De la casa de David (Bowie)

Puerta de la casa de Bowie en el barrio de Schöneberg | Lara Mantoanelli
Puerta de la casa de Bowie en el barrio de Schöneberg | Lara Mantoanelli

El aeropuerto berlinés de Schönefeld se mostraba como una tundra de cemento y nieve, como una evidencia implacable que me desarmó ante el huracán de consejos y reproches, de amigos y familiares, del estilo “abrígate”, “cómo llevas tan poca ropa, con el frío que va a hacer”, etc. De hecho, nada más bajar las escaleras del avión, vi cómo, desde la otra puerta de la nave, mi amigo Javi y mi prima Lara me miraban sonriendo al estilo cuñado. Incluso pude leer, en letras amarillas fosforescentes, el subtexto de sus sonrisas.

Rezaba un “Te lo dije”.

Yo quería ir a Berlín para desconectar y conocer una ciudad que siempre me ha atraído…, además de para, empleando un eufemismo, decretar, por cuatro días, la muerte al prerrafaelismo. En una comida, Raúl del Pozo me contó que era la capital con más marcha de Europa después de Madrid. Mas, por encima de todo, quería ir a Berlín para recorrer la que, durante dos o tres años, fue la ciudad de David Bowie. Sí, fui a la capital alemana con el rol de groupie. Caray, esa ciudad inspiró, alimentó o vio nacer Low, “Heroes” y Lodger. Los billetes de avión los compramos por diciembre, días antes de que el artista inglés muriera, de ese modo tan inesperado y glorioso, el 10 de enero –dos o tres días antes, perdón por la desmemoria, de publicar Blackstar, su último álbum.

Llegamos a Berlín el jueves 25 de febrero a eso de las diez de la mañana. El cielo amenazante y el suelo nevado de Schönefeld dieron paso a un tiempo bastante más amable en la ciudad, aunque nevara una miaja durante el mediodía. A las siete de la tarde, después de visitar las estatuas de Marx y Engels, comer una sopa extraña de patata y salchichas en casa de un polaco entusiasta y de tomar unas cervezas en un sitio en el que, después, encontraríamos a una Janis Joplin obesa, nos dirigimos al barrio de Schöneberg, en Berlín Oeste, a cuarenta minutos y no sé cuántos transbordos en metro de donde nos alojábamos. Bowie vivió en el número 155 de la calle –o avenida, no sé- Hauptstrasse.

Yo tenía que ir ahí.

Ya conté que me enteré de la muerte de Bowie yendo a trabajar, a eso de las ocho menos cuarto de la mañana. Escribí una necrológica bastante wikipédica en veinte o treinta minutos. Aquella tarde fui a una iglesia a rezar. Tuve una necesidad urgente de Dios. No es que fuera a misa; simplemente, me senté en un banco, permanecí en silencio y, para mis adentros, elaboré algo parecido a una oración. Durante todos los días de enero, me despertaba con un disco de Bowie y me iba a dormir con un disco de Bowie. Escribí varios textos en Libertad Digital y en Acordes Modernos. En mi cabeza se disputaba una batalla entre, por un lado, la permanencia, la inmortalidad de su magnífica obra, y, por otro, la incredulidad mía, intimísima, de que se me había muerto un ídolo. Por primera vez. Alguien a quien nunca conocí personalmente, pero que sentía muy próximo a mí. Me encabronaba con un versículo del Eclesiastés (9,5): “Los vivos, en efecto, saben que morirán, pero los muertos no saben nada: para ellos ya no hay retribución, porque su recuerdo cayó en el olvido”. Me consolaba con 1 Corintios 15,26: “El último enemigo que será vencido es la muerte”. Y lloré. Tarde dos o tres semanas, pero lloré. Fue de noche, mientras escuchaba a un coro canadiense interpretar, a modo de homenaje, el “Space Oddity”. No hubo exageración, ni aspavientos, ni performance. Simplemente, mis ojos drenaron tres o cuatro lágrimas. Silenciosas, emocionadas e indignadas. Maldita muerte.

Mi ‘yo’ más celiano, más macho ibérico, me preguntó: “¿de qué vas?”.

Le mandé a tomar por culo.

Confieso que llegué a Bowie bastante tarde y por casualidad, hace unos cuatro años (entonces tenía 22, ya avanzados). Estaba bebiendo con unos amigos en mi casa, pusimos una lista de reproducción de música ochentera y, entonces, sonó “Let’s Dance”. La canción me encantó y, acto seguido, busqué el disco homónimo, hice clic en “Escuchar”… y me gustó aún más, sobre todo, “Modern Love”, “China Girl” y “Criminal World”. Antes había escuchado “Changes” y tres/cuatro canciones, pero muy por encima, sin prestar demasiada atención. El caso es que la energía hortera y, a la vez, elitista de Let’s Dance contagió algo bueno a mi alma. Al día siguiente escuché sobrecogido “Space Oddity” y, para tener una panorámica de la obra, me puse con su último directo, A Reality Tour. La relación fue creciendo y se consolidó con la publicación de The Next Day. Ese álbum fue el que, digamos, me casó con Bowie. Y, a diferencia de los matrimonios convencionales, la pasión fue a más. Se convirtió en uno de mis ÍDOLOS –sólo tengo tres o cuatro-. Por su música, su poesía, su saber estar, su elegancia, su belleza. Era una definición perfecta del vocablo “artista”.

Entonces, cometió la obscenidad de morirse. Demasiado pronto, en mi opinión.

Y yo me encabroné como no lo he hecho con nadie.

Llevé, parcialmente, una especie de luto. Un luto discretísimo, invisible, nebuloso, pegajoso, intermitente. No iba de negro –más que de costumbre, quiero decir-, ni lucí mantilla, etc., pero sí entendí el concepto, cuando antes me parecía, como poco, anticuado. Y, durante un par de meses, me alejé de sus discos y sus canciones, sobre todo, de Blackstar. La canción que daba nombre al álbum y “Lazarus”, pese a considerarlas maravillosas, me desagradaban. “Soy una estrella negra, no soy una pornstar”. “Soy el rey de Nueva York”. Eran una manera brillante y macabra de hablar de la propia muerte. Su propia muerte. La de Bowie, joder.

No, no estaba cómodo con esas piezas.

Así que cuando acudí al 155 de Hauptstrasse, lo hice en calidad de familiar que acude al cementerio el Día de Difuntos. Fui a presentar los respetos a uno de los míos –pese a no ser, según la genética y el libro de familia, nada mío-. Nos asomamos por el garaje y nos fotografiamos con un grafiti que rezaba “David Bowie was here”. Nos colamos en el edificio, que era viejo, nada lujoso. Y me planté, por fuera, frente a la puerta. Recé una breve oración y me fijé en las fotos, las cartas, las –ya escasas- flores que quedaban. En cierto modo, mi conciencia se alivió. Tuve la sensación de haber cumplido con cierto deber moral.

Después, por cosa de mi prima, fuimos al que, en teoría, era el bar en el que se conocieron Nick Cave y Blixa Bargeld; se había transformado en una tasca en la que había cuatro viejos viendo un partido de fútbol.

A estas alturas del calendario, creo que, por fin, me he despojado del luto por Bowie. He asimilado que ya no está y me limito a disfrutar de su legado. Lo hubiera preferido vivo. Nunca le/me perdonaré el hecho de no haberle visto en directo (sus shows eran magníficos. Comprobadlo, por ejemplo, en el DVD A Reality Tour, que recoge un concierto, precisamente, celebrado en Berlín de su última gira). He optado por aferrarme a esa idea tan resbaladiza y desesperada de la vida eterna. En particular, ya escucho con regularidad y con el alma boquiabierta Blackstar; en general, David Bowie suena todos los días en mi casa. Todos. Mi cumpleaños está a la vuelta de la esquina y, para la efeméride, estoy preparando una playlist que contará, como mínimo, con “Let’s Dance”, “China Girl”, “Speed of Life”, “Hang On to Yourself” y “Young Americans”. Canciones llenas de electricidad y vida. El Camaleón será mi invitado VIP.

Y para qué repetir el versículo que ya cité de Corintios.

And the next day, and the next and another day…

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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