Sin comienzo ni final: el rock en América Latina

Cartel del festival Rockotitlán 1988 | Archivo
Cartel del festival Rockotitlán 1988 | Archivo

Hace un tiempo vi un vídeo sobre la historia del rock en inglés en el que entrevistaban a Keith Richards. Cuando se recordaba la influencia del blues en el rock, el músico dijo:

El blues siempre ha estado ahí, desde mucho antes de haber sido llamado ‘blues’. Es una línea de música, es una nota que resuena desde los inicios de la humanidad.*

Entendí que Richards estaba hablando de que eso a lo que llamamos blues excede al género musical, y más bien nombra a toda una forma de hacer y decir a través de la música, algo así como un híbrido entre grito y canto de vida; algo que expresa lo más íntimo del hombre, pero que a la vez habla de lo más político del hombre.

El blues, como género musical, surge a finales del siglo XIX y principios del XX en las orillas del río Mississippi, en la región sudeste de Estados Unidos, donde se obligaba a trabajar a las personas negras esclavizadas en los campos de algodón. Ahí, la música era un espacio de lucha, de protesta, de desahogo y, también, un espacio para hacer comunidad. Aunque, siguiendo a Richards, sepamos que el blues no empezó ahí, el momento que la historiografía señala como fundacional es un buen estandarte simbólico de lo que representa y aglutina el blues como género.

Pronto, los sonidos del blues, que incluían chillidos, manotazos, gritos y golpeteos, se popularizaron a lo largo de Estados Unidos y encontraron algunas rutas de ida y vuelta con Gran Bretaña, lo que contribuyó a que se consolidaran distintas ramificaciones del género. Para los años 60, una nueva generación de artistas influenciados por el blues, el country y el jazz, inaugurarían una nueva forma de hacer rock and roll, la cual puso énfasis en la necesidad de representar y hablar de (más bien gritar) lo que le ocurría a la gente en las ciudades -“traer las calles a las canciones”.

A finales de esos efervescentes años 60, Latinoamérica -que estaba siendo lastimada por una serie de dictaduras militares- se nutrió de aquellas nuevas olas de música poderosa y vibrante. Al poco tiempo de su llegada, el rock estadounidense y británico se combinaría con músicas de sustrato latinoamericano (las cuales a su vez se habían nutrido de infinidad de sustratos puestos en contacto a través de las migraciones de europeos, africanos y orientales), como el tango, el candombe, la cumbia, la salsa, el merengue y la nueva trova cubana.

Me interesa recalcar que, cuando se escuchó por primera vez el rock anglosajón en Latinoamérica, no llegó a un terreno árido e inerte, sino que fue bien recibido en tierras en donde la música popular, muchas veces como forma de resistencia, siempre había sido parte de la vida de las personas. Si traemos de nuevo a colación la cita de Keith Richards, no es que el rock, gran heredero del blues, fuera del todo nuevo en esta América, sino que era una nueva propuesta musical que se puso en comunicación con las formas que ya se habían experimentado aquí. Para muestra vale mencionar como ejemplo el caso del candombe, música muy influyente en la región del Río de la Plata, la cual se consolidó a partir de la llegada de negros africanos a la región. Era tanta la importancia del candombe como forma de convivencia y de resistencia, que estuvo prohibido por el gobierno durante el siglo XIX. Por supuesto que el candombe influiría al rock en aquella región sudamericana.

Esta breve recapitulación intenta recordarnos que el rock está vinculado con una tradición mucho más grande de música, así como que el rock no necesariamente es o no siempre ha sido una “expresión burguesa” y desconectada de procesos sociales, como algunos críticos de la música sostienen. También es importante pensar que, si bien las etiquetas de género pueden ser útiles para nombrar grandes bloques de ‘algos’, de vez en cuando es útil reconocer que esos ‘algos’ tampoco están tan separados. No por nada el cantautor chileno Víctor Jara decía en “Canto libre” algo muy similar a lo de Keith Richards:

Mi canto es una cadena
sin comienzo ni final
y en cada eslabón se encuentra
el canto de los demás.

*”The blues has always been there, way before it was ever called “the blues”. It’s a strand of music, it’s a note that resonates throughout the human race.”

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