Suspiros de alivio y sabor a reencuentro

Foto: www.politusic.com
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Tengo la costumbre de escribir las cosas en papel, a mano, casi siempre con bolígrafo porque nadie me ha regalado una pluma con la que excederme y el lápiz me parece para los mansos, porque ellos heredarán la Tierra. No sé si es que el ordenador no va conmigo o simplemente me hago mucho de rogar. Siempre ando comprando libretas por todos los sitios por los que voy, siempre hay alguna tienda, pequeña, franquicia o multinacional, que, por algún euro suelto, me permite tener la “libreta-de-este-sitio-o-de-aquel”; me da igual el tamaño, la forma o el estampado, a mí solo me importa que soporte el peso de lo que pase por mí cabeza en el momento en que escribo en ella, que aguante lo que le quiero decir sin dormirse.

Van todas correteando por casa, a algunas no las veo en días, en meses o incluso años, pero siempre vuelven a aperecer, risueñas, soltando risotadas a costa de una pequeña grabadora que descansa en mi mesilla en un sueño eterno, inhumada en el polvo que amortaja aquel cacharro que nunca llegó a ser una opción.

Cuando cojo una libreta nueva lo primero que pienso es “que esta libreta sea todo lo que encuentren cuando me muera” y me pongo a hacer anotaciones o a esbozar alguna historia con el yugo de una trascendencia improbable, que se me olvida que llevo puesto poco después de empezar. Están todas sin terminar, algunas rotas por llevarlas de aquí para allá en mis viajes, por intentar aprovechar un segundo en un bar desconocido, un instante revuelto en el sillón de un amigo mientras un techo ajeno me da vueltas, para apuntar algo que puede que no entienda al día siguiente. Ellas siempre están ahí, nunca había perdido una, hasta hace poco.

Hace un tiempo, como por artificio de una guerra tecnológica de aquellos números verdes del cliché contra la lógica y la inocencia se nos perdió nuestra libreta favorita, la de Acordes Modernos. Parecía que volaban todas las hojas que habíamos subestimado en su día y que ahora, con la pérdida, cobraban una trascendencia inusitada, una importancia que nunca habíamos sospechado que echaríamos en falta. Al final, como en los peores disgustos, el momento de aceptar la pérdida es el que elige la Fortuna para llevar a cabo el reencuentro, ya no hay ningún problema. Aún no he querido abrirla por miedo a que la expectativa haya superado, otra vez, a la plana realidad, pero qué más da, por fin ha vuelto. Vivan las letras.

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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