‘Highway 61 Revisited’, de Bob Dylan: y el ‘Jardín de las Delicias’ se hizo rock&roll

Portada del disco | Archivo
Portada del disco | Archivo

Tiende la Humanidad a refugiarse en los cuartos milenios a la hora de explicar esos acontecimientos que aún se escurren de las leyes físicas, lógicas y demás. Por eso, quizá Bob Dylan nunca tuviera -en su momento, se entiende- veinticuatro años. Quizá fue/sigue siendo un inmortal como los de la novela de Manuel Vilas, materia reencarnable -o como narices se adjetive el verbo “reencarnar”- y perpetua. O vaya usted a saber si no estamos ante un primo extraterrestre de esos que, según una tropa de conspiranoicos -vocablo que tampoco aparece en el DRAE, mal vamos-, les hicieron a los egipcios no sé cuántas pirámides con luz eléctrica, aire acondicionado y vistas astrales a las Tablas de Daimiel.

Porque ese Dylan que, en agosto de 1965, ya digo, tenía veinticuatro años, contaba entonces con seis discos y, en su repertorio, con canciones como “Blowin’ in the Wind”, “Boots of Spanish Leather” o “Maggie’s Farm”. En sus últimas composiciones, el artista imaginaba a Juan el Bautista torturando a un ladrón; trasladaba el relato bíblico de Abraham a una autopista; restregaba, inmisericorde, su nueva decadencia a la orgullosa Miss Lonely, un canto rodante o una bala perdida -quédense con la traducción que prefieran-, o reclamaba una excavadora “para mantener lejos todo lo muerto”. Anarquía, multitud, esperpento, surrealismo, como si El jardín de las delicias se tornara rock&roll. “A mí me sale fácil escribir canciones. Las he escrito durante largo tiempo y las letras no han sido estrictamente para el papel; están escritas tal como las lees, tal como las entiendes”, declaraba en una entrevista concedida a L.A. Free Press en marzo de 1965.

Así pues, este domingo celebramos el cincuenta aniversario de su -hasta entonces- trabajo más revolucionario: Highway 61 Revisited. Pero antes de abordar este álbum, conviene rebobinar la cinta unos pocos meses.

Con su último disco, Bringing It All Back Home, Bob Dylan cometió, a ojos de la jauría folkie, la blasfema decisión de agarrar una guitarra eléctrica, despolitizar su mensaje, y trasladar su lírica cínica, surrealista, corrosiva y tierna al rock&roll. El artista rechazaba la canción protesta -“No voy a decirles que soy el luchador de la gran causa ni el amor universal o el gran geniecillo o lo que sea”- y la poesía convencional de la época: “Hay empleados de gasolinera que son poetas. Yo no me denomino poeta a mí mismo porque no me gusta la palabra. Soy un trapecista”. Nos topamos con un autor en plena metamorfosis: el joven Zimmerman había encontrado el camino y estaba dispuesto a recorrerlo como fuere: “No compongo ni canto para nadie, si quieres saber la verdad. Oye, de verdad, no me importa lo que diga la gente”.

Pese a su exteriorizada altanería, tras el lanzamiento de Bringing…, Dylan pensó en abandonar: “Dejé literalmente de cantar y tocar” -dijo a Martin Bronstein en febrero de 1966. Entonces, surgió un bendito “pero” que se llamó “Like a Rolling Stone”: “Me vi componiendo esta canción, esta historia, esta larga pieza de vómito, de cerca de veinte páginas de largo (…) Nunca antes había escrito una cosa así y, de repente, me vino la idea de qué era lo que debía hacer”.

Bob Dylan, en el estudio | Archivo
Bob Dylan, en el estudio | Archivo

El siguiente paso consistió en rodearse de una banda de rock&roll -Mike Bloomfield y Frank Owens en las guitarras; Joe Macho, al bajo; Paul Griffin, al piano, y Bobby Gregg, a la batería- y, bajo la supervisión del productor Tom Wilson, el 15 y 16 de junio grabaron, en el estudio A de los Columbia Recording Studios de Nueva York, el sencillo “Like a Rolling Stone”. En esta retahíla de nombres falta Al Kooper, un joven músico que acudió, invitado por Wilson, a observar, casi como de becario, pero que fue el autor del memorable riff de órgano que envuelve la pieza.

Durante el mes siguiente, Dylan compuso nuevas canciones en su casa de Woodstock y, el 25 de julio, actuó en el festival de folk de Newport, donde le abuchearon, según la historia oficial, por actuar con un grupo de rock -el guitarrista Igor Paskual resta importancia a lo ocurrido en tal evento: “Aprovechó esos abucheos del público por otros motivos para vender su imagen de cantante enfrentado al mundo, luchando contra viento y marea por su obra”. El 29, Dylan regresó al mencionado estudio con productor nuevo –Bob Johnston– y ocho canciones más. Un mes después, el 30 de agosto, vio la luz su sexto disco de estudio: Highway 61 Revisited.

¿Material ininteligible?

En una reseña publicada en The Daily Telegraph, el gran poeta inglés Philip Larkin escribía que “el graznido de Dylan y su voz burlona son probablemente adecuadas para su material, y digo probablemente, porque buena parte de ese material es ininteligible para mí”. En Highway…, Dylan juega con el mercurio, el enredo, el disfraz, la pista falsa. Incluso en los temas más explícitos, como “Like a Rolling Stone”, los eruditos no logran ponerse de acuerdo. ¿Hacia quién va dirigida Algunos señalan a Edie Sedgwick; otros, a Marianne Faithfull, y cómo no, también hay quien señala como destinataria a Joan Baez.

La densa jungla de Highway… está diseñada bajo la influencia de Rimbaud, Ginsberg o Blake. Es evidente que -y perdón por la perogrullada- el disco es mucho, pero que muchísimo más que “Like a Rolling Stone”: ahí está “Tombstone Blues”, una especie de bestiario imposible, surrealista y venenoso, hecho canción; la dulce y cínica “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry” -“¿No tiene mi chica un aspecto maravilloso / cuando va tras de mí?”-; la oscura y solemne “Ballad of a Thin Man”, o esa epopeya de vecindario triste que se llama “Desolation Row”.

Highway… fue muy bien recibido, tanto por la crítica -de manera retrospectiva, Rolling Stone lo colocó como el cuarto mejor disco de toda la Historia, y a “Like a Rolling Stone”, como la mejor canción del mundo- como a nivel de ventas, alcanzando el puesto tres en la lista estadounidense Billboard 200. Hubo algún ultra folkie que, en pleno concierto, tildó de “Judas” a Dylan por pasarse al rock&roll, cosa que quedó grabada a fuego en la memoria del cantautor. En una entrevista concedida a Rolling Stone en 2012, declaraba: “Si crees que te han puesto un nombre malo, prueba con ese -Judas-. Sí, ¿y por qué? ¿Por tocar la guitarra eléctrica? Como si eso fuera de alguna forma comparable a traicionar a nuestro Señor entregándole para ser crucificado. Esos malvados cabrones merecen pudrirse en el infierno”.

En definitiva, escuchen el disco, digieran bien su contenido y si piensan que no, que eso no es cosa de un chico de veinticuatro años, que, en realidad, el tipo se hacía fotos con el palo-selfie y las subía a Facebook, contacten con Iker Jiménez.

(Publicado en Libertad Digital)

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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