Lichis: “Hoy por hoy es un ultraje tratar de ser libre”

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Lichis | AM

Amable y franco –por sincero, se entiende-, Miguel Ángel Hernando, o sea, Lichis, recoge los frutos de la osadía que cometió al romper el discurso de La Cabra Mecánica y elaborar –o, más bien, reelaborar- el suyo propio. Tras las primerizas turbulencias que acarrea todo lo nuevo, Modo avión despega, ha calado, mueve inmensas minorías. A Lichis se le ve satisfecho, con ganas de más, reivindicándose. Su agenda de conciertos es nutrida, tiene previsto actuar por primera vez en Buenos Aires y, además, cocina a fuego lento, sin prisas, como siempre, un nuevo disco. Antihéroe de una sombra que le proyectaron terceros, conversamos temprano, en una terraza ubicada por Alonso Martínez. Pide agua con gas; yo, un café cortado.

P: ¿Fue Modo avión concebido como una “nota de suicidio comercial”?

R: No, pero sí con la conciencia de que seguramente lo fuera. Los cambios estilísticos o formales en los músicos son bastante mal recibidos. No ocurre en otras facetas del arte. Quizá porque, con la música, se busca una identificación entre persona y personaje, y entre obra y autor. Quizá también porque, en el mundo de la música popular, la gran mayoría de las canciones cuentan historias en primera persona. Con lo cual, siempre estás bajo sospecha ante cualquier cambio. Fito, por ejemplo, no ha cambiado nada con respecto a lo que hacía con Platero. Quizá más evolucionado, pulido por los años o la sabiduría, y varios pasos adelante con respecto a la letra. E inmediatamente se le echó todo el mundo encima. Si con este disco hubiera vendido un millón de copias, se me hubiera acusado de ser vendido, oportunista, y tal. Ahora que ya he vencido bastantes reticencias, he encontrado críticas muy positivas, pero también negativas. He oído barbaridades como que me he alejado de la clase obrera, y este tipo de gilipolleces. Supongo que en cada cambio que haces hay aparejado un desapego por parte de un sector del público.

P: Defíname el concepto de “reinvención”.

R: Creo que en la música se trata más de no dar siempre lo que el público espera de ti. Últimamente tengo el lema de “que se joda el público medio”. Si haces lo que el público espera, tendrás una carrera más larga y estable, pero si tu corazón no te lleva por ahí, te conviertes en una mentira. Es cuando te conviertes en un vendido. La música, desde la época de Monteverdi, no ha aportado nada nuevo. De todas las disciplinas artísticas, es la única en la que no se ha innovado, sino involucionado formalmente. Seguimos haciendo los mismos acordes desde el siglo XVI, no hay más historia. Con lo cual, la reinvención tiene más que ver con lo personal. Es lo que permite el rock. La música popular, en teoría, la podría hacer todo el mundo. Se trata de hacer esquemas musicales muy sencillos en los que, precisamente, sea más difícil usar trucos. Cuanto más sencillo es un esquema, más difícil es engañar a la gente con artificios, preciosismos y trucos de teoría. Y ahí es donde se ve tu personalidad. Lo ves en el blues: es un estilo, en teoría, muy básico, pero no todo el mundo es capaz de tocarlo. Va al alma. Todas las personas, a lo largo de la vida, se van reinventando: tu vida no es igual ahora que dentro de diez años.

P: Paradójicamente, en La Cabra Mecánica usted componía en solitario; en Modo Avión, figuran, a modo de escuderos, César Pop y Fernando Polaino. ¿En qué medida contribuyeron a forjar el discurso de Lichis?

R: Empecé sólo. Tenía cuatro o cinco canciones: “Horas de vuelo”, “Salir a asustar”, “Casi rock&roll” y “Televisión de madrugada”. A partir de ahí, por motivos personales, pasé por una etapa por  la que no podía seguir tirando del carro creativamente. Por primera vez decidí buscar ayuda. Comencé a trabajar con César Pop de una manera curiosa. Como el misterio de los Beatles: Lennon y McCartney nunca se sentaron juntos para escribir una canción. Seguramente uno tenía el tronco de la canción bastante desarrollada, se la mostraba al otro, y aportaba otras cosas. Así he trabajado con Pop y Polaino. Tenía un tronco bastante estructurado y, con ellos, daba otra vuelta a las canciones. Y ha sido una experiencia muy buena. Convierte el discurso en algo menos unilateral, menos monótono, y te ayuda a ver las cosas de otra manera. Pero el tronco del disco estaba perfilado. Ahí es cuando alguien que viene de fuera puede aportar. Me pasa algo parecido cuando produzco discos. Cuando alguien viene con sus canciones, en seguida se te ocurren arreglos, cambios de acordes…, pero cuando son tus canciones es más difícil tomar perspectiva.

P: ¿Qué tal se está en la “inmensa minoría”?

R: He estado ahí siempre. Los momentos de éxito de La Cabra Mecánica fueron más un espejismo que una realidad. La Cabra fue, aunque resulte pedante decirlo por mi parte, un proyecto bastante influyente. No inventamos la rueda, pero conjugamos diferentes cosas que antes no se había hecho. Tuvimos un efecto sorpresa durante mucho tiempo. Pero los momentos de éxito fueron muy puntuales, desde 2001 a 2003, con Vestidos de domingo y con el fracaso, que se vendió como gran éxito, del “No me llames iluso”. Pero siempre he tocado por minorías, viajando por carreteras secundarias. Tuve un ratito por una autopista de peaje, pero me pasé, me multaron, y volví a las carreteras locales.

Lichis, durante la entrevista | AM
Lichis, durante la entrevista | AM

P: ¿Su música es aristocrática?

R: Mi música es la música de un fan. Necesitaba dar un paso más del disfrute que me generaba escuchar música. En ese sentido, hay mucho guiño a la música, a la literatura o al cine. Te gusta tanto ese mundo que quieres formar parte de él. Mi carrera musical es bastante tardía: la primera vez que agarré un instrumento tenía 18 años. Supongo que esto es lo que ha condicionado que para entender lo que hago o lo que tengo que decir, seguramente tienes que ser una persona que, en general, te gustan los discos, la historia de la música… También atraigo a un público que lo mismo escucha M-Clan que Paulina Rubio, y eso está bien. No quiero ser exclusivo o excluyente, y no apartar a la gente que ve la música como entretenimiento.

P: ¿Qué éxitos le ha proporcionado Modo avión?

R: El mayor es el reconciliarme con la música y con el mundo, y volver a despertar en mí la necesidad de la creatividad. Me ha ayudado a recuperar mi vida. Cuando Bukowski recibía halagos, alguien le escribía diciéndole: “Tío, tu trabajo me ha ayudado a vivir, a enfrentar la vida…”. Él decía: “Es curioso, porque yo escribo, simplemente, para intentar salvar la mía”. A partir de ahí, si a alguien le ayuda, eso ya es un milagro. Modo avión no es un disco de terapia, pero me ha ayudado a recuperar las ganas y la ilusión por la música.

P: El calendario de conciertos arrancó en noviembre del año pasado, y concluirá el próximo 19 de diciembre. No es un mal síntoma.

R: Ha sido un camino duro. Ahora estamos viviendo la parada en el oasis con los festivales y después de estar ocho meses trabajando duro para dar a conocer el disco y que la gente se libre de prejuicios. Es ahora cuando estamos recogiendo los frutos. En noviembre vamos a Argentina a tocar. Voy por primera vez. Poco a poco se va a tirando hacia adelante.

P: ¿Un músico vive gracias a sus conciertos?

R: No. Es una tontería que han inventado las grandes empresas multimedia. Cuando se empezó a cuestionar la validez de los discos y la industria, se decía que la venta de los discos sólo beneficiaba a las discográficas. Muchos músicos cayeron en ello. Se vendió la tontería de que gracias a Facebook o a una web, la gente te conocería, habría un efecto llamada e iría más a tus conciertos. Es un eslogan que nos han metido a la cabeza, que creo que proviene de las empresas multimedia. Cualquiera que te diga lo contrario, o te engaña o es un bisoño. O es alguien que está empezando y tiene un montón de ideas preconcebidas. El otro día estuve viendo el concierto de Jero Romero, que es un capo. Este tipo deja la música. No puede seguir. Nosotros, los músicos, vivíamos de lo poco o mucho que generábamos por derechos de autor. Cuando el mercado de la radio estaba más abierto y la SGAE no era el cortijo de Tontxu y sus colegas, todos podíamos vivir con ciertas ayudas de SGAE, pese a que ha sido muy criticada. Vendiendo 3.000 discos tú sólo en conciertos, te daba para amortizar la inversión de la grabación e, incluso, algo de beneficio para el disco siguiente. Los músicos vivíamos en un equilibrio bastante frágil. No se puede vivir sólo de una cosa. Habrá quien viva de conciertos. El impresentable de Melendi dice que debe su carrera al pirateo. Creo que es una irresponsabilidad terrible decir ese tipo de barbaridades.

P: El viento de la industria virtual, ¿sopla a favor o en contra de los artistas?

R: La distribución digital es el mayor atraco a mano armada que han sufrido los creadores en mucho tiempo. Antes las discográficas te daban poco, pero invertían en tu disco, en tu promoción, en un montón de cosas. Si comparas lo que te pagaba una discográfica con lo que te pagan ahora por la distribución digital, flipas. Flipas. Lo que ganan ellos a costa de la música no te lo puedes creer, es una cosa increíble. No me queda más remedio que estar allí, pero es detestable lo que están haciendo. Ellos, gracias a tu música, están vendiendo publicidad y haciendo un negocio multimillonario. En cuanto a las redes sociales, no han sido una revolución, sino una ayuda. Han consolidado el fenómeno fan, lo que antes eran los clubs de fans. Están bien, son una ayuda, pero no la panacea.

P: ¿Cómo le ha afectado la política cultural del Gobierno de Rajoy?

R: Igual que la del anterior. No ha habido ninguna política cultural. La música ha generado una cantidad de dinero increíble, en este país y en toda Europa. Si los políticos fueran inteligentes, se darían cuenta de que la cultura es un gran motor cultural: museos, conciertos, arquitectura, teatro… ¿A qué vas a otro país de viaje? A conocer una cultura. ¿Por qué Madrid se convirtió en una ciudad moderna y en un emblema cultural? Porque se vendió la Movida Madrileña. ¿Qué pasó? Cuando esto empezó a generar dinero y a ser importante, no sirvió para solidificarlo. El dinero empezó a irse en otras cosas. Los ayuntamientos empezaron a pagar cachés increíbles, y en B, porque si no, no pagaban. Se ha utilizado la música como reclamo político. A los políticos les interesamos mucho cuando quieren vender nacionalismo, y subvencionan grupos que canten en catalán, euskera o castellano; cuando hay un mitin y hay un montón de grupos… La música es muy poderosa, pero una vez que se termina el interés, se acabó. Eso también se ve en los bares: hay garitos en Madrid con el mismo equipo que hace treinta años. No se reinvierte. Pongamos un símil con la agricultura. Tienes un terreno que está muy bien, que da fruto. Tío, invierte un poquito en abono, pon fungicida, riégalo…, pero no hay interés por la cultura.

P: ¿Se puede albergar alguna esperanza con el discurso de las nuevas formaciones políticas?

R: No, ninguno.

P: Está gestándose un nuevo disco. ¿Por dónde van los nuevos tiros?

R: Es la continuación de Modo avión, Ahora estoy algo más relajado, y estoy haciendo letras algo más densas. En Modo avión intentaba hacer cosas ligeras, con poco texto. Quizá porque contaba cosas bastante duras y quería que el lenguaje fuera lo más sencillo posible para que no eclipsara el fondo. Ahora estoy buscándole tres pies al gato. Estilísticamente va a tener mucho que ver con Modo avión. Es un disco de género, de rock americano, hay un tema un poco más inglés…, asoman los Beatles y los Kinks, pero es el viaje americano de los Beatles y los Kinks.

P: ¿Los artistas deben salir a asustar?

R: Vivimos momentos, sobre todo en los últimos años, en los que parece que los artistas parece que estamos obligados a complacer, y no a conmover. Eso lo hecho de menos en la música. Si miras atrás, la música popular siempre ha tenido un componente transgresor, no innovador. Elvis Presley fusionó el folk y el blues, o la herencia que tenía que ver con Hank Williams o Muddy Waters. Los primeros discos de Elvis tenían versiones de artistas negros de blues. Eso, hecho por un blanco, era un hostiazo. Y el tío saliendo en la tele moviendo las caderas. Si miras en la música de los ochenta, esto también era así: ahora son mainstream, pero en su momento fueron transgresores. La gente busca algo que le entretenga, que pase rápido, que le conmueva un poco, pero que no le haga pensar demasiado. Lo vemos también en el fenómeno de cantautores. Se han convertido en poetas mojabragas. Aunque hables de sexo. Parece que todos tienen una necesidad sexual increíble. Como decía Pablo Carbonell: “Hago canción de humor y follo un montón”. Pero no hay intención transgresora. Una vez tengo a mi público, no me muevo demasiado de mi forma de confort. No lo voy a criticar, es lícito. Todos intentamos conjugar nuestra pasión, nuestras inquietudes, con la humana y sagrada necesidad de llenar la nevera.

P: ¿Asumir es un ultraje?

R: Depende de qué cosas. Hoy por hoy es un ultraje tratar de ser libre. Nos remontamos unos pasos atrás: cuando cursaba primero de BUP iba al instituto San Mateo, en el año 84. En mi clase había dos mods, cuatro punkis, ocho heavys, un pijo y no sé cuántos rockabillys. Todos tenían uniforme, pero eran más variados. Y dentro de cada uniforme, por ejemplo, había un rockabilly de “yo odio a Loquillo“, otro de “yo soy más de Elvis“… Ahora, todo el mundo lleva la misma barba, la misma camisa… La diferencia es algo condenado y condenable, y salirte de un discurso políticamente correcto, todavía más. Los nuevos partidos de izquierda tienen un pavor de salirse del margen guay de pensamiento. Si pretendes salirte del margen, la sociedad está más preparada para hacerte pagar por ello. Los artistas son respetados en el sentido de que, por la osadía de ser diferentes, pagan un precio. Y más en España, donde el arquetipo de la cultura son los toros. El torero es respetado porque, cuando sale al ruedo, pone en juego su vida. ¡Ah, esto es arte! Y esto se ha transmitido a todo. ¿Quieres ser un artista? Paga un precio.

P: ¿Ha comprado muchos discos sólo por la carátula?

R: Me han vendido muchas motos, sí. El verso habla de la sociedad que veo ahora. Las redes sociales son la conclusión de algo que estaba gestándose en todos nosotros: hemos sido educados como empresas, y funcionamos como empresas. Eso ha creado una sociedad individualista: consigue el mejor beneficio para ti y, si lo consigues, no hay nada malo en ello. Si has tenido que pisar cabezas, nadie te lo va a criticar. La vida es dura. Dentro de esa mentalidad, nos dedicamos a vender una imagen idealizada de nosotros, la mejor. Se ha muerto Ruiz Mateos, y pocos periódicos han incidido en que era un tipo absolutamente corrupto, que ha dejado en la miseria a un montón de trabajadores. No. Queda la imagen del tipo vestido de Superman, del canalla simpático. Nos gusta, nos gusta. O con los casos de corrupción. Este país no se ha levantado porque todos hemos sido cómplices de la corrupción. Han ido a casa a arreglarte la nevera, te han preguntado “¿te hago factura?”, y decimos que no. Además, vivimos un momento de sublimación de la simpatía. Confundimos una habilidad social con la bondad, con un alma pura. Entendemos que una persona simpática es una buena persona. Gravísimo error. Y condenamos la autenticidad.

P: Para terminar, ¿de qué merecemos ser salvados?

R: No lo sé. Creo que debemos ser salvados de nosotros mismos. Vivimos con la sensación de que la sociedad occidental va a durar para siempre. He visto cómo después de la burbuja inmobiliaria, motor de crecimiento de un país tercermundista que llegó a ciertas cotas por el chanchullo , hay gente que espera que eso vuelva. No se ha invertido en fomentar el talento de la gente joven, en crear tecnología, industria española. ¿Tenemos industria automovilística? ¡No tenemos nada! Vemos lo que ocurre en África, al crecimiento de China, criticamos la proximidad de muchos políticos con respecto a países que vulneran los Derechos Humanos. Luego viene el ministro chino y le llenamos la alfombra de rosas. Y al final tendremos lo que nos merecemos.

Entrevistador y entrevistado | AM
Entrevistador y entrevistado | AM

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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