Rubén Amón: “Si hay un pueblo blasfemo es el español, que utiliza el nombre de Jesús”

Portada del libro | latiendadeleemelibros.bigcartel.com
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Rubén Amón aparece puntual y despeinado en la plaza de Isabel II. El periodista de El Mundo y Onda Cero acaba de publicar El tigre mordió a Cristo (Leéme, 2015), un bestiario entrañable y divertido, verdadero y autobiográfico, donde habitan “personajes radicales” como Silvio Berlusconi, Mickey Rourke, un marqués putero o un caníbal japonés. Nos entrevistamos en un café con vistas al Teatro Real, un grupo de guiris y un batallón de palomas mendicantes.

P: ¿Por qué le dedica un libro de perfiles a Groucho Marx?

R: Es un mito infantil que se ha conservado con los años. Después, el perfil del libro es la tragicomedia, el registro que mejor concibe Groucho. Es una postura ante la vida: la ironía, ver el lado cómico en lo trágico y al revés. Ése es, pretendido o no, el espíritu del libro. Es una gran tragicomedia.

P: La obra se define como un “antídoto al egocentrismo”. ¿Es el egocentrismo, hoy, el primer apellido del Periodismo?

R: Creo que sí. “Periodista” rima con “exhibicionista” y no me parece una casualidad. Nuestra profesión se resiente mucho de una mirada donde el periodista es la noticia por encima de la noticia, y donde se predispone, precisamente, por la naturaleza que ha adquirido la profesión: tertulias, espectáculos… Requieren más un personaje que un periodista. Esto va más allá de la vanidad, de la firma. Sería bastante sano rebajar el grado de protagonismo que tenemos los periodistas.

P: El bestiario está ligado a su trayectoria profesional: crítico taurino y operístico, enviado especial en la guerra de los Balcanes, corresponsal en París y en Roma… ¿Son los periodistas como usted una especie en extinción?

R: Me siento muy poco identificado con mi profesión. En mi caso, ha sido una forma de satisfacer la curiosidad. Soy curioso antes que periodista. Esa curiosidad, al servicio de una profesión como la nuestra, va más allá de la vocación. No puedo soportar las películas, los debates, las tertulias sobre periodistas. No puedo ver Newsroom, por ejemplo. Tengo una relación complicada con mi profesión. Le agradezco muchas cosas, pero soy lo menos corporativo que existe. Entonces, no me puedo convertir en la referencia de un Periodismo que no va a existir.

P: ¿Cómo se pasa de hacer crítica taurina a cubrir los conflictos balcánicos?

R: La curiosidad misma es un motor que puede alentar esta posibilidad. Nuestra profesión es muy versátil. Montanelli dice que el Periodismo es un océano de sabiduría con un milímetro de profundidad. En particular, el trabajo de corresponsal te convierte en especialista en todo o en nada. Cuando llegas a un país y necesitas contar desde muchos puntos de vista informativos, adquieres un oficio. Lo adquieres pluriempleándote en ámbitos muy parcelados. Entonces, yo pasé de ser el especialista en asuntos taurinos y operísticos por afición, a ser una especie de figura versátil, porque la corresponsalía lo exige.

P: ¿La curiosidad te llevó también a “degenerar en tertuliano”?

R: (Risas) Es una maldición a la que puse muchas objeciones y a la que me he terminado convirtiendo. El tertuliano tiene familia, vida, cumple un papel en el periodismo-espectáculo muy relevante. La cumple por la acentuación del personaje y, después, porque somos muy baratos. Es una fórmula ideal para la televisión: por el tiempo que ocupamos, por lo poco que se nos paga, y por la audiencia que tiene. No es una fórmula pura del Periodismo, pero damos mucho juego. No es el ángulo más ortodoxo ni más puro de la profesión, pero tampoco soy partidario de denigrarlo.

P: El libro está lleno de personajes radicales, pero sus relatos se digieren como algo cotidiano.

R: Está bien visto eso. Hay una trampa, que espero que me favorezca, y es que las cosas contadas con fluidez y naturalidad asustan menos. Si consigues acomodar al lector en un ritmo, creo que puedes colar lo que has escrito. La idea de confrontar personajes extremos conocidos con los completamente desconocidos obedece a eso que acabas de decir. La anomalía es mucho más generalizada de lo que pensamos. El personaje extremo lo tenemos en casa, en el vecino, somos nosotros mismos. Había que revisar la idea de normalidad y la idea de cordura. En el libro no invento nada, pero el Periodismo predispone a la exageración.

P: ¿De verdad que no hay literatura en personajes como Monseñor o Leopoldo?

R: Tengo la imaginación muy restringida. Sería incapaz de hacer una novela, si por novela entendemos un ejercicio de ficción abstracto en el éter. Creo que ningún novelista deja de exponerse cuando escribe. El periodista tiende a exagerar, pero en eso no hay literatura. Hay extremos. Entiendo que pueda resultar insólito comerse la bandera de Italia, pero es que me la comí.

P: ¿Cómo se lidia con personajes como Berlusconi, Depardieu…?

R: Depardieu fue mi suegro una temporada. Comparo los personajes anónimos con los populares porque quiero reflejar, implícitamente, porque esto es una galería de monstruos en su decadencia, el lado oscuro de las personas, incluso cuando asumimos que son profundamente millonarias y felices. O sea, el desgarro del famoso, del gran actor, el vacío de un futbolista o un boxeador. Y no porque sean inadaptados, sino porque la oscuridad, en el ser humano, contagia al recadero o a la estrella de cine. Acceder a un personaje muy famoso, primero se convierte en un ejercicio de sugestión muy interesante. Si coincides con Robert de Niro, al ser un mito de tu generación, exaltas hasta los monosílabos. Pero creo que no es justo atribuir al personaje que esté a la altura de lo que representa públicamente cuando habla. No es justo pedirle a Cristiano Ronaldo que hable como juega al fútbol, y se lo pedimos. Cuando salimos decepcionados de una entrevista con Robert de Niro, es porque queremos ver a Toro Salvaje. Y no es justo.

P: Siguiendo por el fútbol, en el perfil de Luis Aragonés se te nota visceral.

R: Es un buen ejemplo de la tiranía de la sociedad con algunos de sus mitos. De la sociedad y de algunos periodistas. Creo que es el personaje más extremo de todos por lo poco convencional que es en todo lo que hizo, y por el grado de fluctuación de la opinión pública con él. De cómo fue demonizado y, después, sacralizado. Y cómo se le organizaron campañas de desprestigio porque era una figura no digo ya anacrónica, sino atemporal: por cómo vestía, cómo hablaba, con esa chulería… Y después, porque yo lo he conocido y he visto a un hombre que sufría muchísimo, muy atormentado. Y él lo mostraba sin pretenderlo. Es un personaje muy atractivo por su personalidad y por cómo ha transformado nuestro fútbol. El entrenador que cambia el fútbol de España es Luis Aragonés con la Eurocopa de Viena. Y la opinión pública pedía que dimitiera, por el comentario racista sobre Henry. Luis sufría mucho. Creo que el sufrimiento es otra de las claves del libro. Mira, he encontrado el libro en la Fnac en los libros de humor, en los de sociología, en biografías… no me disgustan esas coordenadas.

P: A nivel profesional, ¿son más interesantes los personajes de Extramuros o los de Intramuros?

R: Es más fácil escribir un perfil de alguien famoso, si no fuera porque, para volver a escribirlo, tienes que contar algo que no se sabe o encontrar la manera de hacerlo atractivo. Es muy difícil ponerte a escribir de Juan Pablo II y aportar alguna originalidad. La ventaja del personaje anónimo es que la implicación personal es mayor. Tus fuentes de inspiración son inmediatas, es tu biografía. Y supongo que estoy yo salpicado en todos esos personajes.

P: ¿Escribiría un bestiario similar con los personajes que ha conocido o entrevistado durante su etapa de tertuliano?

R: Hubo una posibilidad, que yo mismo descarté, y era desglosar nuestra profesión en categorías: el vaticanista, el crítico taurino, el presentador de noticias… Somos una fauna salvaje. Pero hacer de policía de asuntos internos convierte al que lo hace en una especie de figura por encima del bien y del mal, y eso fue lo que me disuadió. Es muy vanidoso eso.

P: Esperanza Aguirre quiso censurarte.

R: La comparaba con la señora Roper y, luego, con Margaret Thatcher. Era inocuo e inocente. La sátira no la entendemos, sólo cuando hay que hablar de las caricaturas de Mahoma. Cuando veo a determinados medios alardear de la libertad de expresión, sabiendo que esos medios no hacen otra cosa que constreñirla, me indigno. Me indigna que uno no pueda ser libre de satirizar a sus símbolos, sea Cristo o Esperanza Aguirre. Me parece muy hipócrita el discurso de la libertad de expresión. Y sí, es verdad, no pude publicar un artículo en el que comparaba a Esperanza Aguirre con la señora Roper.

P: Hurgando en la polémica, ¿teme que, tras el relato del tigre y Cristo, otra cuadrilla de Jesulín de Ubrique le persiga, le haga un escrache frente a su casa, o derivados?

R: (Risas) Ya me lo hicieron. Me salvó Juan Luis Cano, realmente. Estuve a punto de ser vapuleado por la cuadrilla. El título es muy polémico, pero la apariencia no es lo que parece. En un bestiario era muy atractivo utilizar un tigre. La blasfemia no existe. Si hay un blasfemo, es el pueblo español, que es el único en el que se puede utilizar el nombre de Jesús y el nombre de Cristo. Y uno se puede llamar Cristo González. Y llamándote Cristo, que te muerda un tigre… era una oportunidad perfecta para retratar una experiencia extrema.

P: Finalmente, ¿sabe si el chándal Karhu azul con el que se entrevistó, por primera vez, con Pedro J. Ramírez inspiró algún diseño de Agatha Ruiz de la Prada?

R: (Risas) Tengo mérito, porque fue antes de Los Soprano. Mi chándal lo estrené antes de que se hiciera prenda atractiva para quienes veíamos la serie. Es un reflejo de la ingenuidad de un periodista que no tiene fascinación por los mitos periodísticos. Y es cierto que fui en chándal a la reunión. Creo que haríamos bien en rebajar el grado de vanidad y de egocentrismo que tienen los periodistas. La dedicatoria a Aznar viene por eso. Me parecía increíble que uno pudiera escribir así. Si uno tiene que contar experiencias heroicas, que las cuente otro. Me pareció estremecedor. De ahí la dedicatoria estrafalaria para Aznar. También se lo podría haber dedicado a Bono.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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