Pedro Simón: “La desesperación hace que afloren los ventajistas, los sacacuartos y los rompepiernas”

Pedro Simón | La Esfera de los Libros
Pedro Simón | La Esfera de los Libros

Pedro Simón es un periodista que trabaja en El Mundo. No es animal -entiéndase la metáfora- de redacción, teletipos o ruedas de prensa. Habita las costas de Fuerteventura donde atracan cayucos que apestan a orina y muerte, los comedores sociales, los barrios que duelen, las cafeterías de barrio. Los protagonistas de sus reportajes no desayunan en el Ritz, ni tienen chófer, ni visten de Armani. Simón se ocupa de quien no se ocupa -casi- nadie: de la mujer que tuvo que prostituirse para poder alimentar a su hijo; de la madre que depositó, a su niña muerta en el mar; del recién licenciado que da gracias a los dioses por haber conseguido un curro de 500 euros.

Fruto del barro de sus textos nace, transitando por otra vía, la de la literatura, Peligro de derrumbe (La Esfera de los Libros, 2015). Una novela que se lee como una herida abierta rociada con vinagre y sal. Un libro que duele, pero que también embauca, engancha, hipnotiza, llámalo equis, muy bien escrito, con una trama que palpita en la actualidad. La entrevista transcurre en un kebab de Carabanchel. Suena a todo trapo Europa FM. Pedimos al camarero cerveza, aceitunas, y que baje el volumen de la radio:

P: Después de contar tantas historias reales en El Mundo, ¿cómo se enciende el ascua de recurrir a la literatura?

R: Es una mezcla de dos cosas. Una: que los periodistas estamos acostumbrados a escribir con un lápiz muy corto y, a veces, el cuerpo te pide un lápiz más largo. Me apetecía salir de las dos baldosas e ir campo a través, transitar por esas seis letras de la palabra “novela”. El otro motivo: trabajamos con la materia prima de la gente, con sus dudas, sus anhelos… Con ese barro me apetecía construir algo. Evidentemente, Peligro de derrumbe es ficción, pero sí tiene ese barro periodístico de la crisis y la realidad.

P: ¿Fue fácil cambiar el registro?

R: No, es tremendamente complicado. Creo que los periodistas tenemos un problema cuando escribimos: tendemos a ejercer de periodistas y contamos demasiado. Chirbes, que tuvo la gentileza de leerse el libro antes de que saliera, me decía que, a veces, menos es más. Que contaba demasiado. Eso es un tic periodístico. Me costó cambiar el chip: por el tamaño y porque estás en un camino por el que nunca has transitado. Otra vez cito a Chirbes: le decía que algunos personajes se me estaban yendo de las manos, y él me contestaba que eso era una buena señal, porque escribir es dudar, una ducha escocesa.

P: ¿Por qué hay tantos libros -y portadas- sobre primas de riesgo, cifras y gráficos sobre el paro, o número de manifestantes contra ‘equis’, y tan pocos sobre la gente que padece la crisis? ¿Nos hemos anestesiado contra la crudeza de lo cotidiano?

R: Sí, sin ninguna duda. Estamos un poco narcotizados y desbordados por el volumen de las cifras, con tanta información. Las novelas, en general, tienen mucho que ver con poner las palabras por encima de los números. Hay que empatizar, desollarte un poco. Es lo que he intentado hacer.

P: Estamos ante una novela con una trama que sabe al día a día pero, al fin y al cabo, un producto de ficción. Sin embargo, hay fogonazos de realidad, como la historia de Emmanuella y Chioma. ¿Se cuela algún otro guiño de este tipo?

R: Cuando tienes a alguien delante, estás haciendo un reportaje, y te está contando que, durante siete días, le ha estado dando de beber orina a su hija en la patera, al séptimo día se le muere, y durante esos siete días la niña no para de decir “mami comida”, y deposita a la niña en el mar, con dulzura, como si la metiera en una cuna… Eso no se puede quedar sólo en un reportaje. Y trazos de esos, jirones de toda esa gente, me los he quedado para formar una novela. Babacar es una mezcla de cuatro o cinco historias migratorias duras. De los nueve personajes, tres han nacido de un reportaje.

P: Los personajes son muy diferentes entre sí. ¿El peligro de derrumbe une más que una red social?

R: Creo que las redes sociales no nos unen, tienden a distanciarnos. Todo lo que nos da la sensación que nos acerca, en realidad, nos distancia. Como decía El Roto: “Tenía cientos de amigos en Facebook, pero le falló el ordenador y ninguno acudió a su entierro”. Une la empatía, el tacto, abrazar, besar… En las redes sociales no se puede besar. Creo que une mucho la compasión, en el sentido de padecer con el otro. Ahí sí que se generan redes indestructibles.

P: Un exconstructor putero, una estudiante que se limpia el culo con el CV de una conocida, un informático que traicionó a un compañero… ¿La mezquindad se alimenta de la desesperación?

R: Sí, siempre. Chirbes decía que los malos siempre ganan, y de entre estos, los peores. Cuando detrás hay un trasfondo de desesperación, genera que afloren los ventajistas, los sacacuartos, los rompepiernas, que se pongan por delante, y lleven a la hoguera ya no diría que a la misma gente, pero sí a las bajas pasiones que a todos nos mueven en un momento de desesperación.

P: El sádico verdadero, el infame, es el director de Recursos Humanos. ¿Qué ha pretendido con este personaje?

R: Una venganza personal, por un lado (risas). Por otro, sobre él pivota la novela, y también el resto de personajes. Genera miedo, un miedo a perder. Creo que en el mundo puede haber dos motores: el del amor y el del miedo. Me gustaría que el motor del amor moviera el mundo, pero el que lo mueve es el del miedo: uno trabaja más por miedo a ganar menos, haces cosas por temer perder el cariño de los demás, miedo a que se te muera un amigo… En la novela, todos los personajes están llenos de miedo, no tanto ya a perder cosas, sino el miedo a no encontrar. Y el miedo a no encontrar es un miedo muy del año 2015. Y más allá de los apologetas de la recuperación, está ahí: miedo a no encontrar un rumbo, un sentido a las 24 horas que tiene tu día, a no encontrar algo que te guste, y el miedo a no encontrar un salario con el que llegar a fin de mes.

Portada del libro | AM
Portada del libro | AM

P: Peligro de derrumbe duele. ¿También consuela?

R: La novela es implacable, pero porque no me salió otra cosa. La editora me decía: “Oye, tiene que haber un punto de luz”. Yo le contaba que me tiro dos horas y media en el metro, que vivo en Carabanchel, y que los puntos de luz los veo de forma muy relativa. Reconozco que la novela me duele, está muy poco corregida por eso. Me pellizca, me muerde. Pero, cuando superas un inmenso dolor de muelas, luego dices: “ay, qué a gusto estoy yo”.

P: ¿Está en peligro de derrumbe la gente que proclama que “estamos saliendo de la crisis”, “lo peor ha pasado”, y demás marcas blancas?

R: Esa gente no está en peligro de derrumbe. Es la que nos mete el empujoncito. La novela va de esa gente que está justo en el borde. Ellos son los que vienen con el buldozer, los que llevan una bandera de España en la pulsera pero se llevan la pasta a Suiza… Ellos no; nosotros, sí.

P: ¿Son inmunes los políticos al derrumbe?

R: Uno querría pensar que no, pero se sospecha que sí. Ellos tienen tejidas unas redes que no las tenemos la gente normal. Mientras la mayoría de la gente se dedica a madrugar y a viajar a sitios oscuros, donde por poco dinero, y cada vez menos, y cada vez más horas, gana un salario menguante, con mayor o menor fortuna, y corruptelas…, no quiero pontificar a nadie, hay una parte de la oligarquía, de esta gerontocracia que nos domina, que se dedica a tejer redes para que si alguna vez hay un derrumbe, haya una estupenda cama de seguridad. Tú y yo somos funambulistas sin red; ellos sí la tienen.

P: ¿Se está derrumbando el periodismo en España?

R: En el altar de las nuevas tecnologías estamos inmolando el tuétano del oficio. Antidio Cabal decía en los 70: “Es hora de que los cristianos se cristianicen, o desaparecerán”. Es hora de que los periodistas se periodisticen, o desaparecerán. Aquí hay tres cosas: papel, boli y calle. Las mejores crónicas del Periodismo se han escrito en una cuneta, en una salida de Sarajevo, con papel o boli. O en la barra de un bar, con una servilleta. En medio del debate actual, de hacer todo más rápido y buscar noticias “pinchables”, hay que recordar que el Periodismo consiste en ir a un sitio, hacer preguntas, tomar notas y contarlo. A veces yo veo a demasiada gente en la redacción y muy poca fuera. Entonces, estamos asesinando al Periodismo. Con la gran bandera de la tecnología y la revolución tecnológica. “No, no hagas un texto muy largo, que si no, no lo leen”. Bueno, pues que no lo lean. Hay una función pedagógica en el Periodismo. Igual que uno, en la adolescencia, tenía que leer a Sófocles y comer acelgas y pescado, hay que darle a la gente textos largos y Periodismo. Quien no los quiera, que se ponga a ver el culo de la Kardashian.

P: ¿Por qué hay tanto “precariodista”?

R: El Periodismo no es ajeno a lo que hay en la calle y, quizá, es de las profesiones menos ajenas que hay en la calle. La gente cree que somos tipos forrados de pasta, y desde dentro, ves que el Precariodismo ha puesto una pica en la profesión y no se va, ha venido para quedarse. Vicente Romero me decía que no hay ninguna profesión en la que, en diez años, se haya devaluado lo que ingresa un profesional en un 90%. Me hablaba de un reportaje que hizo en África. Me decía: “Hace diez años, me hubieran pagado 90.000 pesetas de las de entonces. ¿Sabes por cuánto me han pagado hoy? Cincuenta euros”. No hay ninguna profesión en la que suceda eso. Así estamos. Y por eso, a veces, hacemos el Periodismo que hacemos.

P: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”, se leía a la entrada del infierno de Dante… y también en Precariolandia. ¿Cómo se combate esta idea?

R: Con un motor del que no hemos hablado: el del entusiasmo. No veo otro. Son tiempos terribles, pero también son tiempos de recapitulación, que no de capitulación. Soy un tanto escéptico con la protesta, porque dudo mucho y sospecho cada vez más de la gente que hay detrás de cualquier protesta. Pero creo en el entusiasmo y en esa red muy, muy, muy personal en la que te sientes a gusto. Alguien decía que la patria es ese lugar en el que eres feliz. Al final, eso es lo que nos va a salvar.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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