“Causalidades” de Enrique Bunbury sonando en el aeropuerto de Dublín

Bunbury, en una fotografía del álbum 'Palosanto' | José Girl
Bunbury, en una fotografía del álbum ‘Palosanto’ | José Girl

Las mejores obras de arte son las que dejan cicatriz en la vida de (cada) uno. El libro que te hizo reír a carcajadas en el metro. La película que te sabes de memoria. Ese disco que rompió tu adolescencia. Muescas de la guerra no sé si santa, pero sí bendita, de la cultura contra el desconocimiento –siempre y cuando gane la primera.

El rumbo de mi vida –perdón por la batallita- estuvo a punto de cambiar en los cinco minutos y ocho segundos que dura la canción “Causalidades”, de Enrique Bunbury, que podéis encontrar en Palosanto (2013), un disco con el que no puedo ser objetivo. El episodio podrá parecer insignificante –desde luego, fue muy breve-, pero mi memoria lo conserva en un estado tan latente que, a veces, me asusta. La cosa ocurrió hace justo ahora dos años, en el aeropuerto de Dublín. Fui a la capital irlandesa para visitar a un amigo que puso en práctica la “movilidad exterior” (concepto de Fátima Báñez), por eso de que en España no encontraba trabajo ni a tiros y que allí sí, con el extra de aprender inglés.

Cinco minutos y ocho segundos, decía. “Si no estás atento / a las señales del cielo / pasa de largo el momento”. Me asaltó, implacable, la siguiente idea: dar media vuelta, pedir a mi amigo alojamiento y romper con una rutina madrileña que, por entonces, yo sentía, más o menos, decadente. Lo que vi en la capital irlandesa no fue idílico, pero me gustó por la sencilla razón de que me supo a nuevo. En realidad, no había mucho más. El principal atractivo: resucitar mi inglés. Y mientras, repito, en el aeropuerto, la canción de Bunbury me agarraba por los hombros, me miraba de frente, me hablaba con claridad: “Puedes ser testigo / o puedes cambiar el sentido / a la vuelta de la esquina”. Y el estribillo, caray con el estribillo: “Casualidades / o causalidades / de la vida”.

La conciencia me asaltó con un “tranquilo, Conan”. Pensé en mi familia, en los amigos que me quedaban en Madrid, en el trabajo que tenía –y que aún conservo. Al final, me acobardé. “Bueno, si las cosas van a peor, me largo; pero vamos a ver qué ocurre en mi vida a corto plazo”, pensé. Y Bunbury, a lo suyo: “Sólo tú puedes saberlo / nadie más puede saberlo”.

Monté en el avión y en las –más o menos- tres horas que tardé en llegar a Madrid no hice otra cosa que preguntarme si había tomado la decisión adecuada.

Visto lo visto, creo que la jugada me ha salido bien. Tengo a mi gente a mano, sobrevivo trabajando de lo mío –sin ningún tipo de gloria, pero tampoco haciendo cola en el INEM-, Madrid se (me) ha regenerado/revitalizado/enriquecido, y puedo decir que profeso una felicidad humilde, sin aspavientos, pero justa y necesaria.

Y, como si de un hechizo druida se tratase, mi vida quedó marcada por Bunbury. Literalmente. Así, gracias al aviso paralelo de Santy Pérez y Javier Garrido, me presenté a un concurso de crítica musical, lo gané, y me fui con el artista aragonés, por toda España, cubriendo su gira Palosanto Tour, y un año después, me llamaron de Warner para que escribiera un artículo en el librito que acompañaba a la última edición de Senderos de traición, de Héroes del Silencio, por eso de que cumplía 25 años.

En definitiva, gracias, por tanto, a “Causalidades”.

PD: El libro que me hizo reír: La conjura de los necios, de Kennedy Toole; la película: Annie Hall, de Woody Allen, y el disco: Alta Suciedad, de Andrés Calamaro.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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