Mi día en que murió David Bowie

David Bowie, en un concierto en 1976 | davidbowie.com
David Bowie, en un concierto en 1976 | davidbowie.com

Mi conciencia, que es una novicia ultraconservadora, me dice que no debo sentir la muerte de David Bowie tanto como la de un familiar, la de un amigo o la de un compañero de. Que la sangre y la cercanía tangible deben primar. “No puedo decir que me haya conmocionado la muerte de David Bowie –escribe el periodista Carmelo Jordá– porque, además de un poco ridículo, no sería cierto del todo”.

Nos enteramos de la muerte de Bowie hace justo una semana. Me llegó la noticia cuando salía del metro, yendo al trabajo. ¿Un WhatsApp a las ocho de la mañana? Pasa algo raro. Es un amigo, el periodista Javier Romero: “Oye, que David Bowie ha muerto”. Yo le respondí que ni de broma (Fase de Negación), que el viernes había sacado nuevo disco. Él me envió una captura de pantalla del Twitter oficial del artista. Mi réplica: “Le habrán hackeado la cuenta”.

Llegué al trabajo, confirmé la defunción y, saltándome las fases de Enfado y de Negociación, escribí una necrológica a contrarreloj –en 25 minutos estaba lista- que me supo irreal y, nobleza obliga, mejorable. Después, hice la típica noticia mierder –una justificación para encasquetar una lista de Spotify- de periódico digital y leí varios obituarios –el mejor, y de lejos, el de The Guardian. En Acordes Modernos escribimos Rodrigo Pérez, Xandru Fernández y un servidor, intentando estar a la altura dentro de nuestras posibilidades –creo que lo conseguimos.

Sentir la muerte de Bowie tanto como la de un familiar, amigo o conocido…, quizá no. Pero sí que (Fase de Dolor Emocional) me encogió, me invitó a un luto sentido, sin postureos. Dejé de escuchar Blackstar –cuando, durante el fin de semana previo, lo puse cuatro o cinco veces. Recibí, en una hora, quince mensajes de pésame. Fui a misa a rezar por el alma del genio –“The struggle is real, but so is God”, escribió su mujer, Iman Abdulmajid, el mismo día en que Bowie murió-, porque la muerte es una alarma intermitente, pero intensa, que me obliga a pensar que existe el Paraíso extraterrenal.

Fue como si me hubiera dejado una novia de la manera más inesperada –y bella- posible. Yo tenía la ilusión –irrealísima, en verdad, pero…- de ver a Bowie en directo. No lo imaginaba de gira, no, pero sí haciendo un único concierto en Nueva York o en Londres. Yo estaría dispuesto a pedir un crédito, a hipotecarme y derivados, con tal de escuchar al genio en directo.

De repente, zas. Al carajo todo.

No he derramado una lágrima por Bowie. Ni una, de verdad. Pero sí que he estado a punto en dos ocasiones: la primera, el lunes por la noche, viendo el homenaje popular que se le brindó en Brixton; la segunda, viendo un concierto de la gira de Heathen, en París. Con lo segundo, pensaba: “Qué artista. Eso es la belleza. Qué bueno es lo que hace. Y cómo lo hace”.

También quise matar a un tipo –a quien, confieso, tengo entre ceja y ceja desde hace ya un tiempo- que ninguneó al autor de “Look Back in Anger” o “Fashion”. No todos los miserables son gilipollas, pero todos los gilipollas son miserables.

Yo qué sé. Es la primera vez que se me muere un ídolo. Y conste que mi romance con Bowie no fue largo en exceso. Empecé a escucharlo hace sólo tres años y pico –ya tirando a cuatro. Pero, desde entonces, se ha convertido en un habitante permanente de mi vida. En forma de discos, DVDs y libros. Lo mío con Bowie no era cosa de cariño, sino de pasión. Siempre estaba ahí, con sus mil caras. La pequeña maravilla. La estrella más guapa. El sábado hicimos una fiesta en su honor. Alivié mi luto.

Y arrancó mi Fase de Aceptación.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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