Historia de dos libros (o viva el buen periodismo)

Los libros en cuestión | AM
Los libros en cuestión | AM

Dice mi querido Raúl del Pozo que el periodismo cultural “no existe”, y que “los peores son los críticos literarios, los guardianes del cementerio”. Hace unas semanas, en un ejercicio de cinismo, le contaba a una colega que yo hacía periodismo cultural porque no podía hacer otra cosa. Mas nobleza –o vileza, no sé- obliga a, desde un punto de vista materialista, proclamar un “¡Viva el periodismo cultural!” porque, dada mi situación económica, gracias al oficio se me ha permitido gratis –por algo hablaba de vileza-, por ejemplo, asistir a un concierto de Serrat, al estreno del documental sobre Nick Cave 20.000 días en la Tierra y, sobre todo, conseguir una pila de libros que, de otro modo, hubiera tenido que apoquinar. En realidad sí que he pagado, pero no con monedas, sino con crónicas, reseñas o entrevistas y, encima, he –perdón por el topicazo- disfrutado con la experiencia.

Todo ha sido voluntario y, en general, placentero. Sin embargo, a veces, algo se enquista, se te atraganta, cuando no se vuelve insoportable. La decepción aumenta cuando tu expectativa ante ese producto ‘x’ –en plan matemático, no pornográfico, se entiende- es alta y, entonces, resulta ser el excremento de la triceratops enferma de Jurassic Park.

Algo así me ocurrió con Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, de Augusto Assía (1906-2002), editado por Libros del Asteroide hace unos meses. Yo no pedí este libro, pero me llegó por alguien del trabajo –permítanme obviar los detalles, más que nada, porque no los recuerdo-. Lo adopté con ganas por tres motivos: 1) en general, Libros del Asteroide publica títulos, como mínimo, con una nota de notable alto para arriba; 2) desconocía la figura de Assía y, en la contraportada, Xavier Pericay lo describía –agárrense los machos- como “el legítimo heredero de un grupo de periodistas extraordinarios, formado por Gaziel, Xammar, Pla, Camba, Corpus Barga y Chaves Nogales”, y 3) por ser el único corresponsal español en Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Pericay, macho, cómo me la colaste.

Uno sabe que un libro no (le) funciona cuando, en el metro, mientras lee, escucha rock&roll. Lo mejor de Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, es el prólogo de Ignacio Peyró, que cumple, que está bien. Y ojo, antes de que Johnny saque su fusil, conviene destacar que Assía manejó fuentes como nadie y que describió el carácter y las costumbres de los ingleses con un altísimo conocimiento de causa.

En mi opinión, a Assía le fallaban dos cosas:

  1. Su estilo. Es nulo. Insípido. Ramplón. Aburrido. Abusa a la hora de llamar al inglés “John Bull” y con los adverbios terminados en “-mente” (en Mientras escribo, Stephen King afirma –y yo comulgo con el maestro- que los escritores que abusan de este tipo de adverbios, en realidad, no saben escribir). Va un ejemplo de Assía:

Seguidamente desembarcaron sucesivamente en Borneo, Sarawak, Sumatra, Nueva Guinea, Célebes, Macasar, Amboína, Taracán, Timor y Java. Hong Kong cayó el 26 de diciembre, después de cinco días de sitio. Pocos días más tarde se lo entregaban las dos principales islas de las Filipinas: Mindanao y Luzón, excepto la península de Bataán, en donde los filipinos, al mando de MacArthur, siguen defendiéndose tan bravamente. Igualmente, los japoneses se han apoderado de casi toda Java, y las tropas aliadas que la defienden se hallan a punto de verse atomizadas en guerrillas o capitular. Además de las Filipinas, los anglosajones y holandeses siguen luchando en numerosas otras islas, especialmente en Sumatra, Célebes, Macasar y Timor, de tal modo que, visto en conjunto el teatro de operaciones, ocupado por 20.000 islas, se parece actualmente a una lucha feroz…

  1. Su excesiva anglofilia. O sea, a la hora de elegir entre nazis e ingleses, por supuesto, y de lejos, uno se queda con los segundos. Ahora bien, Assía va más allá y convierte sus crónicas en notas propagandísticas, llenas de baba, masaje, peloteo. A su lado, La Razón con el PP y Público con Podemos son aficionados. Ejemplo:

Por las agencias informativas tendrán ustedes la letra del apasionado y apasionante llamamiento con que el jefe del Gobierno (refiriéndose a Churchill) ha apelado a la razón, los sentimientos patrióticos y la tolerancia de unos y otros. La fuerza de su lógica es tan indudable como su elocuencia, y ambas se hallan apoyadas hasta un extremo conmovedor por el gesto sin par de un anciano de setenta años que, cargado de las responsabilidades y quehaceres inherentes a la conducción del más grande imperio del mundo, durante la más grande conflagración que vieron los siglos, deja su puesto en Londres para, atravesando las montañas y los mares, desafiando los peligros y abandonando todos los escrúpulos, tratar con unas bandas de guerrilleros sin estatuto reconocido.

En estas, entrevisto a Pedro Simón por su último libro, Siniestro total (FronteraD, 2015), y le cuento que agradezco la lectura de su obra porque tengo atragantado un libro de un tal Assía que es un (textual) “coñazo insufrible”. El periodista de El Mundo me habla de Plàcid Garcia-Planas (1962), reportero de guerra en La Vanguardia. Me lo describe como “el mejor reportero de este país” y, tras la interviú, me recomienda Como un ángel sin permiso (Carena, 2012), añadiendo que, a los alumnos de su máster, lo primero que hace es entregarle el preámbulo de esta obra por tratarse “de un canto al mejor periodismo”.

Fue difícil encontrar Como un ángel sin permiso, pero, tras cuatro o cinco tardes de búsqueda, me topé con él y lo compré por diez euros redondos. Tras la cámara de gas de Assía –todo es metáfora, se entiende-, recibí lo de Garcia-Planas como un soplo urgente y placentero de oxígeno periodístico. Lo leí en un par de horas, lo releí y subrayé. El libro está compuesto por una colección de reportajes que orbitan en torno a “cómo vendemos misiles, los disparamos y enterramos a los muertos”. Escenarios: una feria de armas en París, un cementerio de Bucarest, suburbios de Caracas o ciudades libias tomadas por rebeldes. Protagonistas: profesores talibanes, enfermos que se pudieron tratar el sida gracias a Chávez, milicianos que gritan “Allahu Akbar” o el subteniente Giulio Gavotti. Todo bien escrito e hilado, salpicado de metáforas que no atosigan y que se agradecen, con finales que besan –eso me lo dijo Pedro-, pero en plan mafioso y mortal.

Eufórico, en cuanto leí el libro de Garcia-Planas, canté –con mayor brevedad que aquí, es evidente- sus virtudes en Twitter. Y, pocos días después, en esta casa me topo con un comentario del reportero. En el texto, Garcia-Planas me recomienda un ensayo que publicó en FronteraD sobre la olvidada pero existente y, aunque breve, intensa cara nazi de Augusto Assía –también rajé del propagandista anglófilo en la red social-. A partir de ahí, nos escribimos un par de correos electrónicos y, este martes, tras una jornada laboral que terminó a las diez y pico de la noche, al abrir el buzón, me topo con un sobre de Plàcid que incluye dos libros suyos: L’Arxiu del Corresponsal de Guerra (Comanegra, 2012) y Jazz en el despacho de Hitler. Otra forma de ver las guerras (Península, 2010).

Por cosicas como esta, creo que acerté a la hora de querer ser periodista.

Viva el buen periodismo.

Mil gracias, Plàcid.

Y perdón por la batallita íntima.

Comenta con tu usuario de Facebook

comments

Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Al utilizar nuestro sitio web, usted consiente el uso de cookies de acuerdo con nuestra política de cookies. Obtenga más información sobre: cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies