Antítesis de carta abierta a Nick Cave

Nick Cave, con sus hijos Arthur (izq) y Earl (dcha) | '20.000 días en la Tierra'
Nick Cave, con sus hijos Arthur (izq) y Earl (dcha) | ‘20.000 días en la Tierra’

Nick Cave cumple 58 años este martes, y mi idea era la de felicitarle en público. Sin embargo, ocurre que detesto el género de la carta abierta. Cuando leo, en prensa o en las redes, “Carta abierta a (completen la frase: Pablo Iglesias, Angela Merkel, el papa Francisco, los bomberos o los pingüinos de Humboldt)”, huyo del texto, y con pavor. Creo que son ejercicios ridículos de egolatría y/o demagogia, suelen estar muy mal redactadas y, bueno, la vida es tan corta…

Después, pensé en escribir algo íntimo, pero no sé en qué calle de Brighton vive Nick Cave, ni tampoco tengo su teléfono o su correo electrónico. Sacar ese texto privado en Acordes Modernos lo convertiría, es evidente, en cosa pública, y tampoco es cuestión de profundizar, para no exponerse demasiado, en el terreno de la autoficción. Eso se lo dejamos a Knausgård.

¿Qué puedo decir? En estos últimos doce meses, he escuchado a Nick Cave (y a los Bad Seeds) más que a ningún otro grupo; he leído cuatro o cinco libros suyos o sobre él, y habré escrito –en esta y en otras casas, difundiendo su palabra como un vendedor ambulante de aspiradoras- unos veinte o veinticinco textos entre artículos, reportajes y perfiles sobre el artista australiano. Además de su compleja, deliciosa y nutrida obra, por su culpa, descubrí a Philip Larkin y a Flannery O’Connor, desempolvé a Faulkner y a Cormac McCarthy y, con la colaboración adicional de mi prima, empecé a leer la Biblia desde su arranque –mas reconozco que su lectura se estancó hace un par de meses, quedándome en el Deuteronomio.

Para descubrir con cierta claridad a Cave hay que obsesionarse con él, sumergirse en sus discos, investigar (en) sus letras, conocer su biografía. Su influencia cala, arrastra, embruja. Lo que hizo a finales de mayo en Madrid tuvo más de misa papal que de concierto. Canciones como “Tupelo”, “Jubilee Street” o “Brompton Oratory” han marcado un antes y un después en mi vida. En fin, ya he dicho en otros textos cosas parecidas, y paso de repetirme.

Sí les voy a confesar un remordimiento, puede que infantil, pero real, al fin y al cabo. Lamenté no haber escrito un artículo tras la muerte, este verano, de uno de los hijos de Cave. Arthur, de quince años, falleció tras caerse por uno de los acantilados de Ovingdean, en Brighton. Servidor estaba de vacaciones en Almería, sin internet, con fiebre y con anginas. Llámenlo hechos, llámenlo excusas, pero no dediqué una sola palabra al respecto y, desde entonces, tengo una sensación similar a la de haber fallado a un ser querido. Que sí, que no se trata de ningún familiar ni ningún amigo, pero me dolió la cosa lo suyo: por un lado, a nivel humano –en este sentido, sobran las explicaciones-; por otro, a nivel profesional: Cave estaba viviendo uno de sus mejores momentos, tras el éxito de su último disco de estudio, Push the Sky Away, la película 20.000 días en la Tierra, y una gira en solitario por toda Europa. Tras mi vuelta estival, hablé con mi prima del asunto, y especulábamos, sin morbo, sobre cómo podría afectar un golpe tan certero a su carrera.

Supongo que este será el cumpleaños más infeliz de Cave. En Acordes Modernos, con la vergüenza del retraso, enviamos a la familia un abrazo por la muerte de Arthur, amén de un agridulce y consciente tirón de orejas al líder de los Bad Seeds. Cerramos el texto con esperanza trascendente, recordando los versos de un hermoso estribillo: “There is a Kingdom, / there is a King / and he lives without / and he lives within”.

Hagamos el esfuerzo de creer en ese Reino.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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