‘El Celta no tiene la culpa’, de Alfonso Armada: no apto para ‘pedreroles’

Portada del libro | Libros del KO
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Mi abuelo materno era del Real Madrid y del Celta. Nunca supe por qué un señor que cumplió todas sus funciones vitales en La Mancha simpatizó con el conjunto vigués. Quizá, por ello, servidor se confiese, ante todo, y pese a Cristiano Ronaldo, merengón; después, del Granada –buena parte de mis amigos son de allí-, y, por último, desde la lejanía más remota y la superficialidad, celtista.

Sobre todo, cuando le casca cuatro goles al Barça.

En estas, me llega El Celta no tiene la culpa (Libros del KO, 2015), de Alfonso Armada. Un libro “que no tiene sentido, porque va contra todo lo que se supone que es un verdadero hincha”. A ver, tampoco exageremos: la obra está enmarcada en la colección “Hooligans Ilustrados”, por donde ya han pasado Jabois, Enric González o Ramón Lobo, antónimos de pedreroles, chiringuitos y marcas blancas intereconómicas. Quienes escriben ahí no son amigos –al menos, desde un punto de vista literario- del exabrupto, la barbaridad y el pedo –que no perro- ladrador.

Armada, que fue corresponsal de guerra y ahora dirige el suplemento ABC Cultural, es un tipo que llama a un cura de Franco “zahorí de la teología”, que escribe que la lucha de clases “es una simplificación marxista de la historia del deseo”, o que tuvo “las rodillas pintadas por un Greco gallego: barro y sangre”. Con su prosa, el periodista demuestra que, hasta en un libro –presuntamente- sobre fútbol, se puede encontrar la belleza.

El Celta no tiene la culpa es un rechazo al fanatismo futbolero y un ajuste de cuentas paternofilial con final feliz. Tirando de recuerdos, el autor nos habla de su abuelo, de lo malo que era jugando al fútbol, de cómo se hizo ateo –y van…- en un colegio del Opus Dei. Recuerda la figura de Pahíño, jugador ilustre a quien se le tomó por rojo por leer a Dostoyevski. Vuelve varias veces a su padre “y a la portería vacía”, a Camiño da Raposa y a las iglesias donde no se arrodilla. También se cuelan Simone Weil y Pessoa. En definitiva, que el fútbol pasa como un fantasma invisible que –permítaseme el palabro- invertebra lo vertebrado. Una excusa. Y una provocación sutil.

Para terminar, y volviendo a la idea de la belleza, en las páginas 56 y 57 encontramos un canto sencillo y hermosísimo a esa idea personal –y, en general, futurible (perdón por el realismo o pesimismo, elijan ustedes)- que todo joven que quiere ser periodista ha tenido alguna vez sobre la profesión que quiere desempeñar. Lo reproduzco:

“Creo que me hice periodista para clavar banderitas en los mapas, cruzar fronteras, poder meter las narices donde no me llaman, preguntar, escuchar, ver, salir de mi país y de mí mismo, ver en qué consiste el mundo. Creo que me hice periodista para ir con frecuencia al teatro. Creo que me hice periodista porque pensé que con las palabras se puede ordenar el mundo, detener el curso del tiempo, o soñar con la posibilidad de hacerlo, de hacer que un lector desconocido se asome contigo a la misma ventana, y comparta tu emoción. Creo que me hice periodista porque hubo un tiempo en que pensé que con las palabras de los periódicos y los libros se podía conseguir que la gente supiera a qué atenerse, y fuera más cuerda, más racional, más sabia, y evitara hacerse daño y hacérselo a los otros”.

Entre esperanzado y agnóstico, respondo: “amén”.

Y me pregunto por qué c*** mi abuelo sería del Celta.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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