Criolo o el desafío del amor

Foto de Daryan Dornelles
Criolo | Foto de Daryan Dornelles

Vivir en una gran metrópoli exige paciencia. Y aún más paciencia cuando se trata de São Paulo (Brasil). La ciudad, con casi 20 millones de habitantes y la mitad de este número de coches, testa la capacidad de aguante de sus moradores día tras día. La violencia instaura un estado permanente de miedo, los atascos pueden durar horas, la infraestructura de saneamiento o de transporte público aún es débil, la desigualdad social es abismal y los conflictos raciales están lejos de ser definitivamente resueltos. A partir de esta realidad tan dura, el artista plástico Ygor Marotta inició un movimiento, en 2009, con pintadas y carteles en los muros de la metrópoli en las que pedía “más amor, por favor”. Sí. Porque sólo con amor, gentileza y buen humor se puede sobrevivir a ella y no ceder al bucle de hostilidad que es impuesto. Cierto día, un paulistano de la periferia leyó aquella petición y compuso un himno a la falta de afecto en la ciudad. “Não existe amor em SP” (“No existe amor en São Paulo”) es un canto pesimista, un grito en la oscuridad, una denuncia contra todo lo que hace al hombre ser el lobo del hombre. Criolo tenía 36 años y no estaba loco. Llevaba más de dos décadas intentando la vida como rapero sin éxito, en las que tuvo que conciliar para sobrevivir trabajos en supermercados, como vendedor de ropa o como educador de niños pobres.

Foto de Ygor Marotta
Foto de Ygor Marotta

Criolo (Kleber Cavalcante Gomes de pila) nació y creció en el pobre barrio de Grajaú (São Paulo) en 1975. Como tantos otros, sus padres emigraron desde Ceará, un estado muy pobre del nordeste brasileño, buscando una vida mejor en la gran metrópoli. Hasta los cinco años vivió en la Favela das Imbuias, en una casa donde su padre tuvo que asentar la tierra en el suelo para que fuera mínimamente habitable. Las paredes de estrechos ladrillos le permitían escuchar todo tipo de música que sus vecinos ponían: samba, pagode, sertanejo, funk, baião, batidas africanas, reggae, etc., ritmos que le influirían profundamente. Con once años escuchó por primera vez un rap y dos años más tarde ya escribía versos dentro de esta estética. En la adolescencia pedía que le dejasen rappear en fiestas de la escuela, en reuniones de la parroquia, o en encuentros de amigos. Desde entonces no ha parado de componer y cantar raps en la escena underground de São Paulo, donde también actuaba como un agitador cultural, creando la famosa Rinha dos MC’s, concurrida batalla de freestyle entre raperos capaces de improvisar sobre cualquier tema.

Para tener el registro de lo que había desarrollado durante los casi 20 años de trayectoria, grabó un disco independiente en 2006, Ainda há tempo, cuyas composiciones estaban centradas en el rap . Con la llegada de 2011 Criolo decidió dejar la música definitivamente. Tenía casi cuarenta años y pensaba que ya había agotado sus posibilidades creativas y así hizo saber a sus amigos. Pero éstos lo incitaron a que grabase, al igual que había hecho con Ainda há tempo, el material que aún no había registrado en un álbum: composiciones en las que mezclaba el rap con diferentes ritmos, como samba, dub, bolero, afrobeats, o reggae. Criolo accedió a la petición y el resultado fue el disco Nó na orelha. Lo que sería su trabajo de despedida de la música resultó ser un nuevo comienzo para su carrera. La sonoridad fresca y la curiosa mezcla de tantos ritmos – además de la producción excepcional de Daniel Ganjaman, Fernando Sanches y Marcelo Cabral –, hizo que la crítica especializada le prestara atención y, contrariando su objetivo inicial, se convirtió prontamente en el mejor álbum del año, y con él ganó popularidad del gran público y la atención de los medios. Periódicos, emisoras de radios y cadenas de televisión querían saber más sobre el que cantaba, con gracia y frescor, las malezas sociales de una gran ciudad. El disco asimilaba diversas referencias musicales y generaba una peculiar estética, como podemos escuchar en “Subirusdoistiozin”, “Sucrilhos”, “Freguês da meia noite”, “Mariô”, “Linha de frente” o la ya citada “Não existe amor em SP”.

Después de la fama conseguida con Nó na orelha muchos pensaron que Criolo sería un artista fugaz, incapaz de superarse a sí mismo. Pero afortunadamente se equivocaban. En 2013 grabó un disco redondo en directo con otro rapero, Criolo e Emicida. Y a finales del año pasado publicó su nuevo trabajo, Convoque seu Buda, con el que ha demostrado ser aún más ácido en las letras de cuño social. En ellas critica duramente la sociedad de consumo, la publicidad, la actuación policial, la hipocresía de la clase media emergente o la alienación de la juventud a través de las drogas (“Si la marihuana es de la buena que se joda la ideología”, dice en un verso). Pero se mantuvo igualmente creativo a la hora de mezclar diferentes referencias musicales. Canciones como “Casa de papelão”, “Esquiva da esgrima”, “Fermento para massa”, “Duas de cinco”, o la que da título al álbum configuran una realista fotografía social y cultural de la actualidad en Brasil. Un país emergente, con una gran economía mundial, no se puede permitir tantos problemas de base, y allí está Criolo, entre otros, para hacer ver todo lo que queda por ser hecho.

En su trayectoria también fue decisivo el claro apoyo que recibió de artistas ya consagrados como Caetano Veloso, Chico Buarque, Milton Nascimento o Ney Matogrosso: le citaron, le versionaron, quisieron participar de sus conciertos, y otros incluso le propusieron hacer una gira conjunta. Caetano llegó a afirmar al The Guardian que Criolo es “posiblemente la figura más importante de la escena pop brasileña”. Parodiando a los gallegos, Criolo no creía en el amor, pero haberlo, lo hay, y desde entonces toda una nación canta al unísono sus canciones. “Más amor, por favor”.

Foto de piclist.com

 

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