Un año sin Krahe: recordamos su directo ‘Elíjeme’

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Contraportada de ‘Elíjeme’ (1988)| www.victorclaudin.net

Hoy que se cumple un año de la muerte del gran vate, sigue presente en la memoria de sus admiradores y sus fans. Durante este último año, sus amigos artistas lo han recordado en recientes entrevistas, o han creado un cadáver exquisito pictórico en su honor. Se recaudó dinero para fundirle una estatua, se le pidió al ayuntamiento de Madrid que le pusiera una calle en su barrio, Malasaña; e incluso un candidato a la presidencia de gobierno, asimismo entrevistador de Javier Krahe, cantó sus canciones durante la campaña en un programa de televisión, en prime time. Recuerdo los días posteriores a su muerte, cómo me puse morado de leer obituarios en la prensa generalista, para descubrir que ninguno estaba al nivel de la persona se merecía. Como tampoco estará este recuerdo. El mejor texto que leí, por cierto, se publicó en Acordes Modernos. Sin embargo, igual que en vida, sus historias de amor siguen siendo casi secretas. Tras la semana de homenaje que se hace a los fallecidos, poco a poco se recupera lo cotidiano, y la obra de Krahe sigue siendo subterránea, ajena al conocimiento masivo. Pero resultó divertido durante unos días ver cómo Youtube, mano a mano con el infame reggaetón de turno, recomendaba la escucha de “Un burdo rumor”.

La muerte de Krahe me sorprendió, imagino que como a todos, ya que apenas tres meses antes había disfrutado de un concierto suyo en Alcázar de San Juan (el concierto del día anterior en Ciudad Real puede escucharse aquí). Al terminar la actuación, los  músicos se acercaron a la barra del bar intercambiando anécdotas con los parroquianos, y Javier iba y venía de corrillo en corrillo. Cuando llegó al nuestro, unas bellas alcazareñas acaloraban una estéril discusión con su manager, pues las primeras defendían la copla y el segundo la desdeñaba frente al rock, y Krahe terció: “el punto medio entre la copla y el rock soy yo”. Y ya que el concierto había comenzado con una preciosa historia de amor entre un hombre y una canción, “Paréntesis”, creo que es el momento de analizar el disco en el que escuché aquel bello cuento por primera vez.

Elíjeme (1988) fue el sexto trabajo que publicaba Javier Krahe, y el primero que lo hacía en una pequeña discográfica. En concreto, fue la primera referencia de la fugaz Discos Elígeme. Se trataba de un doble LP grabado en directo las noches del 22 y 23 de marzo de 1988 en la sala Elígeme de Madrid, y suponía una especie de “antolojía” (cambiamos la g por la j del título, como hacía Juan Ramón Jiménez, por la j de Javier) de lo mejor de su producción de los años 1980. No es, sin embargo, el primer trabajo en vivo de Krahe, pues el primero fue el mítico La Mandrágora (CBS, 1981) grabado en el bar de mismo nombre junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, tres cantautores de trayectoria y fama completamente dispar. A pesar de tratarse del disco más vendido y conocido con diferencia de toda la carrera de Krahe, el autor siempre mostró desagrado ante aquel trabajo a seis manos. En las entrevistas comentaba que, cuando recibió el disco, solo escuchó la primera cara, y al desagradarle, lo archivó en la estantería sin ni tan siquiera darle la vuelta.

Sin embargo, hacia finales de la década de 1980, le apetecía grabar un trabajo compilatorio en vivo. Rompió relación con CBS tras descubrir que le habían censurado el final de una canción de Corral de cuernos (1985), y publicó con Hispavox su siguiente trabajo, Haz lo que quieras (1987). Coincidían Hispavox y Krahe en su interés de publicar un álbum en directo, pero la discográfica le exigía dúos con invitados, a lo que Krahe, por el carácter solitario y autobiográfico de sus canciones y su trayectoria, se negó. Rescindido el contrato, entran en juego Víctor Claudín y Pedro Sahuquillo, que por entonces regentaban la sala Elígeme, donde se grabó el disco de Krahe, las noches del 22 y 23 de marzo de 1988. Con el proyecto de Krahe, Claudín y Sahuquillo se embarcan en la creación de la casa de discos, contratando al editor de CBS Antonio Pérez Solís. El tercer socio de la operación era Joaquín Sabina, que impulsó la creación de la discográfica para grabar el álbum, pero abandonó el proyecto cuando se planteó la producción de Tan raro, el primer disco en solitario de Manolo Tena, al que apreciaba como artista pero no perdonaba que saliera con su ex-mujer. Cuando se grabó el disco de Krahe, Sabina ya estaba fuera del proyecto, pero sí desembolsó una parte del presupuesto para llevar a cabo la grabación (en concreto, un millón de pesetas) y, andando el tiempo, reclamó los másteres de la grabación que, según Claudín, se le fueron entregados.

 

Las canciones

El repertorio recopila lo mejor de sus discos previos. Así encontramos, entre las 18 canciones, 5 de Valle de lágrimas (1981), 5 de La Mandrágora (1981), 4 de Aparejo de fortuna (1984), solo una de Corral de cuernos (1985) y dos de Haz lo que quieras (1987). A ellas se suman tres canciones inéditas y se repesca “Cuervo ingenuo”, vitriólica y mordaz crítica a Felipe González, polémicamente censurada por TVE, célebre por su inclusión en el superventas Joaquín Sabina y Viceversa en directo (1986), pero que no había aparecido en ningún disco previo de Krahe.

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Contraportada de ‘Elíjeme’ | www.victorclaudin.net

Cuando “queda inaugurado este disco” -¡así comienza!-, nos encontramos con “El topo”, una extraña fábula sobre el atrevimiento con una moraleja presta a diversas interpretaciones. Por si acaso, el autor da la suya en esta versión con unos coros, ausentes en la versión de estudio, que dicen que “El topo es un mamao”. A continuación, de su primer disco, “¿Dónde se habrá metido esta mujer?”, irónica proyección de un machista abandonado por su esclavizada esposa sin que su escasa inteligencia se haya aún dado cuenta de ello.

El disco continúa con una serie de canciones muy conocidas por incluirse en La Mandrágora. Hacer una canción contra la pena de muerte a base exclusivamente de alabar sistemas de ejecución, como es “La hoguera”, solo puede tildarse de idea genial. “Marieta” supuso una conmoción televisiva por repetir numerosas veces en el estribillo la palabra gilipollas, habla con sorna de la imposibilidad de formar una pareja, y “La tormenta” relata una historia de amor e infidelidades –la infidelidad es una de las constantes en la obra kraheniana- de manera muy divertida. Las dos últimas, por cierto, son canciones del cantautor francés Georges Brassens, al que Krahe consideraba uno de sus principales maestros. “El cromosoma” es una brillante reflexión acerca de la religión y la vida más allá de la muerte. Nuestro cáustico poeta se nos muestra completamente ateo, y la conclusión final a la que llega (“la muerte no me llena de tristeza / unas malvas saldrán por mi cabeza / y algo darán de aroma”) me ha parecido la conformidad nihilista más poderosa que yo he encontrado nunca en una canción. Con la misma pesadumbre abre la cara B “El tío Marcial” –de la misma época de La Mandrágora pero ausente en aquel disco-, un diálogo con la muerte que hace revista de los logros conseguidos por la vida, que al final no resultan tan preclaros, y un desenlace que se presta a la doble lectura. Esta cara incluye tres canciones más: “Once años antes” mezcla blues con música tradicional aragonesa y amontona verso a verso referencias cinéfilas a la obra del calandés Luis Buñuel, del que la canción es un homenaje, algo parecido a lo que años después hará su compadre Sabina con “Yo quiero ser una chica Almodóvar”. “Señor Juez” es la carta excusatoria de un suicida, que decide acabar con su vida porque cometió una falta de ortografía. El mimo con el que Krahe cuida los textos, tanto en el uso de las palabras como en el respeto de la métrica como de la rima –por costumbre consonante- para abordar temas tan originales e incluso trascendentes es por lo que ha deslumbrado siempre a quienes se han acercado a su obra, aunque la forma de estructurar su carrera y su continuo batallar por la libertad propia y la ausencia de concesiones hacia cualquier imposición lo hubiera relegado siempre a circuitos minoritarios. El primer disco se cierra con la primera de las canciones nuevas, una oda socarrona a los pechos de la amante titulada “Olé, tus tetas”.

El segundo disco se abre con los siguientes versos, con los que empieza “Sábanas de seda”: “Tú que has tenido la rara fortuna de conocer / el corazón a la luz de la luna de mi mujer. / Tú que supiste cogiste el tranquillo a sus abrazos, / más de una vez te adivino en el brillo de sus ojazos”. Existe una anécdota sobre esta estrofa: Joaquín Sabina estaba con una serie de autoproclamados intelectuales que en una cena empezaron a criticar gratuitamente a Javier Krahe. Sabina calló, y una hora después recitó esta estrofa y preguntó a los comensales a que adivinaran el autor. Cuando ellos empezaron a citar nombres ilustres de los más importantes poetas de la literatura española, les espetó: “¡¡Son de Javier Krahe, aprended un poco!!” Y es que es muy difícil condensar sentimientos líricos, de nuevo sobre la infidelidad, como hace Krahe en esta canción. Fascinante me ha parecido siempre “Los caminos del señor”, quizá la mayor herejía que ha salido de la brillante pluma de Krahe, una canción narrativa que partió de intentar rimar iglesia con amnesia y termina con un atraco con violencia, es una de mis favoritas entre toda su obra. Le sigue la en parte autobiográfica “Canadá, Canadá”.

“Cuervo ingenuo”, la canción contra Felipe González que publicó por motivo del referéndum de la OTAN, es una rareza en la discografía de Javier Krahe, pues no son habituales las letras de carácter político en sus canciones; y cuando toca el tema –por ejemplo, en “La hoguera”-, suele ser abordado de soslayo, y no de frente. Paradójicamente, es una de las canciones más famosas de Krahe. En cualquier caso, la fina ironía que destila hilada con creatividad magistral la hizo mucho más molesta para el poder, léase PSOE, que el desahogo en forma de insultos que se veía en otros estilos, por ejemplo, el punk.

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Portada del libro de Ángel Vivas ‘Javier Krahe’ (1991), el último que se publicó de la colección “Los juglares” | www.cancioncontodos.com

La última cara del disco la abre una especie de canción de amor a una mujer que acumula infinitos intentos de suicidio, “Nembutal”, única representante de su disco de 1985. La ya citada “Paréntesis” mece como si fuera una barcarola una aventura de amor que finalmente se descubre que se trata de un autor y una canción, para finalmente regresar exultante a deambular por la ciudad como si hubiera tenido una experiencia amatoria satisfactoria. Con esta canción –que abría muchos conciertos de su última gira y también su último disco publicado, otro disco en directo, esta vez en el Café Central- evoca un imaginario de ciudad que hace que Krahe, durante la promoción de este disco, se autoproclame “Músico urbano”. Parece la última canción, pero hay dos bises: la inédita “Si lo llego a saber” y la divertidísima disputa entre pueblos vecinos que es “Villatripas”, con la que Krahe inició años atrás su andadura musical, pues era el pórtico de entrada a su primer disco.

La banda que conforma este disco la conforma Jimmy Ríos a la batería, Antonio Sánchez (autor de la música de “Pongamos que hablo de Madrid”) a la guitarra rítmica, Tito Larrea a la guitarra eléctrica, Lorenzo Azcona al saxo y la dulzaina y Germán Muñoz al contrabajo. No participan aquí ninguno de los tres músicos con los que Krahe girará en sus comienzos, y de nuevo, será su banda durante muchísimos años en las últimas décadas: Fernando Anguita, Andreas Prittwitz y Javier López de Guereña. Este último, por cierto, acaba de publicar su primer álbum, Baile de lágrimas que rememora con el título el primer álbum de Krahe, Valle de lágrimas.

Tras este disco, que ha visto algunas reediciones pero que aún así sigue siendo esquivo de localizar, Krahe pasa unos años prosiguiendo su periplo en salas, pero no verá publicar un nuevo trabajo hasta 5 años después, su regreso a la música con Sacrificio de dama (Lollipop, 1993). Después, su carrera siguió edificándose con la misma independencia y autocoherencia como había hecho gala hasta entonces, y rubricando hasta sus últimos trabajos magníficas piezas de orfebrería lírica.

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