Rosendo, “Flojos de pantalón” y la gentuza que nos domina

Rosendo, en su último concierto en Las Ventas | Imagen de vídeo
Rosendo, en su último concierto en Las Ventas | Imagen de vídeo

Discrepo –al menos, como articulista; la poesía es otro ecosistema- de quienes sostienen que para escribir hay que estar hecho pedazos, “más triste que un torero / al otro lado del telón de acero” (Sabina), tomando antidepresivos o con un revólver guardado en la mesita de noche. Yo no estoy triste, pero sí que de mala hostia. Por eso, mi producción textual se constriñe por prudencia: cuando está de mala leche, el relato es proclive a la inclusión de exabruptos, insultos, cosas escritas en caliente y, lo peor de todo, sinceras –para eso está el maestro Pérez-Reverte; copiarle sería pecado.

Y yo sólo quiero, querido lector, que de mí sólo conozcas la fachada (perdón por el cinismo).

Me explico. Hace dos semanas pasé cuatro días y tres noches en Berlín. El viaje fue maravilloso, disfruté con mis amigos y todas esas cosas que se dicen, rompí rutina y moldes, la ciudad me enamoró –y me inspiró- y conocí lugares y gentes interesantes. Fueron, repito, cuatro días y tres noches sin escuchar una palabra sobre corrupción, debates de investidura, elecciones en junio o Gran Hermano VIP. “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”, decía Larra. Qué paz, qué felicidad la de no conocer las desventuras de mi España, arr.

El pasado martes reingresé en el curro y, hablando en plata, me encabroné. Que si lo de Otegi. Que si la corrupción del PP de Madrid. Que si la investidura de Pedro Sánchez. Que si las gilipolleces progres de Podemos. Que si mi Real Madrid perdió por cero a uno contra el Atleti en el Bernabéu.

Y así.

Como periodista que intenta conservar la cordura, he desarrollado una especie de corteza cerebral y sensitiva que repele, desde un punto de vista afectivo, todas las basuras y miserias sobre las que tengo que informar/informarme. Pero, en este período vacacional de Berlín, el reseteo fue tan placentero y total que la corteza desapareció. Volví a Madrid como si hubiera recuperado cierta inocencia y, al toparme con el tsunami de gentuza, delitos, negligencias, barbaridades y gilipolleces que protagonizan el runrún patrio, me encendí –el hecho de trabajar durante el fin de semana tampoco ayudó a sofocar el fuego.

Encuentro el consuelo –y, a la vez, a la musa- en una canción de Rosendo: “Flojos de pantalón”, incluida en su cuarto álbum en su etapa en solitario, Jugar al gua (1988). Escucho su letra y, pese a su impresionismo, pese a su translucidez, pongo caras y nombres –esto me lo reservo- a las “momias poniendo precio”, a los “líderes del diseño”, a la “tribu de ficción”, a los “héroes de novelista berbiquí”: ese diputado, esa periodista, ese presentador, esa tronista, ese tuitero, ese vecino…, etc.

Son la musa que inspira la ambición / sueño de libertad. / Noches al pie del cañón, / fuerza de voluntad”. El estribillo, tan poético y perfecto, parece sacado de un himno antiguo –que no viejo- y libertario. Es la desembocadura de un río silencioso, cotidiano y amarillo repleto de residuos tóxicos que hemos aprendido a digerir. Me lo tomo como una radiografía de los chupópteros que miran por encima del hombro a quienes parasitan; como una postal de la “Alta suciedad”, que diría Calamaro.

“Y tú mientras, asumiendo, / rebuscando, / renegando de tu tiempo”. Ay, esos somos nosotros.

Y después viene ese solo de guitarra, mágico, solemne y emocionante.

Escuchamos la versión de estudio de “Flojos de pantalón”:

Y esta última, más reciente, junto a Fito Cabrales en Las Ventas:

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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