‘El libro de las mutaciones’, de Bunbury: la revisión de un cancionero vivo

Portada del álbum | Acordes Modernos
Portada del álbum | Acordes Modernos

Francisco Umbral dijo una vez que escribía como meaba. A Enrique Bunbury le pasa algo parecido con la reinvención. Ahí está su obra, vertebrada por un discurso en el que se reconoce una firma artística exclusivísima –quien ha intentado imitar, se ha embadurnado en el ridículo- y en el que se suceden/rotan/evolucionan los matices y los detalles, convirtiéndose en ingredientes imprescindibles de su savia.

El libro de las mutaciones es eso: una apología de la reinvención, la revisión de un cancionero que es casi un cantar de gesta. Algo que palpita, que vive. Avisando a navegantes, Bunbury contaba que su nuevo trabajo “no es un disco recopilatorio de grandes éxitos”, ni un “acústico de músicos desenchufados frente a la chimenea”. Tras la advertencia, y habiendo escuchado –varias veces- el disco, uno se pregunta si estamos, realmente, ante un un-plugged. Respuestas que se me vienen a la cabeza: sí pero no, no pero sí…

En definitiva, ¿qué importa eso?

En El libro de las mutaciones domina un sonido orgánico, fluido y muy compacto. Algunas canciones se desnudan; otras, se cambian de ropa, y alguna otra, incluso, se abriga –“El boxeador”, con Draco Rosa. Los Santos Inocentes conforman un ejército voluble, sereno y brillante. Priman los teclados –en plural-, los sólos de guitarra escasean y, cuando aparecen, estremecen –por ejemplo, el de Jordi Mena en “La chispa adecuada”. Las coristas empujan a lo sublime. Y se cuelan, quizás, Leonard Cohen –en “Doscientos huesos y un collar de calaveras” y, sobre todo, en “Más alto que nosotros sólo el cielo”, que recuerda al “So long, Marianne” de las últimas giras del canadiense- y el Nick Cave de Push the Sky Away –en “La chispa adecuada”.

Imagen promocional de 'El libro de las mutaciones' | Jose Girl
Imagen promocional de ‘El libro de las mutaciones’ | Jose Girl

Así, El libro de las mutaciones arranca con un “Ahora” que viene como de otro mundo. La contundencia de la versión original da paso a una sutilidad como de seda. En “Dos clavos a mis alas” hay tensión y alma. “La sirena varada” arremete suave, como un asesino sigiloso que nadie se espera. La versión suena sosegada, desnuda y hermosa. Cuando suena el estribillo de “Los inmortales”, parece que uno va a ser abducido por un OVNI. Rebosan energía “El camino del exceso”, “Ven y camina conmigo” y “Mar adentro”. Puede que la de “Planeta sur”, con Vetusta Morla, sea la mutación más radical, de la electrónica al country más elemental. “Hay muy poca gente” deja de ser un huracán y se convierte en un río que desemboca en un mar tranquilo. “Porque las cosas cambian” pasa por un filtro tropical y dulce, con la voz de Carla Morrison empapando, calando. “Avalancha” suena a thriller oscuro.

Ya contamos algo antes del resto de canciones.

En definitiva, lo que viene a decir Bunbury con tanta mutación es que sigue en forma, que no está cansado, que tiene decidido retrasar el final. Y lo hace con un trabajo que es un capricho, una ofrenda arriesgada y bella que puede que disguste a la policía de lo correcto. Pero, como canta en “Dos clavos a mis alas”, “lo que soy, te lo doy”.

Y en Acordes Modernos le respondemos con un muchas gracias.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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