Abraham Boba entre signos de admiración: biografía musical

Abraham Boba
Abraham Boba | Foto: Mariana L. Durand

(Grecia Monroy, Denisse Gotlib y Mariana L. Durand). El nombre de Abraham Boba podrá referir, para algunos, a aquel sujeto de traje y cabello rizado que de un tiempo para acá acompaña a Nacho Vegas en sus giras; situado en un costado del escenario, interpretando el teclado o el acordeón. Para otros remite al cantante que junto con Luis Rodríguez fundó la banda de rock León Benavente. Esas dos facetas forman parte de una continuidad si pensamos que originariamente Abraham Boba es el alias de un español, nacido en Vigo, que lleva por nombre David Cobas Pereiro. Aunque pareciera que el propio Boba quiere dejar un halo de misterio sobre el origen del pseudónimo y comúnmente dice “haberlo olvidado”, algunas entrevistas revelan que su intención era “buscar una conexión entre lo clásico y lo moderno. Entre lo masculino y lo femenino […] Podría firmarlo como David Cobas, pero quería alejarme de mi proyecto anterior”, aseveración críptica que no aclara mucho. Tal vez la mejor explicación es que no hay explicación.

¿De qué proyectos anteriores es de los que quería distanciarse? En 1997, David Cobas grabó el disco Full-length portrait como parte del grupo de rock anglófono Tédium; luego formó el dúo de música instrumental Belmonde junto con Borja Flames, con quien grabó dos discos: Primer Acto (2001) y Viajeométrico (2003). El alias lo dio a conocer públicamente en 2007 y marcó la transición definitiva hacia el inicio de su carrera como solista. Posteriormente, comenzó a trabajar con Nacho Vegas, quien estaba buscando un tecladista para la grabación y gira de El Manifiesto Desastre.

Abraham Boba y Borja Flames
Abraham Boba y Borja Flames | Foto: Belmonde
Los discos de solista de Abraham tienen como protagonista al instrumento base con el que se siente más cómodo: el piano, casi siempre de cola o vertical, algunas veces eléctrico o el teclado eléctrico. Esta elección del piano y no la guitarra como base para la composición otorga al español un sonido característico. Los pianos son instrumentos de cuerdas, pero también de percusión. La vibración es diferente; el rango y el tipo de sonidos posibles también. Las notas graves del piano hacen armonía con la voz igualmente grave del músico y su fraseo casi siempre lento. Cuando las notas elegidas son de un registro más agudo, el contraste nos arroja de forma melancólica hacia sus historias de desamor. El uso ocasional de otro de sus instrumentos favoritos, el acordeón, es siempre preciso para agregar sustancia a la sensación de nostalgia.

Tal vez lo anterior pueda explicar que la voz de Boba suene muy distinta en las canciones de León Benavente: el vigués la transforma para entrar en armonía y sintonía con los instrumentos con los que comparte protagonismo y para transmitir la intención de las canciones. El proyecto de los “leones” es efectivamente fiero y con expresión explosiva, mientras que el de Boba podría caracterizarse como arrojado hacia la narración fragmentada e intimista de experiencias de vida: la mudanza, las relaciones amorosas, las historias y personajes de lugares, la tristeza.

La tarjeta de presentación de David Cobas como Abraham Boba fueron cinco temas que envió a la disquera Limbo Starr —misma con la que grabó sus otros tres álbumes como solista—, y en una semana, con el apoyo de Michel Martín y David López, los estudios Cinearte de Madrid y sesiones solitarias en su propia casa, concluyó su primer disco homónimo Abraham Boba (2007). Así, logró concretar su interés personal por escribir canciones en un proyecto propio que pudiera prolongarse en el tiempo y avanzar (o concluir) junto con él.

Abraham Boba (2007)
Portada de Abraham Boba (2007)

Si la brevedad marcó el proceso de composición del disco, el momento de la escucha se define por una densidad encubierta: da la sensación de que uno está escuchando cosas fundamentales de un modo sencillo y absolutamente placentero. Las letras de Abraham Boba están marcadas por la rima, por la perfecta dicción y por algo que está a caballo entre la narración y la descripción, más que la metáfora —aunque la haya. Las 11 canciones de su primer disco oscilan entre el des-amor, la duda vital, la postura ideológica, los viajes e incluso encuentros con personajes misteriosos y extraños “artilugios.” Hay canciones en este álbum que recurren a alegorías lingüísticas y literarias que atraviesan el texto entero: “Signos de admiración”, “La marque” y “Jornadas cabalísticas” son ejemplo de esto. A veces, el recurso alegórico se conjunta con una narración circular, como en “Turista feliz”. Otras veces, las letras son más como declaraciones, ya sea en el tono despectivo de “Las masas” o la efímera esperanza de “Canción para un final”. Todas las piezas, eso sí, tienen la precisa dosis de convicción que se requiere para hacer nacer y vivir una canción.

La vida cotidiana es una constante temática en sus canciones, lo cual obedece al interés que él mismo ha expresado de que sus receptores tengan los medios para sentirse identificados con sus letras. En su siguiente álbum, La educación (2008), esto se pone aún más de manifiesto. En contraste con su primer disco, en éste incluye guitarras y melodías propias del jazz que acompañan la expresión de ciertas ideas sobre la educación que recibimos desde niños y la manera en que eso influye en las decisiones que hemos de tomar en el resto de nuestra vida. Las letras nos conducen en el camino de una vida, que bien podría ser la de todos. Pasamos frente a imágenes del pasado y del presente, de recuerdos y de sueños, y exaltamos: “el tiempo ha empezado a correr / esto es lo que has elegido / y no puedes cambiarlo otra vez” (“Juan y la defensa”). A pesar de posicionarnos ante las elecciones tomadas y los errores inmutables, en ocasiones se cuela una voz esperanzada que a pesar del frío permanece expectante: “todo un invierno esperando a que el verano se despierte y nos vuelva a calentar” (“Frío”). Y si enfrentarse a la propia vida implica, a su vez, enfrentarse a la muerte, nos cobijamos en las posibilidades de trascender en la memoria de los otros, y así “ahora escribo un boletín / ahora escribo el boletín / para que… / te acuerdes de mí” (“Boletín de la montaña”).

Portada de La Educación (2008)
Portada de La Educación (2008)

En este disco, Abraham retoma el método de creación musical en directo, es decir, evita el uso fragmentado de pistas, sobre lo cual el vigués opina que no ha favorecido a la música. Aquel modo permite que los músicos toquen juntos y a la vez, o por secciones, recuperando las implicaciones espacio temporales de la grabación, en conjunto, de una pieza musical. Abraham Boba, obseso del sonido, es particularmente afecto a este método. Se trata de conceder a cada instrumento un lugar propio, pero que la pieza final se perciba como un todo.

Estos intereses trascienden la creación e interpretación musical, es decir, el cantautor se involucra en más de uno de los procesos de la grabación; ocurre la metamorfosis de la inclinación primaria que era, en esencia, un proyecto personal. Su siguiente disco, Los días desierto (2011) fue producido por el mismo Abraham; sin embargo, coherente con la transformación mencionada, se nota la inclusión de la experiencia colectiva. Desde las grabaciones con Tédium y Belmonde y sus primeros discos de 2007 y 2008 trabajó junto con los ya mencionados David López y Michel Martín; de su experiencia con Nacho Vegas, afirma, mejoró su técnica en el piano y pudo dar cuenta de cómo tiene que sonar una banda en directo; y, específicamente, para Los días desierto, contó con la colaboración de sus futuros compañeros de León Benavente: César Verdú, en las percusiones, la grabación y la mezcla, y Edu Baos en la grabación.

Portada de Los días desierto (2011)
Portada de Los días desierto (2011)

Muchas de las letras de Los días desierto dan la sensación de estar escuchando conversaciones: con otras personas o con uno mismo. Al respecto de “Basura madura”, el mismo Abraham Boba dijo que la idea había surgido de una charla con una amiga. Pero en otras canciones también se percibe esto: los encuentros casuales y la conversación sostienen la narración de “Así se vive aquí” y el diálogo con otro es lo que marca el tono tanto de “Podría haber sido peor” como de “El hombre perdido”. Las canciones de ese disco no son tristes ni nostálgicas, más bien portan un ácido optimismo: “Hagamos otra canción de amor / para gente tan ingenua como yo” o “Podrías dedicar un minuto de tu tiempo / a pensar que a lo mejor / podría haber sido peor” o “No me afectan los insultos / y mucho menos la actualidad / Hoy me siento como en Hollywood” o “Una llamada en medio del baño: / cosas que duelen y no hacen daño”… y así podríamos seguir…

El año 2014 contiene dos hechos que nos ayudan a concluir este recuento de la vida musical de Abraham Boba. Uno de ellos es que publicó su, hasta ahora, último disco como solista, Podría haber sido peor, el cual es una recopilación de algunas canciones de los tres discos anteriores. El otro es que dio a luz el primer disco con su recién formada banda León Benavente.

Pese a que Abraham Boba, a estas alturas, tiene ya un lugar indiscutible en la escena musical actual, sus discos en solitario aún no gozan del reconocimiento que se esperaría de una propuesta como la suya. Muy diversos y poco usuales escenarios han tenido la fortuna de recibir su voz en directo, por ahora, sólo en Europa: desde un concierto en Radio 3 para presentar uno de sus discos, hasta un par de rolas en un café, en una tienda de música, en salas de espera de hoteles, incluso en la casa de algún conocido. Los que ya estamos más que enganchados con sus discos en solitario, nos conformamos con escucharlo así y seguirlo en sus otros proyectos. Sin embargo, tenemos razones para esperar algo más; por ejemplo, que algún día ofrezca en Latinoamérica un concierto con su repertorio personal. Mientras tanto, cantamos junto con él: “Tenías tus razones para esperar algo más / fue un sueño pero pudo ser real”.

Abraham Boba con León Benavente en la ciudad de México| Foto: Mariana L. Duran
Abraham Boba con León Benavente en la ciudad de México en octubre de 2015 | Foto: Mariana L. Durand

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