Rodríguez y la feliz disonancia triste

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Estaba con la cara apoyada en la pantalla mirando un cuaderno, con el que me golpeaba la cabeza rítmicamente, usando el ojo que no me tapaba mi propia mejilla. Intentaba escribir para dejar de pensar, que es la única cosa que me deja hacer la vida, y ahora, que tengo que pensar para escribir, me deja de salir a cuenta hacerlo. Se cayó el cuaderno como cuando a un niño se le cae el juguete haciendo el tonto, pues ya no era más que eso, y su ausencia dejó pasar otra vez la luz hacia mi rostro, lo que me hizo guiñar el ojo que todavía tenía en funciones para dejarme ciego en una mueca horrible. Empezó el tañer de cuerdas de aquella canción tan bonita de Rodríguez en el momento en que miré por la ventana para ver el exterior, la escena era especialmente luminosa, lo cual no podía dejar de ser una burla ya que poca de esa luz, por un misterioso artificio que desconozco, conseguía colarse dentro de la habitación donde yo estaba asombrado. Muy cerca de la ventana había un árbol, alto, fuerte, mi compañero árbol durante décadas, tenía hojas verdes pese al otoño y pese a empezar a estar muy pelado, y estas reflejaban la luz como espejos pulidos especialmente para la ocasión haciendo bailar a destellos blancos por toda aquel cuadro vivo.

La melodía era triste, me confundió tal banda sonora para un árbol tan feliz e intentaba buscar la razón para la alineación de aquella sonata, bella y horrible, con aquella oda a la vida. Una melodía de violín que antes no estaba aceleró mi búsqueda de la infelicidad, toda una orquesta en mi cabeza me pedía celeridad, el ritmo aumentaba y justo cuando la voz de aquel hombre empezó a cantar, mis ojos enfocaron el cristal de la ventana y la reja otra vez, que hasta ese momento habían sido invisibles para mí, como si al oír las palabras de una persona rompiendo aquella melodía me hiciera recordar a la humanidad y a mí mismo interrumpiendo la felicidad de aquella escena solo por mirarla. Por fin me había encontrado en la pintura mágica y real de la felicidad, para descubrir que mi papel era admirarla a los miles de kilómetros que me parecían alejar aquel cristal y aquella reja.

Recogí decepcionado el cuaderno del suelo y miré otra vez a la ventana culpable, ya apenas podía distinguir al árbol a través de la suciedad del cristal y del hierro retorcido de las rejas, pero sabía que me apuntaba culpable con las ramas y me dio apuro seguir mirando. Ahora lo intuyo de reojo moviendo sus hojas al ritmo del viento mientras escribo sobre no poder escribir y mientras la canción apura sus últimas guitarras, sus últimos violines, cuando hace ya siglos que Rodríguez dejó de cantar con no sé cuáles palabras, pero sobre mí sentado junto a una ventana.

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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