Van Morrison, caballero de la Orden del Imperio Británico

Van Morrison, en un concierto reciente | Flickr: Art Siegel
Van Morrison, en un concierto reciente | Flickr: Art Siegel

La reina Isabel II nombró este fin de semana a Van Morrison miembro de la Orden del Imperio británico. Razón: “Por sus servicios a la industria musical y al turismo en Irlanda del Norte”. El León de Belfast forma parte de una lista compuesta por 1.100 personas -menudo ejército se está montando la monarca inglesa- en la que también se encuentran los actores Kevin Spacey y Benedict Cumberbatch.

Van Morrison, poco amigo de este tipo de galardones -se negó a acudir, en 1993, a su ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame- ha dicho al respecto que “a lo largo de mi carrera siempre he preferido dejar que mi música hable por mí, y es un gran honor que mi trabajo se reconozca ahora de esta manera”. Ante la mansedumbre de sus declaraciones, parece que el artista, por esta ocasión, sí que pasará por el aro.

No entiendo demasiado bien el funcionamiento de la citada orden. Hay varios grados (Caballero o Dama de la gran cruz, Caballero o Dama comendadora, Comendador, Oficial y Miembro) y entre sus miembros aparecen numerosos músicos, muchos de ellos, estrellas de rock -y del (buen) pop-, como Elton John, Eric Clapton, Mark Knopfler o Bryan Ferry.

Con esta distinción, por muy anquilosada -por monárquica, quiere decirse-, Reino Unido reconoce y aúpa a los ochomiles institucionales a los miembros de una cultura sabia, cada vez más clásica, como son los artesanos del rock, artistas finos, respetables y legendarios. En ese sentido, la reina Isabel cuenta con mi aplauso más pasional.

Imaginemos una situación así en España. Y no me refiero a concederle un Príncipe de Asturias a Bob Dylan o a Leonard Cohen, maestros que nos quedan -topográficamente- muy lejos, allá por EEUU y Canadá. Hagamos ese tortuoso esfuerzo mental e imaginemos, repito, que los políticos, los académicos, los miembros de la Familia Real o los curas se dan cuenta, por fin, de que el rock es Cultura, sabiduría, legado. Tras ello, pongamos que Felipe VI reconoce (cuidado con imaginar tanto; no me hago responsable de ningún derrame cerebral), de un modo institucional, su contribución a las Artes Españolas -con mayúscula- de alguien como Bunbury, Rosendo o Calamaro -que también es ciudadano español. El cisma sería terrible. Habría un juicio carnal y cruel en las redes sociales. Lloverían las etiquetas de “vendido” y “facha” a punta pala. El ejemplo más reciente: la concesión de la Medalla de Extremadura a Robe Iniesta: hubo quien lo supo apreciar, y hubo quien renegó de él.

Qué bien se lo montan los británicos en ese sentido.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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