Niño de Félix (Historia de un fracaso)

Rodríguez de la Fuente, en una operación de rescate de delfines de agua dulce en el Orinoco venezolano | Fundación Félix
Rodríguez de la Fuente, en una operación de rescate de delfines de agua dulce en el Orinoco venezolano | Fundación Félix

(Este texto fue publicado, originalmente, como cosa personalísima en una red social -perdón por el oxímoron- hace unos meses. Lo recupero este lunes, que se cumplen 88 años del nacimiento y 36 de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente)

Mi primer recuerdo (materialista) infantil está formado por un plato de mojete (guiso casero con patatas y carne) y un anuncio de televisión. Tendría tres o cuatro años, no más, y el calendario marcaba septiembre, mes de vendimia y de germinación de colecciones fasciculadas. Un plato de mojete, decía, y un anuncio de televisión en el que aparecían lobos, linces y águilas: el de la Enciclopedia Salvat de la Fauna Ibérica, de Félix Rodríguez de la Fuente. Con tanto bicho, el spot me embrujó desde un parámetro visual. Sin embargo, lo que me agarró del cuello y tiró de mí fue esa voz, implacable y autoritaria, mezcla de cura y de guerrero. Di la tabarra en casa, diciendo que quería eso, sólo eso, que pasaba de Tortugas Ninja y Terminators, que lo único que me interesaba eran esos libros y esos documentales.

Niño consentido, mis padres accedieron y subieron un escalón más: en lugar de optar por la Fauna Ibérica, suscribieron al librero de confianza (Casillas, en Daimiel) la Enciclopedia Salvat de la Fauna, también de Rodríguez de la Fuente, pero que se ocupaba de todos los continentes y, además, incluía las series audiovisuales de Venezuela y Canadá. El primer libro iba sobre la sabana africana; el primer VHS, sobre el jaguar y el mundo del coral. “¿Qué es un coral, mamá?”, pregunté antes de ver el vídeo. Mi madre respondió sacando un souvenir playero de algún tipo de crustáceo: “Algo parecido a esto”.

Menuda decepción: yo esperaba que se tratase de un gran felino.

Los libros y los documentales de Rodríguez de la Fuente me atraparon. Descubrí que había un ecosistema gélido que se llamaba tundra, cómo funcionaba una cadena trófica, la existencia de los alcaudones, la de las anguilas eléctricas. Me enamoré de los lobos. Me aterré con la palabra “extinción”. Me hizo ecologista sin ser ecologista. Y antitaurino. Por vacaciones, soñaba con un crucero por el Orinoco para acariciar a las simpáticas nutrias gigantes, o con visitar las Rocosas canadienses para contemplar al puma o al rebeco blanco.

Me aficionó a la lectura.

La cosa zoológica -que no zoofílica- no quedó en idealismo. Cuando el río del pueblo se secaba, yo bajaba a su raquítico cauce y ‘rescataba’ gambusias o cangrejos de río. También ‘rescaté’ dos culebras de agua, bellas e inofensivas. Eran preciosas. Las llevé a casa, mi madre se encabronó, y las tuve que devolver a su medio.

Tras la Enciclopedia Salvat de la Fauna vinieron los Cuadernos de Campo, donde encontraba manuscritos de Rodríguez de la Fuente. Hicieron un daño horrible a mi caligrafía: me olvidé de los Cuadernos Bruño porque yo quería ser como Félix, sólo como Félix, y eso incluía copiar su letra.

Dibujaba animales, los estudiaba, los padres me llevaban a Parques Nacionales donde -y no exagero, lo juro- los guardias, sorprendidos ante, digamos, mi pedantería, me llevaban a instancias privadas, donde me enseñaban polluelos de malvasía, o me regalaban libros o fotografías de bichos. Fui al Zoo de Madrid como quien acudía a la Arcadia, hacía el gilipollas -esto lo digo ahora- imitando el aullido del lobo frente a su recinto. Y yo, tan feliz.

Fui un niño tardío de Félix. Un discípulo del amigo de los animales.

Años después vino el bachiller, la insufrible Física (y el consecuente bajón de notas), el acné, el interés/la obsesión por las hembras de nuestra especie, el descubrimiento de la escritura literaria, la dejadez y, al final, la muerte de una afición que había durado toda una vida.

Soy periodista por culpa de un fracaso.

Todo esto viene porque, hace unos días, Iker Jiménez rindió en Cuarto Milenio un homenaje a Rodríguez de la Fuente. Desgranó su biografía, nos lo descubrió primo de héroe griego, y nos recordó la importancia de su legado no ya ecológico, sino sociológico y hasta político. Investigó las extrañísimas, cuasi conspiranoides, circunstancias de su muerte. Una de sus hijas insinuó que pudo tratarse de un asesinato. Disfruté el programa, me indigné y, sobre todo, abrí una ventana infantil que estaba, desde hacía demasiados años, no ya cerrada, sino cubierta con tablas y clavos. Esa ventana valiente y sabia, de bosques mediterráneos y junglas tropicales, de linces ibéricos y conejos con mixomatosis, con la inconfundible y penetrante melodía de Antón García Abril, paraparapaparaparapara, comparable, en el niño que fui, a la banda sonora de Indiana Jones.

Sí, una vez, hubo una España en la que el programa más importante de la televisión no era Sálvame, sino El hombre y la tierra, una serie documental sobre animales.

Y luego dirán que cualquier tiempo pasado fue peor.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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