‘Oh, Mercy’: el disco con el que resucitó el mejor Bob Dylan

Portada de 'Oh, Mercy'
Portada de ‘Oh, Mercy’

La hoja en blanco no es el peor enemigo de un escritor, sea este un profesional, un artesano, de hacer novelas, poemas, o canciones. Lo peor es emborronar esa hoja con palabras que no van a ningún lado, con párrafos inútiles, con versos que saben a mierda seca. Ninguno de los peones que nos dedicamos, de un modo u otro, a vivir de este sacrificado oficio, estamos libres de esa especie de losa maciza que, a veces, se cierne sobre nuestras cabezas, y o bien oprime nuestras ideas, o bien nos obsequia con bolsas de basura literaria. De vez en cuando, esa losa no solo apunta al peón tirillas, sino que se ceba con el rey más poderoso. Así le pasó a Bob Dylan a mediados de la década de los 80.

Este feligrés ultraortodoxo del cantautor estadounidense reconoce que, desde que publicara en 1983 Infidels hasta 1989, año en el que nace el disco del que hablamos en este artículo, Oh, Mercy, Dylan publicó discos mediocres, en mayor o menor medida. Quizá se salve Empire Burlesque (1985), pero tanto Knocked Out Loaded (1986) como Down in the Groove (1988) son trabajos con una producción de hojalata hortera, están llenos de versiones y con canciones muy poco memorables. Él mismo lo sabía. Así lo cuenta en su libro Crónicas Vol. 1 (Global Rythm, 2004):

Me dí cuenta de que era muy posible que mis días de conciertos hubiesen llegado a su fin. (…) Notaba la ausencia de una persona dentro de mí y debía encontrarla. (…) Me sentía acabado, los restos de un naufragio en llamas.

En 1987, el mejor escritor de canciones de todos los tiempos -junto a Leonard Cohen-, el autor de “Like a rolling stone”, “Blowin’ in the wind” o “Tangled up in blue”, creyó que había tocado techo. Perdió la inspiración, se enajenó de su obra. Embarcado en una gira con Tom Petty & The Heartbreakers decidió que, tras su conclusión, colgaría el hábito y se retiraría de los escenarios para siempre. Sin embargo, en mitad de esa oscuridad creativa y artística, descubrió una nueva forma de cantar, así como una técnica de tocar la guitarra distinta a la que empleaba habitualmente, sintió que el río volvía a fluir con un agua nueva, distinta y viva. Entonces, llegó un accidente doméstico que lo pudo cambiar todo:

Me había hecho un buen tajo en la mano; había perdido toda sensibilidad. (…) Había renunciado a seguir componiendo. Ya no necesitaba más canciones.

En estas, ¡zas!, le asaltó la musa. Sin excesos, sin excentricidades, de un modo doméstico y nocturno. Por primera vez en mucho tiempo, Dylan paría una canción que le convencía. Se llamaba “Political World“. Era la primera de unas veinte que escribiría en menos de un mes. En el mundo político del que habla Dylan, “la sabiduría acaba entre rejas, se pudre en una celda, está endiabladamente desorientada”, y la ciudadanía vive “bajo el microscopio”. “Puedes ir a cualquier parte / y ahorcarte allí. / Siempre encontrarás soga de sobra”, dice. Así suena:

Me llama mucho la atención que las canciones que compuso Dylan para Oh, Mercy nacieron en una realidad tranquila, familiar, de tipo de clase media que lee el periódico, ve la televisión y disfruta regando las plantas de su pequeño jardín. Sin embargo, el discurso del artista recupera el tono pasional, efervescente y underground que había perdido unos años antes. Por ejemplo, “What good am I?” nació en una semana en la que el músico y su esposa fueron al teatro y, días después, a un concierto; “Dignity” -finalmente no incluida en el LP-, el día en el que un jugador de baloncesto, Pete Maravich, murió en una cancha en Pasadena; el germen “Disease of conceit” está muy relacionado con la expulsión de un predicador baptista de su organización -o como se diga-, después de que se le relacionara con una prostituta -“La Biblia está plagada de relatos similares. Pero los tiempos habían cambiado”, escribe el propio Dylan al respecto. En esta última pieza, el de Duluth traza un paisaje íntimo y pesimista sobre la enfermedad de la arrogancia, que rompe corazones, “pasa a tu habitación, / devora tu alma”. La escuchamos:

Dylan escribió una veintena de canciones magníficas. La próxima tarea consistía en grabarlas. Una noche, Bono, el líder de U2, acudió a su casa. Dylan le enseñó las canciones, Bono las aplaudió, le instó a que las grabara, y le habló de un tipo, Daniel Lanois, que “trabajaba en las afueras de Nueva Orleans”. Dylan se puso en contacto con él, el productor le enseñó el material con el que trabajaba en aquel momento, el cantautor dio su visto bueno, se trasladó a Nueva Orleans -“Un gran sitio para encontrar cosas”-, y arrancó la artesanía técnica -tan importante como la literaria. Todo estaba listo para grabar Oh, Mercy.

Dylan y Bono, en un concierto
Dylan y Bono, en un concierto

El grupo ‘base’ estaba formado por los guitarristas Mason Ruffner y Brian Stoltz, el bajista Tony Hall, el baterista Willie Green y el percusionista Cyril Neville. Por su parte, el ingeniero de sonido de Lanois, Malcolm Burns, se ocupaba del teclado, y el propio productor, de mandolinas, mandolas e, incluso, “novedades de plástico que parecían de juguete”.

Las primeras grabaciones fueron un desastre. Empezaron a trabajar con “Political World”. Lanois quería darle un toque funky; Dylan estaba en desacuerdo y, con ella, perdieron “dos o tres días con experimentos inútiles”. Después probaron con “Most of the time”. Cuenta Dylan: “Todo estaba estancado y a punto de reventar. Dan tendría que haber sido un chamán para sacarla adelante”.

El trabajo empezó a fluir con las grabaciones de “Where teardrops fall” y “Shooting star“, y funciona de verdad cuando plasman “Man in the Long Black Coat“, un tema que

surge de la negrura de los abismos: visiones de una mente ida, un sentimiento de irrealidad; el oneroso precio del oro en manos de cualquiera. Nada se sostiene en pie; incluso la corrupción es corrupta. Algo amenazador y terrible subyace en todo ello. La canción se hace cada vez más cercana, se acurruca en el hueco más pequeño.

Junto a “Most of the time”, “Man in the Long Black Coat” es mi canción favorita del disco. Dylan habla de una mujer que le deja por un tipo con un abrigo blanco, pero lo hace desde un pesimismo implacable, elegante y feroz -“La gente no vive o muere, / sólo flota”-. Tuve el privilegio de escucharla en directo hace unos años, cuando fui al concierto que Dylan celebró en Bilbao, en la explanada del Guggenheim. La disfrutamos:

Sin contar las diferentes tomas y versiones descartadas, Lanois y Dylan grabaron un total de 14 canciones. A las diez que fueron incluidas en Oh, Mercy, habría que añadir las descartadas “Series of dreams“, “Dignity“, “Born in time” y “God knows” (estas dos últimas fueron incluidas en su siguiente disco, Under the red sky). El resultado final: la resurrección del mejor Dylan, amén de uno de los mejores discos de toda la carrera del legendario artista. Este lunes se cumplen los 25 años de su publicación. No celebrarlo en Acordes Modernos sería algo imperdonable.

Viva Bob Dylan.

Fotografía de Dylan en la contraportada de 'Oh, Mercy'
Fotografía de Dylan en la contraportada de ‘Oh, Mercy’

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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