‘Juez y parte’, de Sabina: suburbios, amor, lirismo y rock sobre el asfalto

Portada del álbum | AM
Portada del álbum | AM

Ayer revisité Juez y parte (Ariola, 1985). No fue un ejercicio de nostalgia, porque es una música que me acompaña en mi viaje, forma parte igual del pasado y del presente, pero llevaba algunos meses sin escucharlo. Y es imposible no quitarse el sombrero: ¡Qué magnífico trabajo! El quinto LP de Joaquín Sabina fue el primero que firmó con la banda Viceversa, aunque ya aparecían acreditados como arreglistas en varias canciones del previo Ruleta rusa (CBS, 1984). Por otro lado, es el primero del que Sabina dice estar plenamente satisfecho con el sonido y el ambiente creado. Es verdad que aquí Sabina suena como cantautor urbano eléctrico y compacto, aún lejos del eclecticismo musical al que se abandona a partir de Mentiras piadosas (Ariola, 1990) y que lo acompaña hasta el presente. Pero Sabina no hace justicia con Malas compañías (CBS, 1981), que aunque aún acústico en algunos aspectos, tiene unos grandes arreglos del no lo suficientemente llorado Hilario Camacho, el otro cantautor urbano de comienzos de la década de 1980.

Sabina y Krahe, en 1985 | El País
Sabina y Krahe, en 1985 | El País

Antes de que llegara este disco, Sabina se labró un nombre de cantautor satírico y mordaz con La Mandrágora. Era un secreto a voces entre el panorama cultural de Madrid. Intentó hacerse un hueco en la Movida: se empeñó en cantar en Rock-Ola y todos los modernos fueron a boicotearle el concierto, para dejarle bien claro que no lo consideraban de los suyos. Pero sí encontró ese espacio en televisión, y aparece recurrentemente en un programa de Fernando García Tola, “Si yo fuera presidente”. Compone para Miguel Ríos, Topo, Ana Belén o Hilario Camacho, también alguna banda sonora y adaptaciones. Con este disco solidifica su ya ganada buena reputación entre crítica y público, pero el éxito masivo aún no le llegará hasta el año siguiente.

¿Y qué nos encontramos en Juez y parte? En lo musical, un hermanamiento entre el rock urbano con la melodía lírica del cantautor, una banda de rock and roll que suena prístina, aguerrida pero sin caer en la agresividad, electricidad precisa pero búsqueda de matices –algo que, por ejemplo, se le da muy bien a Los Secretos-. El vehículo perfecto para un ramillete de vivencias, cuentos del asfalto, donde igual pasa el escalpelo entre seres apartados de la sociedad, la violencia del extrarradio o el amor de alcanfor, además de varios autorretratos con los que Sabina empieza a construir el mito del futuro canalla. Desde la portada nos escruta, sentado, sin más elementos que una guitarra eléctrica –no acústica, ojo- y una máquina de escribir. En el espejo, las calles de Madrid.

Cara A

“Whisky sin soda” abre fuego con una declaración de intenciones, casi una apología del carpe diem, honestamente pilla. Con música de Camacho, como curiosidad decir que Serrat quiso rescatarla para la gira “Dos pájaros de un tiro” y Sabina se negó. Quizá porque el verso “nunca entiendo el móvil del crimen, a menos que sea pasional” hoy día no hace ni pizca de gracia.

“Cuando era más joven” es un nuevo autorretrato, vida de cantante urbanita que hace inventario de un pasado que nos convierte en héroes dentro de la rutina cotidiana. O eso resuelve al final de la canción, no muy diferente a la de cualquier persona que todavía encuentra esperanza en la huida cuando cierra sus ojos al dormir (algo que desarrollará después en “La del pirata cojo”). Con algunas socarronerías impagables (“sacaba la lengua a las damas que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo”), se puede decir que hay un cierto anhelo de una juventud que, más por edad que por estilo de vida, el cantante dejaba atrás.

“Ciudadano cero” es el primer retrato turbio del disco, canción de género noir, habla sobre la matanza de un perturbado que asesina desde su ventana a los transeúntes. Sorprende y desubica el cambio de punto de vista de cada estrofa: primero, habla el tipo seco que alquila la habitación en un interrogatorio, después el narrador omnisciente que aclara lo sucedido.

“El joven aprendiz de pintor” es un ajuste de cuentas contra los dos tipos de hipocresía que se encuentra el famoso: aquel que lo adula cuando es desconocido, para ignorarlo después cuando alcanza el éxito, posiblemente fruto de la envidia; y quien lo desprecia cuando no es nadie para tratar después de aprovecharse de la fama ajena. Con algún dardo vitriólico al citar antiguos trabajos del cantautor, lo más gracioso es que Sabina, cuando la escribió, empezaba a despuntar, pero estaba bien lejos del éxito masivo que lo acompañaría años después.

“Rebajas de enero” es una joya. Un rock suave con un riff contagioso para una canción sobre la construcción del amor tradicional, del refugio habitado por dos personas que conviven, se quieren y se respetan. Quizá peque de conservadora, pero toca tierra al bocetar, de manera reconfortante, la vida cotidiana de muchos de sus oyentes.

Singles de 'Juez y parte' | AM
Singles de ‘Juez y parte’ | AM

Cara B

“Kung-fu”. Rock urbano, la canción más agreste del disco sobre una banda de quinquis enfundados en chupas de cuero, que nacen de los arrabales por la noche para hacer todo tipo de fechorías (atracos, violaciones). Se insinúa una explicación de carácter social. Para crear el ambiente de rock de polideportivo, se robaron unos segundos del público del Rock&Ríos. No, no es el concierto de la contraportada.

“Balada de Tolito” habla de un mago errante, ilusionista entrañable apegado a la calle y a la gente. Es un personaje que existió de verdad, y aquí es descrito con mucha ternura.

“Incompatibilidad de caracteres” es una especie de swing rápido sobre una pareja destinada a llevarse la contraria en todo. Hace referencia al piso de Tabernillas que también aparece reflejado en el espejo de la portada. Bastante divertida e irónica, he llegado a escucharla en alguna boda.

“Princesa”. Primero defendida por el autor de su música, Juan Antonio Muriel, en el Festival de Benidorm de 1982. Posteriormente, canción insignia siempre presente en el repertorio del jienense, es una de las mejores canciones de toda la carrera de Sabina. Especie de retrato descarnado de un amor fracasado por la adicción a la droga por parte de ella, muerte en asalto a farmacia incluida. La canción se escribe en unos momentos donde la heroína hacía verdaderos estragos entre la juventud. Recientemente, la canción ha sido acelerada para tomar impulso rockero y adaptarla a la nueva voz del cantante, y en ocasiones refundida junto a “Barbi superestar”, una especie de secuela, aunque la carrera del cantante también tiene otras canciones que tratan este mismo tema (“Ring, ring, ring” o “Cómo decirte, cómo contarte”).

“Quédate a dormir”. Canción con cierto tono áspero sobre un juego de mascarada para ligar, de marcado tono nihilista, por mucho que termine –y con ella el disco- con una fanfarria de vientos.

En definitiva, un magnífico disco con un Sabina en plena forma. No solo como cronista de las diferentes aristas de la ciudad y las relaciones humanas de los urbanitas, culminando la estela abierta en sus dos trabajos de estudio anteriores. También marca una especie de tercera vía sobre el rock, alejada del heavy o de los artificios progresivos, pero sin nada que ver con el pop banal e intrascendente. Por su parte, los Viceversa grabarán al año siguiente el doble directo que catapultará a la fama a Sabina –y que pide a gritos, repetimos, una reedición completa, y más este 2016 que se cumplen 30 años-, y también participarán en el disco posterior del ubetense, el superéxito Hotel, dulce hotel (1987), aunque aquí aparecen en los créditos y agradecimientos pero no en la portada. Después la banda intentará, con el bajista Javier Martínez a la voz, hacer carrera, pero tras un miniLP (Viceversa, 1987) y un LP (Reina de copas, 1988), los músicos tomarán diferentes direcciones.

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