Bunbury en Madrid: anatomía interna y primer vídeo oficial del ‘Área 51’

Bunbury, en el concierto de Madrid
Bunbury, en el concierto de Madrid

Hace unos días, Enrique Bunbury anunció la publicación de Madrid, Área 51, un doble CD con doble DVD que recoge el enorme concierto que el músico aragonés brindó a finales de junio en el Palacio de los Deportes de la capital de (toque de corneta) España, que ahora se llama Barclays no-sé-qué. Algo de bancos. Desde este martes podemos disfrutar del primer vídeo oficial del trabajo: “Despierta“.

Yo tuve el privilegio de vivir ese concierto desde dentro, desde los pasillos, los cables, los nervios, la satisfacción y la felicidad. Así pues, permítanme la batallita.

Antes

Mi relato arranca el 29 de junio de 2014, a eso de las seis de la tarde. Salí de mi microscópico y estudiantil piso de Argüelles rumbo a Goya. Varias colas dinosáuricas aguardaban frente a las puertas del recinto, a lo largo de la plaza de Felipe II, esa que está presidida por un árbol extraño y un Corte Inglés. Algunos feligreses, de esos que querían conseguir la mejor ‘localidad’ -pese a estar de pie-, habían ‘acampado’ hacía varias horas. Llamé a mi compadre Víctor Judez, “travel-manager” de Bunbury -la definición es suya-, y a una de las managers ortodoxas del artista, la capitana Marisa Corral. La segunda, más eléctrica y agobiada que de costumbre, me contó que el acceso estaba difícil, que el concierto se rodaba, que había mucho cable y mucha cámara. Llevé una botella de vino de mi tierra para el post-concierto, y le pedí que la guardara. Así lo hizo. Acompañé a Víctor a su hotel. También vino mi amiga Gloriabunburyana radical.

Volví junto a Víctor a las siete y poco al Palacio de los Deportes y, cumpliendo con la legalidad de los permisos y, por supuesto, con toda la discreción posible, me colé en la prueba de sonido. Fue difícil acceder por la geografía del recinto: los pasillos del Palacio de los Deportes parecen diseñados por un autor de leyendas griegas. Al fin, llegué a mi destino. En el escenario, Bunbury, Los Santos Inocentes y Quique González cantaban “Bujías para el dolor”. Bajé a la arena, saludé al otro manager del músico, Nacho Royo, y, desde la distancia, a Álvaro Suite -guitarra-, a Robert Castellanos -bajo- y a Jorge Rebenaque -teclados-. La prueba salió bien -volvía Jordi Mena, retirado por una operación de desprendimiento de retina-, los artistas se recluyeron en su búnker, y yo hice tiempo con Gloria en la grada, mientras tomaba notas, con mi cuaderno de cuadros y mi bolígrafo de propaganda -ay, la precariedad-, y comentaba con mi amiga que a Quique González le faltaba rabia en su interpretación. Viva mi legítima subjetividad.

Nunca olvidaré la avalancha violenta que se produjo con la apertura de puertas. Era como el primer día de rebajas, pero con camisetas con la cara de Bunbury. Decenas de personas corrieron hacia la primera fila, que tenía unos cuantos metros. Sin embargo, los admiradores más idólatras se empujaron, se tiraron del brazo, pelearon por estar en el centro milimétrico de la pista. Todo un espectáculo.

Al rato, quedé con mi compadre Santy Pérez y me comí un bocadillo de pollo. Eso no interesa a nadie.

Durante*

Un OVNI se dirige al planeta Tierra mientras suena un vals de Shostakovich. Su puerta se abre y, en el escenario, aún a oscuras pero cubierto por su banda, una luz que sale de la nave extraterrestre ilumina a Enrique Bunbury, ataviado con chupa de cuero y gafas de color. El Palacio de los Deportes de Madrid le brinda su primera ovación, y este responde con el arranque de “Despierta”: “Despierta, todo ha cambiado. / Nada es cómo habíamos imaginado”.

Este último verso puede aplicarse perfectamente a los conciertos del Palosanto Tour 2014, al menos, a los que el músico aragonés está ofreciendo en España y, por ende, al que disfrutaron miles de almas en el citado coliseo musical -entre muchos otros usos, claro, pero nos ceñimos al asunto- madrileño. El espectáculo de Bunbury es inimaginable, supera expectativas a punta pala por varias razones: primera, la profesionalidad, el carisma y el talento del propio Bunbury; segunda, los mismos parámetros, aplicados a su banda, Los Santos Inocentes, y tercero, por el espectáculo visual, impactante, crítico, misterioso y culto, según toque, empleado para la ocasión.

El concierto de Madrid era muy importante porque iba a ser -ha sido-rodado y porque volvía al escenario el guitarrista Jordi Mena, quien causó baja en las fechas de Barcelona, Zaragoza y Bilbao por culpa de una operación de retina -durante esos conciertos, su sustituto fue Dani Baraldés, discípulo del propio Mena, “ejecutor” del trabajo de su maestro y gran guitarrista. Tras el concierto, el músico recién incorporado me cuenta que se encontraba mucho mejor, aunque la duda permaneció hasta el último minuto. De hecho, a Baraldés se le había reclutado de nuevo la noche anterior, por si acaso tenía que cubrir, otra vez, la baja de su mentor.

El Palacio de los Deportes, lleno en el concierto de Bunbury
El Palacio de los Deportes, lleno en el concierto de Bunbury

“Despierta, todo ha cambiado. / Nada es cómo habíamos imaginado”, decíamos que decía Bunbury. El discurso del concierto, como el de su último disco, es principalmente social, político -no partidista, cuidado-, revolucionario. Mientras suena “Despierta”, aparecen en un conjunto de televisiones apiladas, entre otros, Mariano Rajoy, Cristina Fernández de Kirchner, Barack Obama y Rafael Correa. Al finalizar la canción, los televisores revientan. Continúa Bunbury con “El club de los imposibles”, en el que resalta, positivo, el siguiente verso: “Y tenemos todos los semáforos en verde a la vez”; “Los inmortales”, que “están bajo tierra”, o “Contracorriente”, tema perteneciente a su primer disco en solitario, Radical sonora. En “Destrucción masiva” invaden la pantalla hongos nucleares; en “Deshacer el mundo” -magnífica su revisión, con un maquillaje muy cercano a Tom Waits-, se alternan imágenes de ejércitos con cargas policiales; “El hombre delgado que no flaqueará jamás” está precedida por un inquietante vídeo con imágenes de “La naranja mecánica” de Kubrick.

Ojo: el guión no es monotemático, y también tienen cabida en el repertorio clásicos que apuntan al amor/desamor, como “Sácame de aquí”, “Infinito” o “El rescate”. Especialmente mágica suena “Salvavidas”: cuando Bunbury canta su estribillo -dramático y personal: “Todo lo que necesito hoy, quítamelo”-, en un círculo de dólmenes aparecen los rostros de distintas personalidades de la cultura -diferentes según la ciudad-. En Madrid, entre otros, figura Francisco Umbral, Francisco de Quevedo o Lope de Vega. Cabe aplaudir su buen gusto literario.

En los bises aparecen los invitados: Iván Ferreiro canta en “El cambio y la celebración”, mientras que Quique González hace lo propio en “Bujías para el dolor”, del rockero Hellville de luxe. Finaliza el concierto con “El viento a favor”, con dos cañonazos de confeti dorado y con un aplauso pasional, multitudinario y crudo del respetable madrileño. Lo del artista zaragozano en Madrid ha sido superlativo. El “coso, DVD o Blu-ray” -Bunbury dixit– que saque en los próximos meses va a merecer mucho la pena. Quienes lo disfruten en el sofá de su casa sin haber asistido al show sentirán muchísima envidia de las miles de almas que se rindieron ante un magnífico evento presidido por un artista sobresaliente.

Después

En este apartado no me alargaré demasiado, puesto que entra en el terreno de la intimidad y lo personal. El texto va sobre el concierto; lo que viene después, es otra historia. Pero sí puedo contar que mantuve la primera conversación larga con Bunbury. Hablamos sobre música, política y juventud. El músico estaba contento, muy satisfecho con el concierto. Toda la expedición celebramos lo maravilloso que resultó el show, bebimos vino blanco y cervezas, compadreamos. La gente era feliz.

Y a Marisa y a Víctor les gustó mucho el vino manchego que llevé.

*(Crónica publicada en LD, el 30 de junio de 2014)

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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