Hasta siempre, maestro Krahe

Krahe, en concierto | Flickr: @asierb
Krahe, en concierto | Flickr: @asierb

En una entrevista reciente Javier Krahe comentaba, con su ironía característica, que tenía muchos “fans número uno”. Pues bien, yo soy uno de ellos.

Como todos los demás, tengo la sensación de ser el primero, de que nadie le entiende tan bien. Me identifico con él cuando cuenta que estuvo tres años escuchando cada día un par de horas a Brassens para desentrañar sus letras; algo parecido me pasó a mí con sus discos. Hoy puedo decir que no hay una canción de las suyas que no me sepa de arriba abajo. Recuerdo una vez en el Café Central, yo tendría unos 16 años y mi padre le interpeló y le dijo “Aquí mi hijo se sabe todas tus canciones de memoria, las publicadas y las no publicadas” a lo que Krahe respondió con cierto agobio “¡¿Las no publicadas también?!”.

Por Krahe empecé a escribir y más tarde a hacer canciones. Me pasa lo mismo que cuenta Sabina “cada vez que estoy componiendo no puedo evitar pensar ¿qué le parecería a Krahe?”. Lo pude averiguar una vez que mi padre le llevó un librito mío a Zahara de los Atunes. Yo era consciente de que se trataba de poemas muy prematuros y la idea me horrorizaba, pero mi padre se empeñó. El caso es que cuando le volvimos a ver se acordaba, y comentó algo así como “demasiado personal” o “se nota la juventud”. Fue una crítica justa y más bien benevolente, pero debo confesar que me persiguió durante muchos años y a la vez fue un acicate que me empujó a ponerme las pilas e intentar superarme.

Mucho tiempo después, hará unos cuatro o cinco años, logré reunir el valor para hablar de nuevo con él después de un concierto. Fue una noche inolvidable en la que conversamos sobre muchísimos temas relacionados con la música y la forma de componer, yo intentaba absorber como una esponja cada palabra que decía. Cuando las copas iban haciendo efecto, mi hermano me animó a que le recitase alguna cosa de las últimas que estaba escribiendo. Yo estaba aterrado, pues preveía otra crítica negativa que de nuevo me costaría tiempo superar. Pensé largamente qué podría gustarle, finalmente escogí una canción basada en el libro “Pantagruel” y le recité una estrofita que describía al personaje de Panurgo: “Aunque viva del cepillo / no es que sea barrendero / pues su oficio es más sencillo: / es ladrón y roba al clero”.  Nunca olvidaré su gesto de sorpresa. Me dijo que le parecía muy divertido, y añadió “es posible que haya gente que no sepa nada sobre Rabelais y no lo entienda, pero bueno, pues que se fastidien”. Este episodio sigue siendo uno de los principales motores que me hacen querer seguir adelante en esto de la canción.

Ahora que ya no está, no paro de leer entrevistas y crónicas. Me molestan un poco aquellos artículos que destacan de su carrera por encima de todo los tres grandes temas manidos de siempre: La Mandrágora, “Cuervo ingenuo” y Cocinar un Cristo. Entiendo por qué es así, pero si yo tuviera que escribir en un periódico sobre la grandeza de Krahe pasaría de puntillas sobre estas anécdotas y no faltarían comentarios y disertaciones sobre lo que de verdad importa: su obra.

Cábalas y cicatrices es un disco que debería considerarse un clásico absoluto dentro de la música popular, como lo es Songs of Leonard Cohen o La mauvaise réputation de Brassens.

El otro día, mi hermano decía sobre una canción de Las diez de últimas, su último disco: “Ahora que no está Krahe, escucho y entiendo “Agua de la fuente” de otra manera mucho más completa. Suena a balance y a despedida. Qué tío… escribiendo temazos hasta el final. Una pena que mucha gente se haya quedado en “Marieta” y “La hoguera”.

Y es que Javier siguió haciendo canciones extraordinarias hasta el último minuto de su vida (¿de quién más se puede decir algo así?). Por eso no me consuela cuando me dicen “quedan sus discos”. Esto quizá valga para otros grandes artistas que han tenido una etapa gloriosa a la que siempre se puede recurrir. En el caso de Krahe, cada disco nuevo parecía mejor que el anterior, por increíble que fuera siempre se superaba o al menos se igualaba, no se le acababa la chispa. Esto nos deja con la extraña sensación de que le quedaba todo por hacer, de que se ha ido muy pronto y de que sus mejores discos no habían llegado aún (por absurdo que parezca).

Si algún lector despistado piensa que todo esto no son más que delirios de fan mitómano le reto a reconsiderar su opinión tras escuchar atentamente la canción “Paréntesis” (por poner una).

Cuando me enteré de su muerte puse la tele rápidamente, como esperando que algunas cadenas hubieran interrumpido su programación habitual para dar los detalles de tan trascendente noticia, en lugar de eso, dos minutitos de telediario y al fútbol. No pude evitar preguntar con impotencia “¿Ya está?”. Supongo que así es como él lo hubiera querido, siempre huyó del alboroto de las multitudes. Aún así, no entiendo cómo puede haber gente que no sea fan de Krahe a estas alturas.

Creo que hablo en nombre de los miles de “fans número uno” que tiene cuando digo que le echaremos muchísimo de menos, como se echa de menos a un amigo o a alguien de la familia. Larga vida a Javier Krahe. Hasta siempre, maestro.

 

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comments

Un comentario sobre “Hasta siempre, maestro Krahe

  • el 2 agosto, 2015 a las 9:49 am
    Permalink

    Dices que todo el mundo debe ser fan de Krahe a estas alturas, y es cierto. Pero también es cierto, como en algún documental decía Sabina, que debería haber un reconocimiento público a Krahe; que Brassens fue condecorado por el gobierno francés y que Krahe no haya sido tan conocido publicamente como merece es una muestra de cómo va este nuestro país.

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