Nick Cave en Madrid: el milagro del ‘Papa negro’

Nick Cave, en Madrid | AM
Nick Cave, en Madrid | AM

No sé qué tiene Nick Cave –de verdad, no lo sé- que empuja a uno, a diferencia de los sacrosantos Dylan y Cohen, a ir a su concierto vestido de traje. Presentando mi respeto, como si se tratara de una audiencia papal o, mejor aún, como si se tratara del rito inicial de algún tipo de religión intensa, totalitaria y verdadera.

Y yo qué sé si el de este viernes fue el mejor concierto de mi vida. Lo que sí sé es que fue un evento único. En la reventa pedían más de trescientos euros por una entrada. Servidor se niega a ese tipo de negocios con cierta sensación de que, si vendiera su ticket, estaría más cerca de Judas que de Cristo. Caray, es mi primer directo de Cave, no se le puede poner precio a un recuerdo.

Total, que uno se ubica en el quinto co… en el anfiteatro, perdón, junto a un matrimonio sesentón, y entonces desfila –sí, este era el verbo- la elegantísima, sutil y violenta banda, formada por el batería Thomas Wydler, el bajista Martin P. Casey, el teclista Larry Mullins y, cómo no, Warren Ellis, comandante de la guitarra, el violín, el acordeón, la flauta y los loops, con esa pinta de náufrago valleinclaniano. El último en aparecer: el Papa negro.

“The tree don’t care what the little bird sings / we go down with the dew in the morning light”. Cave arranca con “We no who U R”, como su último disco de estudio, Push the Sky Away. Saluda, se mueve de un lado a otro del escenario, señala, mira, te canta. El artista se siente incómodo: entre el escenario y el admirador más cercano, hay una distancia de varios metros. Continúa con una deliciosa interpretación de “The Wheeping Song” en solitario, a la que le sigue “Red Right Hand”. Es entonces cuando Cave siembra las primeras semillas de la anarquía, pidiendo al respetable que se acerque al escenario. Una primera avanzadilla, formada por pequeños archipiélagos humanos, obedece. Con la siguiente canción, “Higgs Bosson Blues”, la pequeña ínsula se convierte en un continente. El australiano consigue sembrar ese bosque de brazos en alto tan tangible, tan cercano, tan habitual en sus conciertos. Suelta algún “motherfucker” durante la canción, la estira, consigue su objetivo: sus fieles ya están bajo su dominio.

Entre esos me cuento yo, que en “Mermaids” rompo el protocolo, abandono el anfiteatro, y me uno a la selva de manos.

“Come sail your ships around me / and burn your bridges down”. “The Ship Song” eriza la piel, paraliza, humedece tus ojos. Lara Mantoanelli me cuenta que, fiel a su discurso, la clave de Cave es el contrapunto, también en los conciertos. Tiene razón. A veces, cuando uno espera un grito, el australiano susurra; otras, cuando uno espera que baje el volumen, desata la tormenta.

Y una maraña de brazos señalando. Es el ecosistema de Cave. Como si se tratara de una misa radical de un relato de Flannery O’Connor, el Papa lleva al éxtasis a su público concretando el discurso, personalizando, bromeando, dedicando canciones, amansándolo con baladas y bombardeándolo con clásicos como “From Her to Eternity” o “Tupelo”. En esta última, rompe todos los protocolos, se baja con el público, avanza varios metros, se sube en una butaca, la convierte en un atril, y predica: “Until The King is born! In Tupelo! Tupelooooo!”. Alguno le sostiene para evitar que se caiga.

Después vino un buen surtido de The Boatman’s Call –“Into my arms”, “Black hair”, o una enorme revisión de “West Country Girl”-, una innumerable lista de peticiones desatendidas –“Esa canción no es tan buena”, dijo Cave a un demandante-, un lanzamiento de micro contra el suelo –molestaba- y también algún gargajo indiscreto acompañado de una disculpa. “My name is Cuca”, le gritaba alguien del público al australiano. Respuesta de este: “OK”.

Así pues, llegan los –teóricos- instantes finales del show, coronados por “The Mercy Seat” y “Jubilee Street”. Joder, perdón por el tópico –y por el taco-, pero no se me ocurre un cierre mejor. La primera me hizo comprender el concepto de belleza –artística- en su modo más radical y verdadero; la segunda me convirtió en una grupie vocinglera: “I’m transforming, I’m vibrating, look at me now!!!!”. En ese verso puede resumirse todo el concierto.

El Papa presenta a sus obispos, se despide, se va, responde al clamor –casi desesperado- de sus feligreses, vuelve y entona “Up Jumped the Devil”. Después, vinieron “People Ain’t No Good”, “Breathless”, una larga y comunitaria “Jack the Ripper” y, para terminar –esta vez sí-, “Push the Sky Away”. Así concluyó un show que duró más de dos horas, la mejor misa a la que he ido en mi vida. ¿Nick Cave es un dios, un hombre, un fantasma o un gurú? Y yo qué sé. Pero si el Rey nació en Tupelo, el Papa negro lo hizo en Warracknabeal, Australia.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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