León Benavente se construye su propio palacio en México DF

León Benavente, en el Lunario | Imagen de vídeo
León Benavente, en el Lunario | Imagen de vídeo

Los asistentes esperan a que el Lunario se anochezca. De momento, la pintura no incluye a los músicos, sólo sus instrumentos y al cuerpo de seguridad que divide la gente del escenario. Entonces pasa: música cuando las luces se van. León Benavente empieza la noche con “Tipo D”.

Es jueves y el fiel nicho de seguidores de la banda española se las ingenia para hacer acto de presencia. Se sabe que la efusividad del capitalino durante las actuaciones en directo, cuando de música hablamos, es casi insólita, pero esta vez parece que los asistentes quieren hacer algo divertido por su bien y el de la ciudad.

Los elementos no pueden con León Benavente”, se oye después de que a Luis Rodríguez de León se le estropeara un poco el sonido de sus pedales. La sala, con buen diseño de audio, sólo tropieza esta vez, porque ayuda a erigir la atmósfera de oscuridad deseada que crea un tiempo suspendido, eterno mientras dure el concierto.

Cuesta trabajo imaginar que al mismo tiempo y a tan sólo unos pasos, en el Auditorio Nacional, haya un concierto de pop coreografiado con dos bandas cuyo éxito fue hace más de quince años y de este lado, veamos a cuatro españoles cortando el aire para formar “Gloria”, “La Ribera” o “Aún no ha salido el sol”, melodías que son parte de 2, el disco que la agrupación viene a presentar.

Dice Bernard Shaw, no literal, que el hombre que no ha comprendido nada permanece siempre serio. Lo comprueba el inquieto Lunario del Auditorio Nacional. También la mujer de blusa blanco y negro que no iba a ver a la banda (ninguna canción fue cantada) pero que su cara de sorpresa se iluminó con la bravura de “Habitación 615”. Igualmente el elemento de seguridad postadolescente, apretando la quijada para detener el impulso de voltear, de conocer la causa de la euforia, y que al momento de sonar “Ser Brigada” no resistió, dio media vuelta, y conoció el origen de todo.

Ahí están todos. Ahí está Eduardo Baos sacando líneas gordas del bajo y Abraham Boba, acabando una Pacífico ajena en secreto, siendo un delantero que se siente bien andando de lado a lado del escenario. Ahí está César Verdú, en la sombra, dando bellos tamborazos certeros y Luis, extrañado de que su cerveza ahora esté vacía, tocando la guitarra al tiempo que manda saludos a los fans que reconoce.

La pintura se mueve y con ella el aviso obvio: cada uno tiene un camino recorrido en este negocio.

Menos de una hora de concierto deja en claro que la banda va construyendo su pequeño palacio situado en la Ciudad de México.

La gente sale y ahora sí, el tiempo, ya no eterno, vuelve a ser el mismo.

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