‘La canción de la bolsa para el mareo’: el mejor vómito (literario) de Nick Cave

Portada de la edición española | Ed. Sexto Piso
Portada de la edición española | Ed. Sexto Piso

Quizá sea una de las labores más constantes –y urgentes- de un artista la de cuidar su máscara, esa especie de frontera que separa la intimidad y lo público, la caja fuerte y el escenario. El público, a priori, no admira a un escritor X, a un cantante Y o a un pintor Z por su simpatía, su generosidad o el tamaño de su pene, sino por la calidad de su obra. Esta sentencia está llena de agujeros, lo sé. Por ejemplo, ahí tienen a las legiones de adolescentes haciendo cola, durante semanas, para hormonar en los conciertos de Justin Bieber.

Bueno, ahora que lo pienso, creo que la sentencia no está tan acribillada… siempre y cuando hablemos de “artistas” y nos ciñamos a la raíz de su concepto, a su etimología.

Como demuestra en La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015, traducción de Mariano Peyrou), Nick Cave es un profesional del enmascaramiento noble y artístico. Su careta no es plomiza ni opaca. Combina realidad y fantasía, filtra recuerdos reales y los altera con tintes épicos, satíricos, posibles e imposibles. El holograma que proyecta es tan verdadero, tan perfecto, tan proclive a confundir a sus admiradores –por no hablar de quien se acerca a su obra por primera vez.

En el libro, Cave combina poesía y prosa, recuerdos y ficciones, nuevas composiciones –e impresiones sobre estas-, estribillos y mantras, humor surrealista, ternura y mala leche. La bolsa para el mareo representa un contenedor de ideas que incluye, según el autor, “las sobras”, “las peladuras”, “los restos y los residuos” o “lo rechazado, vomitado” para “poder seguir avanzando y mañana saltar de otra manera”.

Una de las bolsas para el mareo manuscritas | AM
Una de las bolsas para el mareo manuscritas | AM

La obra fue escrita durante la gira americana de Nick Cave & The Bad Seeds del año pasado. Por eso, cada capítulo –cada bolsa, en realidad- tiene el nombre de una ciudad: Vancouver, Seattle, Portland, San Francisco, o Toronto. El libro es coherente, está vertebrado, no es ningún collage anárquico. Arranca con un recuerdo real e infantil “que atraviesa la mente de un hombre (…) al que le están poniendo en el muslo una inyección de esteroides que transformará al cantante griposo y afectado por el jet-lag en una deidad”.

A partir de ahí, el autor reflexiona sobre dar el salto a lo desconocido –estamos ante un poema, no ante la letra de una canción, es otro mundo- y sobre el concepto de “artista”, aparecen personajes como un dragón herido y una chica negra con una minifalda de barras y estrellas, intenta –en vano- localizar a su mujer y recurre, constantemente, al número 9, signo del genio artístico. Así, nos topamos con Los nueve tormentos del desarrollo –“resistir la necesidad de crear”, “resistir la creencia en el absurdo”, entre otros-, con las nueve musas, con los nueve hijos del Dragón, o con Los nueve tormentos primarios de la creatividad –más los secundarios, terciarios y cuaternarios-, como “el aplazamiento debido al miedo”, “el aplazamiento debido a que se está criando una familia” o “el aplazamiento debido a la locura y al suicidio”.

Por otro lado, Cave muestra un enorme sentido del humor, socarrón, sutil, negro y loco, como cuando cuenta que “un Homo antecessor femenino con un sombrero Stetson de lentejuelas saca los sesos de la cabeza decapitada de su marido”, o como en la conversación frenética y divertidísima entre su editor, su agente y no sé cuántos tipos más sobre su libro:

–Tenemos que eliminar el tema de la decapitación –dice mi editor–. ¿Acaso Nerón no se clavó un puñal en el cuello? Y, por supuesto, Juan el Bautista y Jayne Mansfield, joder. ¿No? ¿Ella no se, bueno, ya sabes, cuando se estrelló con su descapotable…?

–No, en realidad eso fue un traumatismo contundente –dice mi ayudante mientras googlea.

Además, en la obra aparecen como personajes los propios Bad Seeds, y Cave homenajea a ídolos como Leonard Cohen, Bob Dylan o al poeta John Berryman.

Por mi horrible condición de fan, confieso que con Nick Cave soy más subjetivo que con otros artistas. Ahora bien, nobleza obliga a afirmar que este artículo ha sido escrito con honestidad. Lo bueno que tiene el australiano es que sus productos tienen calidad, se disfrutan –más aún si perteneces a su congregación-, no son pedos intelectualoides. La canción de la bolsa para el mareo hará las delicias de todos los admiradores de este artista enmascarado, radical y verdadero.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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