Esto no es Rock and Roll, ¡esto es un genocidio!

David Bowie, 1969 | Foto de Ray Stevenson
David Bowie, 1969 | Foto de Ray Stevenson

David Bowie se ha muerto”. Me ha despertado esa frase en un mensaje de mi móvil en silencio, por mucho menos te convalidan la carrera de parapsicólogo. Yo he contestado con un: “No, solo ha sacado un disco”, me he dado la vuelta y he intentado volver a dormir sin darme cuenta de que había hecho una broma muy fina sin querer. Hacía pocos días había dicho burlón que el último single de Bowie era la música de ascensor más cara de la historia, cuestión de gustos.

Después de un rato, quizá demasiado, paseando por la llanura planísima del recién despertado me he dado cuenta de que era bastante probable que hubiera muerto de verdad y que la función ya había empezado, con todos esos Starmanes y todas esas vidas en Marte pegadas en mi pantalla, cada uno lo hace como quiere, intento no ser pedante.

Me sonrío ahora mientras escribo porque veo que mi relación con David Bowie ha sido siempre así, entre el esperpento y el desprecio, hasta el último día, hasta las últimas consecuencias, pero cómo me gustaba, vaya que si me gustaba. Pero parece que el día no está para sonreírse mucho, no han entendido nada, esto no es Rock and Roll, esto es un genocidio, suban los altavoces y dejen de llorar.

Lloren, si acaso, por mí, por nosotros, que andamos homenajeando siempre que alguien se muere, como si eso valiese de algo. Lloren, si les inundan las ganas, por todos esos que empiezan hoy a escuchar la colección de discos de Bowie, fruto de una desgracia, menos da una piedra dirán algunos. Lloren, si no pueden más, por el genocidio del Rock and Roll, que nos iguala a todos, por suerte o por desgracia. Lloren por sus niños, que van a crecer creyendo que David Bowie era un héroe.

David Bowie no era un héroe y eso me hace estar unido a él hoy por primera vez desde que, desde hace muchos años, es inquilino recurrente en mis oídos. No, Bowie era un músico, un creador y no era un mediocre, con eso basta, no necesitamos más héroes de mentira, no lo conviertan en eso mañana, hoy se lo van a permitir todo.

Intentar cantar sus canciones rozando el esperpento, como yo quería que fuese, pero que nunca era suficiente; aquellas discusiones acerca de la anécdota de leche y la cocaína, que nunca nos acordábamos sobre si era de Bowie o de quién; la portada de Diamond Dogs que estaba dibujada en no sé qué bar, de no sé qué ciudad, ese enigma que duraba horas; pintar rayos (si solo hubiera sido eso) en la cara de todos aquellos borrachos que se quedaban dormidos en nuestras casas porque no podían más; poner por las mañanas, volviendo de aquella manera, la versión de los hermanos Calatrava de “Space Oddity” para despertar a todo el mundo; supongo que, en realidad, todo se lo debo a él.

Gracias.

Goodbye, love.

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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