Fito y Fitipaldis: un huracán de rock&roll en Las Ventas

Los Fitipaldis, en un momento del show | @dani_cerro8
Los Fitipaldis, en un momento del show | @dani_cerro8

Qué inaudito, por no decir imposible, y qué hermoso, lo de que Javier Krahe suene en Las Ventas, ecosistema antónimo al genial cantautor madrileño, muerto desde hace tan poco. “Nos ocupamos del mar / y tenemos dividida la tarea…”, ruge Fito Cabrales con el equipamiento implacable e impecable de los Fitipaldis y con el abrazo de un público heterogéneo y radical, conformado por padres e hijos, adolescentes adictas a los selfies o rockeros que han superado los cuarenta.

Si uno tuviera que poner alguna pega al show, señalaría a ese bosque de brazos en alto portadores de iPhones y demás teléfonos de ultimísima generación; ese ejército audiovisual tan molesto, que obstaculiza un disfrute (más) pleno del concierto. Qué coñazo, con perdón. Ojalá cunda, en este sentido, el ejemplo de Extremoduro.

Fito & Fitipaldis tiene uno de los mejores directos del rock en español. Hubo menos carreras de correcaminos que en el Palacio de los Deportes –se nota que la gira pesa a estas alturas del calendario-, pero el show fue vibrante, extenso, pleno. El vasco saluda a Madrid, a la gente que viene de fuera…, y a la que viene de Vallecas. “Vamos a cantar hasta dejarnos la puta voz”, avisa, con el toque pelín populista de toda rockstar. La triada inicial de canciones –“Viene y va”, “Por la boca vive el pez” y “Me equivocaría otra vez”-, tan clásicas y efectivas –el vasco sabe encender bien el fuego-, dieron paso a “Lo que sobra de mí”, a una torrencial “Todo a cien”, a una acelerada “Deltoya”, “Lo que siempre quise hacer” –con la colaboración del armonicista Manolo del Campo– o a la crítica “Nada de nada”, la única incursión política de Cabrales en su último trabajo discográfico. Cabe destacar una extensísima versión de “Corazón oxidado”, algo así como una sobreexposición instrumental a lo Dire Straits, pero más plural, en la que no sólo se luce Mark Knopfler, o sea, Fito, sino también parte de sus escuderos: ahí quedaron el magnífico solo de guitarra de Carlos Raya y el de batería de Danny Griffin.

“Tarde o temprano” y “Soldadito marinero” unificaron no sé cuántos miles de voces (sí sé que se colgó el cartel de “Entradas agotadas”). “Antes de que cuente diez” sirvió como falsa despedida. Luego vinieron unos bises nutridísimos, con una sosegada “Después del naufragio”, la enérgica “Medalla de cartón” –con una psicodélica y oscura introducción del hammond de Joserra Senperena– o un guiño a Platero y Tú con una íntima “Alucinante”. La función se cerró con “Acabo de llegar”. Después, pillar el metro fue un infierno.

Por cierto, que los teloneros, es decir, Los Zigarros, también ofrecieron un show divertidísimo, compuesto por temas sencillos, directos y bailables. Sorprendieron con una versión de Tina Turner y con una especie de travesti, gañán y divertido, que sacaron de Pitis. Una vez terminado su concierto, y hasta que empezó el de Fito, un grupo de adolescentes, a mi lado, no paró de cantar su “Hablar, hablar, hablar”. Eso significa que ya tienen mucho ganado.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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