‘Whiplash’: cuando los platillos sudan

whiplash
Sony pictures/ Original Motion Picture Soundtrack

Allá por 1937, un joven saxofonista de 16 años se subía a un escenario de Kansas City al lado del baterista Jo Jones –integrante fijo por aquella época de la banda del ya consagrado Count Basie. En un determinado momento empezó a tocar fuera del ritmo y Jo Jones no dudó en tirar un platillo al suelo para reprocharle el equívoco. El adolescente se fue del local furioso, no sin antes pronunciar “I’ll be back” con tono de promesa. Después de un tiempo practicando incesantemente, el saxofonista volvería a presentarse en público con una afilada técnica, un estilo vertiginoso y como uno de los grandes genios del jazz del siglo XX. Dicen que aquel lance de platillo convertiría a Charlie Parker en Bird. La película Whiplash (Damien Chazelle, 2014), nominada a cinco categorías de los Oscar, se inspira en esta anécdota –con la diferencia de que en el guión el platillo volaría hacia la cabeza de Parker, y no al suelo como la historia real– para sentar las bases de la relación entre un maestro abusivo y un baterista novato.

(Cuidado: Contiene Spoilers)

Andrew Neyman (Miles Teller) es un joven y talentoso baterista recién llegado al prestigioso conservatorio Shaffer de Nueva York con el sueño de convertirse en un virtuoso músico de jazz. Admirador de Buddy Rich, él toca el instrumento día y noche con la esperanza de que el profesor más exigente y a la vez temido, Terrence Fletcher (un sublime J. K. Simmons), lo acepte en la mejor big band de estudio del conservatorio. Finalmente esto sucede y, lejos de suponerle una gran alegría, empieza su largo y obsesivo calvario. Fletcher le da la oportunidad de ser el baterista suplente y lo lleva al agotamiento físico y personal. Neyman se priva de todo (novia, amigos, familia) con tal de estar a la altura. Se dedica completamente – sangre, sudor y lágrimas incluidas – para poder reproducir el ritmo vertiginoso de dos canciones: “Whiplash” de Hank Levy y “Caravan” de Duke Ellington. Pero para Fletcher nunca es suficiente. El profesor lo insulta verbalmente y más de una vez le llega a tirar algo a la cabeza, justificándose en la anécdota de Jo Jones, con el objetivo de convertir al pupilo en el nuevo Bird de las baquetas. “¡Estás tocando en un tiempo, pero éste no es el mío!” (“Not my fucking tempo!”), grita a voces varias veces.

Si hay algo que los amantes de jazz pueden reprocharle a la película – salvo el final – es la sobrevaloración de la rapidez por encima de otros elementos más fundamentales de este estilo musical como la sensibilidad, el placer, la integración entre los músicos y, sobre todo, la libertad a la hora de improvisar. Pensemos en John Coltrane de A Love Supreme, la voz y la trompeta de Chet Baker o Stan Getz, por ejemplo. La belleza de sus canciones está en la delicadeza y en la sutileza y no exactamente en la rapidez trepidante, defendida en la obra de Damien Chazelle. Porque el jazz es técnica, pero también es juego. Sin embargo en la big band de Fletcher no hay espacio para la creatividad. Todos deben concentrarse en las partituras con disciplina militar y evitar cualquier aportación propia o inspiración. Se trata más bien de una película sobre la obsesión artística y el sacrificio. Cualquiera que se dedique al arte sabe cuán difícil es la tarea de equilibrar la perfección técnica con la espontaneidad creativa, no siempre debidamente compensadas entre sí.

Siguiendo el paralelismo con la historia de Charlie Parker y Jo Jones, Neyman también se retira durante un año, guarda su batería en un trastero e intenta retomar su vida apartado de las baquetas. Pasado este tiempo, se reencuentra con su verdugo y acepta volver a tocar con Fletcher en una banda, ya no en el conservatorio. Se prepara para una presentación en un festival de Jazz y después de algunos encontronazos con su antiguo profesor en medio del concierto, surge lo que antes se echaba de menos: improvisación, libertad, creatividad, rebeldía, y genialidad por fin. Neyman rompe los esquemas de su tutor, se aparta de la partitura y empieza un solo de batería lleno de furia y pasión. En esos minutos toda la contención se convierte en rabia, la obediencia en rebeldía, el miedo en valor y el sacrificio en gloria. El baterista suda. Los platillos sudan. Unidos, el hombre y el instrumento, nos dan un final realmente emocionante. Porque el jazz es técnica, pero también es juego. En la última secuencia de la película parece como si Charlie Parker volviera a convertirse en Bird.

Movie screenshot/ Turn the right corner
Movie screenshot/ Turn the right corner

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