David Bowie, ‘Blackstar’ y la cruzada contra la mediocridad

David Bowie, en el videoclip de "Lazarus" | Instagram: @davidbowie
David Bowie, en el videoclip de “Lazarus” | Instagram: @davidbowie

La tropa de mi edad -o sea, quienes rondamos los veintimedios- lamentará algún día no haber visto a David Bowie (1947) en directo. Seremos unos pupas con fundamento. El infarto de Scheessel (Alemania) estuvo a punto de ser, desde un punto de vista artístico, definitivo y fatal. Nos recuperamos parcialmente del susto hace ahora justo dos años, con esa postal berlinesa, críptica e íntima que fue “We Are We Now?”, preludio del primaveral -el disco vino en marzo- y explosivo The Next Day.

Este viernes ve la luz su último trabajo: Blackstar. Como el Dios apocalíptico, Bowie sigue haciendo “nuevas todas las cosas”. De ahí esa mezcla (im)posible de rock y jazz, las mujeres con apéndice caudal -escribir “mujeres con rabo” puede generar confusión-, el ídolo muerto, Lázaro resucitado y cierta mala leche. “Es un ejemplo de que el rock no es algo juvenil, sino que se puede tener 70 años y seguir estando en vanguardia y haciendo rock transgresor”, nos dice la periodista Silvia Grijalba.

La personalidad de Bowie conjuga al hombre renacentista -su actividad artística no se limita a la música, y se extiende por el cine, el teatro y la pintura- con el vanguardista más temerario -“¿Qué pasaría si combináramos -se pregunta Bowie- un drama musical de Brecht-Weil con rythm and blues? ¿Qué sucedería si le pusiéramos un sonido Philly a una canción francesa? ¿Quedaría bien Shoenberg con Little Richard? ¿Se pueden mezclar cerros con estopas? En principio, uno diría que no, pero algunas ideas dan muy buenos resultados”. Él lo afronta con naturalidad y humildad, sin pretensiones de plástico. En una entrevista recogida en Bowie. Vida y discografía (Blume, 2013), declara el artista inglés: “Los temas principales de mis composiciones son mis propios sentimientos, muy personales y más bien solitarios, los cuales exploro desde distintas perspectivas. Las cosas que hago no son tan intelectuales. ¡Por Dios, soy sólo un cantante pop! No me considero una persona complicada”.

Según el músico Robert Castellanos, bajista, entre otros, de Enrique Bunbury, “David Bowie representa mejor que nadie el papel del artista que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, con una carrera de más de 40 años sin atender a modas ni acomodarse en el sonido de sus discos más exitosos y, sobre todo, una continua búsqueda por no repetirse y explorar nuevas sonoridades”. El periodista José María Albert de Paco (Libertad Digital, Jot Down) nos cuenta que Bowie “representa un mundo en extinción. Es un narciso para el que no hay nada más profundo ni salvífico que la superficialidad; un crooner ultramoderno, atribulado, agónico, en las antípodas de los músicos sencillos, esa plaga. El David Lynch del pop. Un tipo al que sólo cabe idolatrar“. El cantautor Manolo Tarancón nos dice: “Lo actual es tan efímero en algunos casos que hace que el culto a las leyendas vivas sea todavía más importante, y Bowie es una de ellas. Mientras esté siempre tendrá algo que decir y todos deberíamos escuchar con mucho respeto”.

A diferencia de la mayor parte de los artistas de su quinta, Bowie se puede permitir el lujo de: 1) no vivir de las rentas, y 2) experimentar con acierto por caminos nunca antes recorridos. Jorge Alonso, biógrafo de Nick Cave & The Bad Seeds y profesor en el curso David Bowie, El hombre que vendió el mundo, ofrecido por la Universidad de Oviedo, nos dice que “uno tiene la tentación de ver a Bowie como alguien que pertenece ya única y exclusivamente al pasado, pero The Next Day nos quitó eso de la cabeza. Desde luego está en un lugar cómodo, muy cómodo, en el que es muy difícil criticarle y muy fácil y barato adularle, pero no sólo se lo ha merecido con su trabajo anterior -o sea, desde que saca la cabeza a principios de los setenta-, es que lo que está haciendo en el último par de años tiene incluso más nivel que algunos de sus discos de la época más popular. Dame el adelanto “Blackstar” y te regalo la segunda mitad de sus ochenta, por ejemplo”.

Portada del álbum | Acordes Modernos
Portada del álbum | Acordes Modernos

Me niego a ser considerado mediocre. Si alguna vez llego a serlo, me retiro”, proclamó un joven Bowie pocos meses después de publicar su tercer álbum de estudio, el épico ‘The Man Who Sold The World’. Blackstar se asienta sobre esta premisa y es, con Heathen, el mejor disco que ha publicado el artista inglés en 30 años. Ni más, ni menos. Afirmar que está a la altura de trabajos como Station to Station, Low o Scary Monsters quizá sea pasarse de rosca. Conversaba hace unos días con alguien que, a propósito de “Blackstar”, me preguntaba: “Si no llegas a saber que esto es de Bowie, ¿te gustaría?”.

En mi opinión, la clave para que al seguidor de Bowie le guste Blackstar es, precisamente, esa: saber que se trata de una obra de Bowie. Que quien hizo este disco viene del mundo del mimo; que hizo folk-rock, glam, soul, krautrock o electrónica; que es autor de “Life on Mars?”, “Ashes to Ashes” o “Slow Burn”; que en él habitan Picasso, Burroughs o Kubrick -el astronauta muerto del videoclip de “Blackstar” traslada a la memoria, de un modo inevitable, al ya tan lejano y mítico Major Tom. “No se me ocurre una actitud rockera mayor que hacer siempre lo que te da la gana y además tener éxito”, dice, en este sentido, Robert Castellanos.

Blackstar es una rara avis deliciosa. El maquillaje jazzie penetra en unas canciones que pertenecen -salvo “Sue (Or in a Season of Crime)“- a la familia del rock, pero que son de una especie completamente nueva. En la última pieza, “I Can’t Give Everything Away“, Bowie canta que hay que “ver más y sentir menos”. El disco cuenta con una percusión trepidante -¡menuda batería la de Mark Guiliana!-, las guitarras son sutiles y/o quebradizas, desgarradoras, y los vientos y los sintetizadores, sombríos y elegantes. El espíritu de Kendrick Lamar se cuela, de un modo descarado, en “Girl Loves Me”. “Blackstar”, “I Can’t Give…” y “Lazarus” son piezas sobresalientes. En definitiva, tiene todas las papeletas para convertirse en -perdón por el tópico- el disco del año.

¿Qué espera encontrarse el fan de Bowie en Blackstar? Responde Alonso: “Pues tras escuchar el adelanto que mencionaba antes, parece que se ha sentido cómodo con The Next Day y que se encuentra aún más cómodo ahora, y se ha decidido a tomar más riesgos. El sonido, la producción y la temática parecen ir más al límite de lo que había hecho en “We Are We Now?”, por citar el último adelanto de un disco nuevo hasta ahora. Recuerda un poco al momento en que los Beatles deciden dejar de girar y se dedican a componer, grabar y hacer piezas visuales que acompañen ciertas canciones”. Castellanos opina que “tiene muy buena pinta. Suena actual, inspirado y arriesgado, que es lo mínimo que se le puede exigir a alguien que saca un disco nuevo, además de que cada vez que abre la boca para cantar ya representa un representa un regalo. Lo único que yo le pido a Bowie, humildemente, es que siga grabando discos cada vez que le apetezca”. Manolo Tarancón señala que “cualquier nuevo álbum es una incógnita, pero de un grande como Bowie siempre habrá cosas buenas que rescatar. Espero escucharlo con la atención que merece. Si bien hay cierta reticencia hacia los nuevos trabajos de los artistas leyenda, y Bowie es uno de ellos, hay que escucharlo sin prejuicios pero con perspectiva”. “Con que esté a la altura de The Next Day me daría por satisfecho”, dice Albert de Paco.

 

Breve apéndice: Bowie en España

 

David Bowie actuó en España por vez primera en 1987, durante el Glass Spider Tour, su gira más extravagante, rococó y -con perdón- hortera. Regresó a nuestro país para ofrecer el Sound+Vision Tour en 1990, y las giras de 1. Outside y Earthling en 1996 y 1997, respectivamente. En julio de 2004, el artista inglés ofrecería dos conciertos de la gira A Reality Tour -registrada en un magnífico DVD- en Bilbao y Santiago, pero fueron suspendidos tras el infarto sufrido en Schessel un par de semanas antes, el 26 de junio.

Durante sus visitas, Bowie atendió con sorprendente generosidad a los medios españoles, en especial, a TVE, y abundan las entrevistas al artista inglés -buenas y malas, como esta de Joaquín Luqui en 1987, en la que ensalza un álbum que resultó una pesadilla a posteriori para el inglés (Never Let Me Down), con alguna que otra falta de ortografía en los subtítulos.

¿Cómo se valora a David Bowie en España? Silvia Grijalba cree “que es de los pocos artistas que gustan por igual a público y crítica”. Jorge Alonso continúa en esta línea: “No sabría decirte cómo fue antes. Imagino que en los setenta tendría menos repercusión porque todo tenía menos repercusión y un tío que se pinta la raya menos aún, pero desde luego mi generación ha crecido valorando, respetando y disfrutando la carrera de Bowie. Recuerdo que grupos como Suede no paraban de citarle desde el primer disco, Nirvana grabó una versión suya en el Unplugged y Placebo también colaboraron con él. Vamos, el Hunky Dory y el Ziggy Stardust me los compré antes de los veinte y no era nada raro. También recuerdo ver mil veces sus vídeos en los ochenta, y sus visitas en forma de directo. Por no hablar del modo en que fue fusilado por los grupos transgresores de la movida que podían permitirse viajar a Londres o traerse discos de fuera. En el caso de Bowie, afortunadamente, no tenemos muchas taras que lamentar”. Por su parte, Robert Castellanos dice: “En los círculos musicales donde me muevo, Bowie es un artista absolutamente top y fundamental, respetado al máximo como pocos. Te puede gustar más o menos, pero no he escuchado a nadie decir nada malo de él.

Más cauto se muestra Manolo Tarancón: “España es complicada, pero entre los entendidos creo que es uno de los creadores musicales más grandes de la historia”. Finalmente, Albert de Paco señala: “No creo que se le tenga en mucha estima; el público español ha quedado para vitorear a Springsteen. En España hay tan sólo un bowie: Enrique Bunbury; en cambio, levantas una piedra y te aparecen cien springsteens. El discurso de Bowie, eminentemente esteta, y con tantas y tan sofisticadas aristas, no está hecho para paladares ibéricos”.

Imaginen a David Bowie yendo a divertirse a El Hormiguero. Eso sí que derrumbaría al mito.

Cartel promocional de 'Blackstar' | davidbowie.com
Cartel promocional de ‘Blackstar’ | davidbowie.com

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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