’19 días y 500 noches’: el último gran disco de Sabina cumple 15 años

Portada de '19 días y 500 noches'
Portada de ’19 días y 500 noches’

Aún se me pone el vello de punta cuando escucho el marcaje inicial del platillo de “Ahora que”, la canción con la que arranca el mítico, y perdón por el adjetivo tópico, pero es lo que hay, 19 días y 500 noches, el último gran disco de Joaquín Sabina, que cumple 15 años.

La primera vez que lo escuché yo tenía 10 años. Mi madre, sabinera tradicional, lo compró en formato casete en una tienda de Daimiel (Ciudad Real). Lo pusimos en la cocina. El trabajo me maravilló. Recuerdo que, esa misma tarde, transcribí algunas de sus letras en una Olivetti azul y funcional que había en casa, para leer lo que contaba Sabina con mayor claridad, para memorizar ese mensaje. Dios sabrá donde estarán esos folios.

Mientras escribo estas líneas suena 19 días y 500 noches tan vivo como aquel mediodía de septiembre de 1999. Sabina consiguió un disco magnífico. Formalmente, ninguno de sus otros trabajos suena tan fresco, tan original, tan distinto -el propio cantautor lo sabe, y así lo refleja Benjamín Prado en Romper una canción (Ed. Aguilar). El trabajo que desarrolló Alejo Stivel en la producción fue inigualable. Desmaquilló la voz de Sabina, le buscó músicos nuevos, le secuestró de la/su tradición. El resultado habla por sí solo.

Sobre las letras: no creo que 19 días y 500 noches sea mejor que Física y química (1992), Esta boca es mía (1994) o Yo, mi, me, contigo (1996). Que el de Úbeda está, como dirían los posmodernos, on fire, es evidente, pero de ahí a decir que en este trabajo encontramos sus mejores textos, hay un trecho. Sí que es la última vez que Sabina nos toca de verdad el corazón, la última vez que nos desembraga, que nos hace quitarnos ese bombín que el luce. El artista se gusta, no sé si se sabe galáctico, pero juega/escribe/compone como tal. No hay mediocridad, ni plástico, ni versos fáciles: en 19 días y 500 noches, consciente o inconscientemente, Sabina viene a decir que es el mejor escritor de canciones en castellano del que hemos disfrutado en nuestro país.

El caso es que 19 días y 500 noches fue el último disco ‘de juventud’ made in Sabina. Juventud, decía: esa cosa que se le acabó de un modo tan violento, con ese ictus maldito que casi nos lo roba. Ingredientes de la cosa: varias noches sin dormir, cocaína, alcohol, instinto, lecturas, amigos. Menú: “Ahora que” es una fotografía perfecta y, en el fondo, pesimista, de ese momento de felicidad ciega que hay en una pareja, sabiendo que esa sensación, esa química, caducará más tarde que temprano. “19 días y 500 noches” es el himno del amante abandonado, quien busca cerrar la herida abierta con olvido peregrinando, como Dante y Virgilio en La Divina Comedia, por los bares de copas, por el casino de Torrelodones -la imagen del portero echando a Sabina del casino me parece brutal-, “pagando las cuentas de gente sin alma / que pierde la calma / por la cocaína”. “Barbi Superestar” es la versión rockera y actualizada de “Princesa”. Versa sobre una fulana de tal que se va al infierno “por atajos, jeringas, recetas”, striptease en Crónicas marcianas incluido. Con melodía de Pablo Milanés, “Una canción para la Magdalena” es el tema más hermoso que nadie le ha escrito a una prostituta. “Dieguitos y Mafaldas” es una vendetta contra una amante veinteañera que cambió a Joaquín por otro tipo. El artista, de paso, le brinda unos versos a su otro equipo del alma: Boca Juniors. “A mis cuarenta y diez” es un falso epitafio, un “me queda mucho tiempo por delante”, un canto vitalista envuelto en una melodía muy dylaniana. “El caso de la rubia platino” es una novela negra y golfa protagonizada por un policía decadente y una mujer fatal. No sé por qué Sabina rehuye tanto a la hora de interpretar esta canción y la delega en su guitarrista Jaime Asúa o en gente como los (ex) Pereza. Nadie la canta como él. Vean:

En “Donde habita el olvido”, con título que sabe a Cernuda, me he visto reflejado en más de una ocasión, cuando sales con tus amigos de fiesta, te emborrachas y, al despertar, estás con una mujer de la que (casi) ni te acuerdas. Yo no sé si Sabina se refiere a una amante de una sola noche o a una exnovia reincidente, sobre todo, cuando canta: “Los besos que perdí / por no saber decir / ‘Te necesito’”. Él sabrá. “Cerrado por derribo” es una gran rumba doliente sobre una ruptura amorosa: “Este contigo, este sin ti tan amargo, / este reloj de arena del arenal, / esta huelga de besos, este letargo”. “Pero qué hermosas eran” es una de las canciones más divertidas de Sabina. El protagonista cuenta sus infortunios con tres mujeres -infartos, cuernos e hijos no deseados de por medio- aunque, al final, las recuerda con amor y resignación: “¿Ustedes me han mirado? / Pedirles, además que me quisieran, / ¿no les parece que era / pedirles demasiado?”. “De purísima y oro” es un canto amargo, intuitivo y delicioso a la posguerra, a los toros, a Manolete. “Como te digo una có” tiene gracia, marujeo y azufre destilado. Y “Noches de boda”, con el arranque tabernero de Chavela Vargas, una ranchera amable, un cierre perfecto: “Que el fin del mundo te pille bailando, / que el escenario te tiña las canas. / Que nunca sepas ni cómo ni cuándo, / ni ciento volando, / ni ayer, ni mañana”. La escuchamos en directo:

Después de 19 días y 500 noches, Sabina lanzó un disco notable: Dímelo en la calle; uno cenizo: Alivio de luto; uno artificial: Vinagre y rosas, y uno crucigrámico: La orquesta del Titanic, con Serrat. En 15 años no encontramos un trabajo tan brillante, tan especial, tan barnizado. Antes hemos citado a Benjamín Prado. Volvemos a ello. El poeta, en esa reedición con doble CD del disco que salió hace un tiempo, decía que Sabina se mató con 19 días y 500 noches, pero que el resultado, “una obra de arte”, mereció la pena. Yo no sé si el tipo se mató o no. Lo que sí es evidente es que el ‘Gran Sabina’ desapareció, o se ocultó, o se acomodó, no lo sé. Tiene una oportunidad fantástica de decir “aquí estoy yo, con un par” en su próximo disco. Ojalá lo haga.

Porque lo echamos de menos.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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