Nosferatu o el aquelarre televisivo de Esperanza Aguirre

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Quien no se ha escondido, tiempo ha tenido. | cadenaser.com

Llegan a mis ojos tarde, como siempre, las buenas nuevas de la actualidad televisiva y un pequeño aliento de muerte sube de un pozo inmundo, el pozo del programa de Pablo Motos.

Exhala una señora de tiesa sonrisa lúgubre, que presume de ser indestructible, ese aliento que dibuja figuras como de almas perdidas, mientras se proyectan sombras alargadas y terroríficas, como del Nosferatu de Murnau, gracias a miles de rayos y truenos de atrezo de película. El pobre Pablo, que intenta siempre ser anfitrión ejemplar -o al menos, eso dicen-, intenta tímido arrancar un chascarrillo a costa de la Vampiresa que, ya colgada del techo bocabajo, ha hecho de aquello su hogar. Le hinca el diente al programa  y, mientras le succiona la sangre y le deja sin vida, sonríe rígida con sonrisa de momia derriténdose.

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Hoy viene a divertirse al Hormiguero… | theredlist.com

Y como Nosferatu de alma inmortal, saca las tablas de la Ley convertidas en tableta magnífica y su supuesta verdad luminiscente le da un poder que subyace eternamente debajo de esos dientes omnipresentes en aquel rostro que ella pretende enternecedor y la convierte en dueña del público y su voluntad, del presentador, del programa y, sobre todo, de la verdad absoluta, aunque, por supuesto, ninguna le pertenece por derecho.

Pero Pablo, que en estado normal es de lengua acomodada en culo ajeno, no se traga el ardid de ancianita en apuros y se resiste, pero no puede más que claudicar y acaba por sucumbir pataleando tímidamente mientras la fuerza estranguladora de la garra huesuda de uñas afiladas de aquel monstruo mítico le retuerce.

Lo que sigue es el grotesco aquelarre de un siervo sin voluntad y de su maestra de alguna orden satánica, y acaban soltando proclamas y realizando rituales grotescos. Como si se tratara de un mantra penetrante en los cerebros de los votantes, que ella cree personas reducidas a la mínima expresión intelectual, berrea con voz de ultratumba el terror de cualquier acto político de Madrid: el chotis, traducido al inglés para más inri, que Pablo, feliz de la vida, balbucea también, pues para eso ha sido su idea, mientras el público trata de lobotomizar a sus hijos en casa con un sacacorchos para evitar que vean, después del canto, la danza macabra del chotis entre la Lideresa y el presentador, que parecen escribir el número de la bestia con los pies en un programa que acabará bajando el telón un día más que no ha sido un día más, ha sido el último día del resto de sus vidas (como espectadores de televisión).

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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