Del Shannon: la leyenda del perdedor

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En abril de 1961 vio la luz “Runaway”, un hit casi perfecto rompió las listas de ventas. Aunque no seas capaz de ubicarlo me juego las pelotas a que lo has oído mil veces.

Lo había compuesto quien para mí es uno de los compositores más brillantes y redondos del rock & roll: Del Shannon. Es fácil decir que componer un clásico culmina una vida, pero en su caso todo sucedió con precocidad e impremeditación. Tenía 27 años (o 22, como veremos más abajo) y toda la vida por delante.

Chaval, te tenemos entre algodones; chaval, tú eres lo que la música necesita. Veintisiete tacos y la responsabilidad de demostrar que los blancos también sabían hacer mover el culo. Una nueva “Gran Esperanza Blanca” teniendo en cuenta que la Motown era la voz angelical del guetto, música racial y rompecaderas, la puta reina del baile de fin de curso y que lo sería durante muchas décadas. A Del Shannon no le sale la voz de la garganta en la grabación porque estaba cagado miedo.

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Supongo que a Del Shannon, pseudo-ídolo adolescente prefabricado y pseudónimo intencionadamente judío con miras a comerse las migas y con voluntad de minoría racial pero influyente y sin problemas para llegar a fin de mes, le habían calzado una camisa demasiado grande. No todos tenemos cuidado con lo que deseamos…

Al grano. El 8 de febrero de 1990, recién cumplidos los 56 y después de un extenso, lamentable e injustificado periodo de depresión que es el centro de éste artículo, Del Shannon se disparó con un rifle del calibre .22 -o 5,56 mm-, o lo que viene a ser un arma de caza normal, doméstica, nada que ver con los fusiles de asalto del ejercito de calibre .302 de los fanáticos de las armas; léase Ted Nugent, del que, en un futuro, también hablaremos. La primera reacción fue de sorpresa, pero venía acumulando razones y desengaños desde muy antes de aquel “Runaway” de abril del 61 con el que todo parecía –ahora sí– venir a pedir de boca.

Del Shannon, cuando era simplemente Charles Westover, era un chaval feo y apocado que trabajaba en una tienda de muebles. Tocaba en un club de rednecks con unos cuantos hijos de granjeros que tampoco querían esa vida. Hicieron una prueba en Enero del 61 como grupo, pero el dueño de la discográfica les dijo que aquello no vendía. Fue llegar a casa y una llamada: “reescribe la canción ‘Runaway’ y vuelve, solo, mañana”.

En dos meses había reventado las listas de éxitos. No se pretendía que tuviese otra talla que lo que a día de hoy sería un Bisbal o un One Direction, carne de cañón de un estudio que volaba momentáneamente bajo. Nunca se sacó partido de su alucinante capacidad para la guitarra eléctrica, ni se prestó demasiada atención a lo mal educada que tenía la voz. Total, sólo lo querían para lo que dura un cigarrillo.

Llegaba con su imagen de pardillo pueblerino con tupé y un puñado de folios escritos con rabia a fuego lento y cicatrices mal curadas. Nadie quería ni mucho menos al padre de familia pobre como una rata que era. En la firma del contrato le hicieron aceptar que ante la prensa confesaría tener cinco años menos de los que tenía, que se omitiría su pasado como militar y que su mujer quedaría apartada de los medios, también que se extendería el rumor de un desengaño amoroso, germen de tanta letra resentida unas veces o melancólica las otras.

El caso es que hubo un desengaño en el instituto que, ya sabéis, fue culpa de aquella Runaway que se perdió pasillo abajo cuando Chuck (así era conocido en aquella época) tuvo los santísimos cojones de declararle su amor como el que escupe contra el viento. Nadie puede culpar a Shirley de haber huido del chico raruno, reservado y problemático en cuya casa cocían habas. Algo le quedó dentro a Charles cuando en la letra fantasea con que ella se arrepiente y dice “Ahora me gustaría estar a tu lado” incluso después de ocho años de matrimonio y ser padres de dos hijos y una tercera de camino para acabar de abarrotar la caravana en que vivían los cuatro, todo lo felices que se pueda vivir así.

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Quizá no hubiese sido para tanto que, imposible de contener la presencia de su abultada familia y la cada vez más sospechosa, celosa con motivos y condecorada esposa, estallase en pedazos su imagen de soltero desengañado en el amor y su nueva discográfica, aquella que aceptaba la imagen de un hombre casado y padre de familia numerosa como estrella musical, no tuviese tan altas expectativas en su carrera y la dejase templar como productor o simplemente dejara que se extinguiese sin más polvareda en una sequía de éxitos que se veía venir de lejos. Pero Del Shannon seguía perplejo y empecinado en hacer música, escribiendo uno tras otro temas redondos que perdían gas en las listas de ventas, aunque rentables.

Del Shannon estaba maldito, tenía que escribir música para cerrar el círculo, otro peor que el de la “Little Runaway”. Cuando tenía trece años, después de ahorrar cinco pavos, compró una guitarra por correo. Su padre alcohólico le dijo que la devolviese inmediatamente. Chuck Westover empezó a componer música a escondidas, en el baño del instituto, donde todos sabían que Shirley lo rechazaría el día que se declarase porque era el hijo de un borracho inútil.

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Ahora que su carrera como ídolo adolescente decaía y no conocía otra vida que la de compositor, supongo que tenía constantemente a su padre presente, el NO de Shirley Runaway y toda aquella gente que nunca lo había visto de otra manera que como el hijo perdedor de un perdedor de los grandes y su nueva casa en el centro de Michigan se hacinaba de nuevo con los fantasmas que nunca lo dejarían descansar. Conforme los éxitos iban a menos, él bebía más y más, y su vida, trazada en diametral a la de su padre, convergía.

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En éstos años empieza la debacle: donde el alcohol no borra, cocaína. Donde su mujer, la eterna sospechosa, dijo no, mil fans cazatrofeos hacen cola. Donde hay una familia esperando ser decepcionada, un público entusiasmado y entregado. Una tras otra, las discográficas no tienen su magia o no la entienden; una tras otra, dispara los cartuchos que le quedan con vehemencia, pánico y rabia, pero nada. Llegan a despedirlo antes incluso de publicar el single prometido. Es él quien ruega de puerta en puerta que le sigan dejando escribir canciones, canciones de furia a fuego lento, desengañadas, de cicatrices mal curadas, teñidas tan de incertidumbre como su horizonte.

Reescribe su “Runaway”, quizá la única familia incondicional que le queda en el 67:

Otra vez en el 77 a petición de Tom Petty & The Heartbreakers con la intención de reivindicar su papel fundamental en la historia del Rock & Roll.

y otra vez más en el 86 como sintonía de la serie “Crime Story”.

Poco antes de tocar fondo tuvo quizá el intento de sublimación más extravagante y talentoso de todos los tiempos. Los antecedentes son éstos: en 1966, quizá el punto en que su situación personal y artística tocaba cotas de miseria pocas veces alcanzadas, era rechazado sistemáticamente de todos los estudios a los que llevaba su música, que con muy pocas excepciones acababa en el fondo de un cajón. Quizá era la fama de perdedor, perdedor de los grandes, lo que hacía que casi nadie quisiese escuchar su nuevo single augurando un fracaso. Luego supimos que todavía se guardaba algún as en la manga:

Pero fue en el 67, con un cambio de aspecto radical, patillas hasta el mentón, gafas cinemascópicas, acampanados imposibles, collares gruesos como cadenas de ancla…

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…cuando consiguió reunir a un par de mercenarios de estudio muy reputados en los círculos psicodélicos para grabar lo que no se puede ver como otra cosa que su testamento musical: The further Adventures of Charles Westover. Una mezcla de rock, esquemas rítmicos sencillos en bucle, florituras de guitarra cortesía del propio Charles y una anarquía musical que cuaja uno de los discos más alucinantes y conseguidos de su carrera… que obviamente, pinchó como todo lo demás, que le valió salir por la puerta de atrás de su octava discográfica y del que sería deshonesto no destacar esta joya:

Basta una escucha para ver que ahí arde su última pólvora y que todo a sus pies son cartuchos humeantes. Como instruyen a Michael Corleone en El Padrino: “suelta el arma a la vista de todos y sal a paso tranquilo”.

El resto es un taller ocupacional para viejas glorias: un concierto benéfico por aquí, un homenaje por allí, del que yo salvaría un último fulgor: en el año 1969 recibió el encargo de arreglar la canción “Baby, it’s you” escrita por Burt Bacharach e interpretada por The Shirelles para el grupo Smith que fue el single de su primer disco A group Called Smith. Es la única canción por la que se les conoce aún.

En 1979 entró finalmente en Alcohólicos Anónimos. En su intento por escapar de su destino, lo había cumplido largamente y sólo desde dentro había descubierto la simpleza de su problema: que la mejor forma de librarse de un destino es cerrándolo.

En una entrevista reciente su viuda ha confesado que sus tres hijos están en desintoxicación.

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