. Pero también porque el llamado “desastre de Esmirna”, después de la Primera Guerra Mundial, es uno de esos momentos cruciales en los que se pueden ver eclosionar las pasiones identitarias en su versión más cruda, y eso es algo central en esa parte de la novela.

Portada del libro | Pez de Plata
Portada del libro | Pez de Plata

P: En El Ojo Vago, las reencarnaciones no están concebidas como un juego de justicia (si has sido malo, te reencarnas en una cucaracha; si has sido bueno, en un Bob Dylan).

R: Es cierto. Utilizo la idea de reencarnación como una ficción útil, por decirlo así, para la ficción, no por sus virtudes morales, que me interesan más bien poco. Aquí no hay ni rastro del karma, se parece más a una lotería. La reencarnación como hipótesis es interesante porque nos enfrenta con la importancia del olvido y la memoria en nuestras vidas. Fíjese en que la gran novela sobre la memoria, En busca del tiempo perdido, empieza evocando la creencia en la reencarnación. Como hipótesis narrativa, es muy jugosa.

P: ¿Son reencarnaciones de clase? Quiero decir: al pobrecito Pérdicas, le tocan personajes que las pasan putas; al Tracio, que si Jesucristo, que si David Bowie…

R: Puede ser. También es cierto que la imagen que tenemos del Tracio es la que tiene el propio Pérdicas, el narrador, y no puede negarse que hay ahí una relación difícil, de admiración y repulsión a la vez. Pérdicas evalúa mucho de lo que le pasa en términos de éxito y fracaso, y es inevitable que al compararse con el Tracio salga mal parado.

P: ¿Es, yendo al hueso, El Ojo Vago una novela de amor?

R: Podría serlo, en la medida en que también es una novela sobre obsesiones. Hay lo que convencionalmente llamamos “un primer amor” y ya sabemos desde Stendhal que ese enamoramiento tiene mucho de cristalización, de idealización de los rasgos de una persona. Que algo así conduzca a la decepción es solo cuestión de tiempo. Claro que en el caso de Pérdicas decir tiempo siempre es decir mucho tiempo.

P: Henry Miller decía que el sexo es una de las nueves razones para la reencarnación. Según el ejemplo de Pérdicas y Nastassia, con el amor no ocurre lo mismo.

R: Porque en el fondo Henry Miller tiene razón frente a Pérdicas, y lo que a Pérdicas le lleva tanto tiempo averiguar, entre otras cosas, es que el amor tiene que ver con los cuerpos, y él se enamoró de un cuerpo que ya no existe aunque piense otra cosa. Proust, por ejemplo, hace una lectura diferente, creo yo: las afinidades y los sentimientos persisten, a pesar del deterioro de los cuerpos.

P: Creo que fue Dante el primero en poner a un papa en el infierno; usted va más allá, poniendo a Jesucristo como una reencarnación del Tracio, que es, con perdón, un absoluto cabronazo. ¿Motivos?

R: El principal, que si cuentas algo sobre Jesucristo es inútil rivalizar con los Evangelios. Salvo que lo hagas en plan salvaje. Pero también cumple una función, por así decir, simbólica: hay un momento en la novela en el que las creencias religiosas empiezan a ser muy importantes para entender lo que le pasa al protagonista, y ahí Jesucristo hace de puente, de gozne entre esas dos partes de la novela.

P: A partir del “Interludio Zoólogico”, los ecosistemas están más impregnados de creencias –desde el origen del cristianismo hasta la cultura pop adoptada como religión-. Pérdicas es escéptico, salvo en dos momentos: 1) cuando se implica en el socialismo de William Morris, y 2) cuando es un devoto de David Bowie. ¿Invitan más al fanatismo las creencias religiosas que las, por llamarlas de algún modo, laicas?

R: Indudablemente. Es cierto que nuestra capacidad de convertirnos en fanáticos es inmensa, pero las religiones juegan con ventaja en ese campo, porque ofrecen un premio también inmenso. Forma parte de nuestros mecanismos de condicionamiento: nos resulta más gratificante jugar a la lotería que ahorrar, porque el premio en el primer caso es mucho mayor que en el segundo, aunque también sea más improbable. Lo mismo ocurre con las religiones, prometen algo tan espectacular que es difícil resistirse. En todo caso, fuera de las religiones también hay un margen muy amplio para el fanatismo.

P: En el último capítulo, escribe que la personalidad de David Bowie es tan poderosa que, a los ojos del alma de Pérdicas, casi oculta a la del Tracio. Eso es un homenaje, ¿no?

R: Cuando escribí el libro, Bowie aún no había muerto. Si hubiese podido prever las reacciones que suscitaría su muerte, habría incluso insistido en esa idea: es una figura difícil de superar dentro de la cultura contemporánea. Por eso aparece en la novela, pero también porque su trayectoria es la de una serie continua de reencarnaciones, Bowie construye su personaje cambiando de piel constantemente, igual que el Tracio.

P: Enhorabuena por su libro. Está muy bien escrito, da que pensar y, no menos importante –mueran los coñazos-, es muy divertido.

R: Gracias. Creo que es un libro que trata de cuestiones terribles, hay en él mucha crueldad y mucha desesperanza, y habría resultado morboso, casi pornográfico, hacerlo sin sentido del humor.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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