Lenny Bruce: cuando decir “chupapollas” era cosa de héroes

Portada del libro | malpasoed.com
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Bob Dylan dedicó en Saved (1981), el último disco de su trilogía religiosa, una canción al humorista estadounidense Lenny Bruce, quien había muerto quince años antes y quien se hizo famoso por, amén de otras temáticas, hacer chistes sobre Jesucristo. En la pieza, Dylan dice que Bruce “no cometió ningún crimen”, que “decía la verdad” y que “tan sólo tuvo la lucidez / de decir las cosas antes de tiempo”.

Habiendo leído Cómo ser grosero e influir en los demás. Memorias de un bocazas (Malpaso, 2015) –la autobiografía que Bruce publicó, a modo de serial, entre 1963 y 1965 en la revista Playboy-, nos damos cuenta de que su humor, desde un punto de vista escatológico –dejando el ingenio aparte-, si es comparado, por ejemplo, con los ‘tuits’ de Guillermo Zapata, es cosa como de monaguillo judío, rebelde e ingenioso.

Desde una órbita cercana a Swift y a Rabelais, Bruce hacía chistes de putas, de judíos, de ricos blancos, de negros. Soltaba tacos. Actuó en salas de mala muerte. Se le prohibió la entrada en Inglaterra, “el país de la India”. Se enfrentó de verdad a los convencionalismos de la época, al ejército del pensamiento políticamente correcto y, por ello, se le juzgó en varias ocasiones por cometer –esto, ahora, sorprende- el delito de obscenidad, como aquella vez que, por decir “chupapollas” y “me corro” en un monólogo centrado en la semántica, fue acusado de vulnerar la Sección 311.6 del Código Penal del Estadio de California: “Cualquier persona que con conocimiento de causa cante o recite alguna canción, balada u otras palabras obscenas en un lugar público es culpable de falta”. Woody Allen, Norman Mailer, Henry Miller o el ya citado Dylan le arroparon con una protesta pública que, según aparece publicada, debe tener un error de traducción o de edición: habla de “figuras destacadas de la década de los ochenta”. Las cuentas no salen.

La otra faceta que, si bien no convirtió a Bruce en un paria, sí que le otorgó varias capas de malditismo, fue su excesiva –y, finalmente, mortal- afición a la morfina. En la obra, el autor reniega varias veces, con humor y mucha mala leche, de la condición de “adicto”. Afirma que “como consecuencia de una grave hepatitis que padecí en la Armada y de una reaparición ulterior tras la Guerra, he sufrido durante años de accesos de letargo” y que, por ello, el médico le recetó metedrina. Quien escribe estas líneas no es ni químico ni, mucho menos (tranquila, mamá), está familiarizado con el mundo de las drogas. Buscando en la red, lo primero que nos dice Google al insertar el vocablo es “Quizás quisiste decir: metadona”. Ignoramos al mejor amigo de los periodistas, profundizamos un poco más, y encontramos lo siguiente:

ANFETAMINAS (Jerga: Speed )

  • Presentación:

Se presentan en cápsulas y en tabletas. La metedrina se presenta en estado líquido.

  • Consumo:

Vía oral. La metedrina es inyectable.

  • Efectos:

Crea una sensación de bienestar instantáneo, energía extra, al principio da una sensación de exaltación y después inconsciencia rápida. Producen una dependencia psíquica variable y una dependencia física pequeña.

  • Peligros:

Provoca pérdida de apetito, problemas cutáneos, agresividad, ilusiones de persecución, depresión, suicidio, extenuación excesiva, problemas emocionales o psicológicos a largo plazo.

Lo que sí es cierto y lo que sí quedó probado en tribunales es que Bruce no consumía heroína y que tampoco presentaba, según los doctores, síntomas de adicción alguna. Pese a los testimonios y las pruebas –en la obra encontramos las transcripciones del juicio-, el humorista fue condenado a diez años de rehabilitación. A Bruce le tenían ganas y, quizás, tenía razón Phil Spector cuando afirmó que el cómico “murió por una sobredosis de policía”.

Por otro lado, Cómo ser grosero… muestra a un tipo entrañable, a alguien que, desde niño, escuchaba a su madre hablar con su vecina utilizando tacos; al joven que huyó de casa rumbo a una granja perdida para vivir con dos gañanes; al soldado que gozaba de la compañía de lumis; al caballero enamorado de la striper, con quien sufrió un accidente; al marido abandonado. Todo ello, utilizando una narrativa que combina –salvando las distancias, claro- a Salinger con Bukowski, fluida, descarnada, auténtica.

Así pues, en Acordes Modernos recomendamos la lectura de Cómo ser grosero… y advertimos: cuidado con decir “chupapollas” por ahí. Con la Ley Mordaza, nunca se sabe.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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