Muere David Bowie: el hombre que venció a la mediocridad

David Bowie | Archivo
David Bowie | Archivo

David Bowie ha muerto. Se ha ido uno de los últimos grandes artistas, alguien que conjugó, rozando la perfección, el Renacimiento con la vanguardia, haciendo de todo –mimo, teatro, cine, pintura y, cómo no, música, muchísima música-, y haciéndolo casi todo bien. Lo ha matado un cáncer contra el que luchó durante 18 meses, “en paz, rodeado de su familia después de una valiente batalla”, según reza su Facebook oficial. Lo ha confirmado su hijo, el cineasta Duncan Jones: “Lamento mucho y me entristece decir que es cierto. Estaré fuera de las redes durante un tiempo”.

Dicen que Umbral murió dictando a su mujer su última columna. Bowie lo hizo dos días después de cumplir 69 años y de publicar su vigésimo quinto disco de estudio, Blackstar. En la tercera canción de este disco, “Lazarus”, el artista inglés nos habla de “cicatrices que no pueden ser vistas”, de una consciencia de estar en peligro y de que tiene decidido ser libre “como ese pájaro azul”. Sus seguidores creían/creíamos que se refería al infarto que sufrió en Scheessel (Alemania) en junio de 2004, evento que pudo ser fatal –al menos, desde un punto de vista artístico- y que le retiró –definitivamente, ay- de los escenarios.

Los acontecimientos recientes dan una vuelta de tuerca a la interpretación de la pieza: la despedida no pudo ser más explícita.

Es hermoso que Bowie haya hecho Arte hasta la víspera de su muerte. Limitarse a llamarlo El Camaleón, Ziggy Stardust o El Duque Blanco puede considerarse ofensivo para un tipo tan poliédrico y, salvo excepciones –los discos de la segunda mitad de los ochenta, Tonight y Never Let Me Down, son nefastos-, tan perfecto.

Bowie fue mucho más que “Heroes”, “Space Oddity”, o el dichoso gif de todos sus looks. Resumiendo hasta el extremo: el chico nació como David Robert Jones en el barrio londinense de Brixton. Nunca tuvo los ojos de distinto color, sino una pupila dilatada permanente por culpa de una pelea escolar. Tocó en bandas de poca monta, se metió a mimo, leyó mucho –que importante esto-, publicó un primer disco como solista flojo, se hizo un hueco con “Space Oddity”. Consiguió la fama vestido de Ziggy Stardust en el programa musical Top of the Pops. Interpretó “Starman” y se convirtió en ídolo de masas. Aladdin Sane le consolida, amaga con retirarse y deshace, en pleno concierto, a su banda: The Spiders from Mars. Hizo soul y funky en Young Americans. Fue El Delgado Duque Blanco en Station to Station. Reinventó el rock junto a Brian Eno en la llamada Trilogía de Berlín, compuesta por Low, Heroes y Lodger. Exploró las tinieblas en Scary Monsters, se hizo popero –pero con clase- en Let’s Dance y se “traicionó” –el verbo es suyo- en la segunda mitad de los ochenta. Renegó de sí mismo, participó en un grupo paralelo –Tin Machine– y se reinventó, por enésima, en los 90. Tras los atentados del 11-S publicó Heathen, su última gran obra maestra. En 2004 sufrió un infarto. Desapareció durante casi diez años y, en 2013, reapareció con el explosivo The Next Day. Hace dos días publicó Blackstar, y murió este domingo.

En 1971, pocos meses antes de publicar su primer gran álbum, el magnífico Hunky Dory, declaró: “Me niego a ser considerado mediocre. Si alguna vez llego a serlo, me retiro”. Sólo la muerte, “que es celosa y es mujer” (Sabina), pudo retirar a Bowie. No cayó en el refrito ni en la caricatura. Tampoco vivió, como muchos otros, de las rentas. Venció a la mediocridad. Aprendamos la lección.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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