La felicidad macabra de “Apple Suckling Tree”, de Bob Dylan

Bob Dylan, en 1968 | ELLIOTT LANDY / MAGNUM
Bob Dylan, en 1968 | ELLIOTT LANDY / MAGNUM

Procuro huir, como del ébola, de los adverbios que terminan en “-mente”. A veces encajan, lubrican la escritura, pero me sacan de quicio los autores que abusan de ellos. En Mientras escribo (DeBolsillo, 2011), Stephen King afirma -con acierto, en mi opinión- que quienes escriben utilizando muchos adverbios terminados en “-mente”, en realidad, no saben escribir.

Sirva este párrafo introductorio para aplazar el inicio original de un artículo. Así pues, tapándome la nariz (a partir de aquí debería arrancar mi texto): Musicalmente, nadie me hace tan feliz como Bob Dylan. Me pasa que -y esto es sano- cada equis meses, me topo con un artista que me encanta, me hipnotiza y me secuestra, alejándome, salvo con intermitencias, del resto de los padres fundadores de mi discoteca. Por ejemplo, desde agosto/septiembre, quienes me han sometido a este secuestro obsesivo y musical han sido Nick Cave & The Bad Seeds.

Mas el fin de semana quise volver al Padre. Con mayúscula. Porque yo organizo a mis ídolos musicales de una manera teológica: Dios Padre es Bob Dylan; Dios Hijo, David Bowie; Dios Espíritu Santo, va rotando -a veces es Leonard Cohen; otras, Extremoduro; últimamente, Nick Cave…-. Luego están los apóstoles –Sabina, Bunbury, Calamaro, Tom Waits, Lou Reed, etcétera…-, y a los obispos no llego.

Vuelvo a Dylan con cierta desesperación y miedo, como el hijo pródigo que volvió a la casa del padre -el de Duluth- después de fundirse su herencia en fiestas y prostitutas -cuando uno escucha un disco de Nick Cave 20 veces en un mes, por muy Nick Cave que sea, uno se cansa. Entonces me topo con Bringing it all back home, con Desire, con “Just like a woman”…, con tantas maravillas únicas, brillantes e inimitables. Y soy feliz.

Mientras escribo estas líneas suena “Apple Suckling Tree” (“Manzano”), incluida en el refrescante The Basement Tapes, grabado junto a The Band en el sótano de una casa rosa cercana a Woodstock (Nueva York).

“Apple Suckling Tree” (me) genera una felicidad inquietante. Sobre una melodía sencilla, rústica y animada, Dylan canta sobre un viejo que arrastra a un tipo que está enganchado a un anzuelo a un arroyo. “Lo empujé y me quedé tan ancho, ¡oh, sí!”, dice posteriormente, para después terminar con estos versos:

¿A quién le contaría, oh, a quién se lo contaría?
Cuarenta y nueve de vosotros
como murciélagos fuera del infierno
oh, bajo ese manzano.

En el estribillo, Dylan canta que ese viejo está bajo un manzano, “donde vamos a estar sólos tú y yo”. Imagínense con su pareja en un escenario así.

En fin, clausura el texto un hombre feliz.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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