El libro de Josemi Valle sobre el ‘Rock & Ríos’: saldando deudas

Portada del libro | Efe Eme
Portada del libro | Efe Eme

Rock&Ríos es, casi con total seguridad, mi disco favorito, el que más me ha hecho disfrutar y sentir. Sin embargo, no suelo reproducirlo a menudo: tras infinitas escuchas a lo largo de los años, lo tengo palmo a palmo cartografiado en mi mente, no necesito escucharlo para traer cada detalle a mi memoria. Pero de cuando en cuando, como si se tratara de una ceremonia religiosa, me pongo el vídeo a un volumen fuerte. Siempre solo, pues me conozco el ritual, y me sonrojaría que me vieran: empiezo imitando ante la pantalla los movimientos de Miguel Ríos, como si fuera un espejo, pero a los dos minutos ya estoy desgañitándome emocionado, arrastrándome por el suelo, saltando a mi aire o corriendo en círculos en la exigua habitación. No me avergüenza contarlo porque sé que hay cientos, miles de personas, minudundis como yo que hacen o han hecho lo mismo con este disco. Tal es la fuerza, la emoción contenida en esta grabación.

No se trata de un buen disco cualquiera, de uno más. Tomemos como muestra dos anécdotas relativas de lo que supuso Rock&Ríos, que aparecen en las memorias de Miguel Ríos (Cosas que siempre quise contarte, Planeta, 2013) y que, por supuesto, también aparecen en el libro de Josemi Valle. Tras un concierto en Canarias, Miguel Ríos se asoma a la terraza de su hotel en Santa Cruz de Tenerife. Desde allí escucha, a lo lejos, cómo suena su disco en seis o siete puntos distintos de la ciudad. Otra imagen. El día de las elecciones generales de 1982, aquellas que ganó el PSOE con la más amplia mayoría absoluta conseguida hasta la fecha, y tras haber participado Miguel Ríos en un mitin apoyando, el futuro vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra se acerca al cantante para agradecerle: “Miguel, no sé cuántos diputados te debemos, pero gracias”. La música del doble LP había trascendido, y ahora era un fenómeno sociológico que catalizaba el final de la Transición y recogía las aspiraciones de la nueva etapa que se abría. Previamente había tenido lugar una grabación poco menos que milagrosa (“Lo hicieron porque no sabían que era imposible”), una gira en la se repetían invariablemente las ciudades y pueblos colapsados por mareas humanas, los continuos problemas provocados por la falta de infraestructura, medios o experiencia, cuando no derivados por la desvergüenza de empresarios sin escrúpulos; y un pionero del rock, obsesionado por la comunicación con el público y la transmisión de mensajes humanistas a través de la música, un perseverante currela con una trayectoria plagada de altibajos, convertido de repente -pero no de forma casual- en el primer artista del país.

Carátulas de recopilatorios de gasolinera | Archivo de Fabio Huertas
Carátulas de recopilatorios de gasolinera con fotos del concierto de Rock&Ríos | Archivo de Fabio Huertas

Josemi Valle narra día a día el relato de un disco ya mítico. No solo por su calidad técnica, instrumental y compositiva, sino también por todo lo demás, su trascendencia. Espejo y faro de las futuras grabaciones en directo durante décadas en este país, primer vídeo musical comercializado en España, catalizador la normalización de los espectáculos de música eléctrica en el país, puerta de entrada del rock como vehículo emocional para una generación entera, homenaje a los compositores del rock urbano en el ocaso de su auge, instantes antes de ser desplazados por la Movida –que será, a la postre, quien se lleve las alharacas de la historiografía-. El autor salda una deuda colocando esta obra mayúscula en su lugar más allá de lo musical. Pero el autor salda además una segunda deuda: Josemi Valle fue uno de esos anonadados infantes que quedaron marcados por el impulso del rock tras vivir en sus carnes lo que supuso el Rock&Ríos, en su caso, al acudir al concierto en la Plaza Mayor de Salamanca. Por eso, no se trata de un encargo cualquiera, sino de la implicación emocional que conecta con el regreso a la infancia.

En cuanto a la obra, la narración es vibrante, y la enumeración de datos exhaustiva. Prácticamente no deja ningún cabo sin atar: la génesis de la obra, imposible de entender sin analizar los tres LPs de estudio precedentes, la fatigosa gira que la acompaña, la enmienda de errores en la gira posterior. Los recovecos de los participantes: la ya mítica rockorquesta internacional formada por cuatro guitarristas, dos baterías, dos teclistas y un bajista, todos ellos –salvo el guitarrista Paco Palacios y el baterista Sergio Castillo, ya fallecidos- entrevistados para la ocasión. Al igual que el resto de protagonistas: el propio Miguel Ríos, el productor y personaje imprescindible Carlos Narea, la encargada del management María Parsons, el realizador Hugo Stuven… Un testimonio oral apuntalado con una ingente consulta hemerográfica y bibliográfica. Además, el libro está narrado en presente como si de un diario se tratara, enmarcando continuamente a los protagonistas frente a los sucesos del momento: las noticias políticas, las canciones que suenan por la radio, acontecimientos como el Mundial de fútbol o el mítico concierto de los Rolling Stones en el Calderón. De esta forma, los diferentes jalones superados por Miguel Ríos en aquel 1982, convertido en una megaestrella intergeneracional sin precedentes en la historia del rock patrio, se reconstruyen casi como una fascinante epopeya heroica: cómo evitó una previsible avalancha humana ante doscientas mil personas en Barcelona y un nervioso presentador errático, con el país entero por testigo televisivo; o cómo dio con sus huesos en un calabozo de Oviedo, pues suspendió un concierto para no poner en peligro la vida de sus músicos, a quienes se les pretendía hacer tocar en un escenario empantanado.

El autor del ensayo esgrime que Rock&Ríos es el Made in Japan español. No va mal encaminado en cuanto a trascendencia, pero el propio Miguel Ríos lo compara con Frampton comes alive por lo que supuso para su carrera. Y es que el resto de trabajos de Miguel, anteriores y posteriores, se han visto sistemáticamente comparados al Rock&Ríos y, al no alcanzar tan altísimo listón, se les ha ninguneado sus virtudes. Muchos autores hablan de trayectoria irregular en los ochenta y noventa, pero lo cierto es que toda su producción posterior es elegante, aseada, sólida, y más inconformista de lo que a simple vista puede parecer. Es lógico que, tras alcanzar la cima, lo natural es descender, como así sucedió. Pero no hubo resignación: intentó autosuperarse con giras imposibles, unas exitosas (“El rock de una noche de verano”, 1983) otras fracasadas (“Rock en el ruedo”, 1985), llevó a cabo varios programas de televisión de divulgación musical y cultural, siguió renovando su sonido con cada disco, bien reclutando a nuevos productores, viajando al pop o al blues o embarcándose en proyectos originales (relecturas en clave de big band, giras orquestales con la obra de Kurt Weill, espectáculos audiovisuales con hologramas). Ha brindado apoyo a sus compañeros de profesión de forma continua, hermanando a tribus enfrentadas; y desde hace años es reconocida su impenitente labor solidaria, arrimando el hombro frente a las injusticias y mostrándose siempre presto a colaborar en beneficio de las causas más necesarias.

En resumen, Miguel Ríos ha transitado cincuenta años de carrera musical arriesgando continuamente. A veces ganó, otras perdió, pero siempre jugó digno. Por todos estos motivos, además de por su música, siempre vibrante y emotiva, con el intérprete entregado sin reservas en cada actuación, llevo lustros defendiendo entre mi gente que Miguel Ríos es el artista más grande que ha disfrutado la música popular española desde la invención del rocanrol. El necesario y pertinente libro de Josemi Valle, tan completo en su recreación como ameno en su lectura, reafirma mis opiniones.

Diferentes ediciones del 'Rock&Ríos' | Manuel Ángel García Sanz
Diferentes ediciones del ‘Rock&Ríos’ | Manuel Ángel García Sanz

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