Cuando un ictus estuvo a punto de arrebatarnos a Joaquín Sabina

Sabina, en su primera actuación tras el ictus | Imagen de vídeo
Sabina, en su primera actuación tras el ictus | Imagen de vídeo

Hace quince años, día arriba/día abajo, que a Sabina le pasó lo del ictus. El marichalazo, que decía él. Los dioses quisieron que la recuperación fuera temprana. A menos que sufriera un prorrogadísimo delirium tremens –hacía meses que el cantautor utilizaba su nariz sólo para respirar-, la droga no tuvo nada que ver.  Aún lo recuerdo en ese vídeo breve, bailando el twist. Aún me recuerdo pendiente del VHS, para grabar su primera actuación tras el incidente, en un concierto de Ana Belén y Víctor Manuel, cantando “A la sombra de un león”, diciendo, emocionado, “Viva Madrid que es mi pueblo”. No tardó en llegar su primer poemario oficial, Ciento volando de catorce (Visor, 2001). “Lo peor del amor cuando termina / son las habitaciones ventiladas, / el solo de reproches con sordina, / la adrenalina en camas separadas”. “La clavícula, el cráneo, la papada, / el clítoris, el alma, las cosquillas, / esa es mi patria, alrededor no hay nada”. Poco después llegó Dímelo en la calle, un disco notable, con su “No permita la virgen”, con su “Arenas movedizas”, con su “Peces de ciudad” –la última canción de JS comparable a “Y sin embargo”, “Contigo” o “19 días y 500 noches”. En aquella web oficial cochambrosa, cutre y desactualizada se anunciaba gira para no sé cuándo. Entonces, la primera y única vez que había visto a Sabina fue en un concierto en el Palacio de los Deportes, por un aniversario de El País. No hay nada más infinito, para un chaval de doce años, que las ganas, el anhelo de volver a ver, en el escenario, a un ídolo. Y más, si este ídolo había, a su pesar, tonteado con la muerte.

Respecto al ictus, los dioses se lo montaron bien con Sabina, decía, pero quedó una infame secuela que se llamó depresión, que recluyó al cantautor en su casa, convirtiéndolo en una especie de monje zen que basaba su meditación en la lectura constante, el folio el blanco y la telebasura. Durante un tiempo indeseable supimos de Sabina muy poco. Lo leíamos en Interviú –qué feliz excusa para un adolescente ávido de, como diría Coll, ubres dobles-, lo veíamos en la caja tonta vomitando insultos contra Aquí hay tomate y Crónicas marcianas. Nos llevó al cine para ver cómo el ano de Miriam Díaz Aroca atrapaba el pene de Florentino Fernández en Isi Disi y para emocionarnos con la hermosísima “Rubia de la cuarta fila”, canción que intenté plagiar de un modo soez, descarado y, en el sentido carnal, finalmente inútil.

En 2006, los discretos fogonazos metamorfosearon en Alivio de luto, un disco tan forzado como necesario: “No es que tenga ganas de –declaraba en una entrevista concedida a Javier Rioyo-, sino que quiero tener ganas de tener ganas de”. Pancho Varona, Antonio García de Diego o Luis García Montero fueron los principales perpetradores –suena mal el palabro, lo sé, pero el DRAE me cuenta que existe, así que no hay más que hablar- de una resurrección balsámica para muchos. Un tour ultramarino y, sobre todo, una carretera copulativa al top manta nos permitieron ver a Sabina sobre un escenario, cantando “Esta noche contigo”, “Aves de paso” o “Nube negra”. A partir de ahí, vinieron más discos y giras en solitario, dos discos y dos giras con Serrat, otros pocos libros y un anhelo de difícil pronóstico, por no decir imposible. ¿Cuál?

El de que Sabina fabrique canciones tan maravillosas como las que hacía antes de sufrir el ictus. El imprescindible cambio de costumbres para seguir vivo, claro. Él mismo reconoció no ha mucho que el nivel de sus últimos discos dista mucho de 19 días y 500 noches. En caso de que la misión se torne imposible, prefiero a este Sabina no tan brillante, sí, pero aún hacedor de piezas con un alto nivel, antes que a un Sabina retirado. Aún espero, al menos, otro disco enorme, otro Física y química u otro Yo, mi, me, contigo, superior a Alivio de luto o a Vinagre y rosas. Y también espero verlo, por enésima, sobre un escenario, casi con la misma ilusión de ese niño de doce años al que, hace unos cuantos párrafos, me referí. A sus cuarenta y dieci-no sé cuántos. Cuando él quiera.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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