‘The Brown Bunny’: la música nacida del silencio

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Cartel de The Brown Bunny | Archivo

Llego a la película The Brown Bunny (2003) por tres razones: por Vincent Gallo, por la famosa escena de felación real entre él y su novia de entonces, Chloë Sevigny, y por la banda sonora.  No haré aquí una crítica de la considerada en 2003 la “peor película jamás vista en el Festival de Cannes”, que luego fue alabada como obra de culto. El vacío existencial, el sinsentido de la vida, la muerte y la nostalgia son lo que configuran el fondo de la cinta, pero, en la superficie, vemos a un hombre solitario, silencioso y oscuro en una road trip muchas veces aburrida, como la vida misma. Los fanes incondicionales de la peli la defienden como una revelación de la realidad sin máscaras, de la depresión y sus matices de soledad y desespero. Por otro lado están los detractores, que ven a Vincent Gallo y a su ego (o falo) exhibiéndose gratuitamente. Quizás ambos tengan algo de razón.

Dicho esto, lo que me interesa realmente es la banda sonora. Dividida en dos partes, las cinco primeras canciones fueron elegidas una vez montada la película y aparecen en la cinta: la melódica “Come wander with me” de Jeff Alexander; la jazzística “Tears for Dolphy” de Ted Curson; el folk se queda a cargo de Jackson C. Frank con “Milk and Honey”,  y de Gordon Lightfoot con “Beautiful”; y volvemos al jazz con la canción “Smooth” de Matisse/Accardo quartet.

La segunda parte del disco está compuesta por cinco canciones de John Frusciante. Ellas no suenan en la película, pero le sirvieron de inspiración a Vincent Gallo en su proceso de creación. Comentó al guitarrista su idea de hacer una película y  Frusciante le grabó las cinco canciones en una maqueta. Durante todo el rodaje, Gallo las escuchaba una y otra vez y, según sus mismas palabras, “es difícil explicar cómo y porqué la peli fue hecha sin la música de John Frusciante. Realmente es inexplicable – igual de inexplicable como las razones por las que elegí su música para la banda sonora de la película”. Si por una parte las canciones del guitarrista rompen con el estilo musical de la primera parte del disco, por otra, profundizan en el sentimiento presente en la road movie. En ellas están la soledad, la melancolía, y el camino hacia la muerte física y emocional, eso sí, envueltas todas en belleza y dulzura. “Forever away”, “Dying song”, “Leave All the Days Behind”, “Prostitution Song” y “Falling” funcionan como un mantra, un bucle de notas que nos empuja al vacío de la existencia, pero que nos acompaña en todos los momentos de este duro viaje. En una entrevista de 2002 a Folha de S.P., Frusciante garantizaba que eran las canciones más bonitas que ya había escrito hasta entonces, y no es para menos.

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