El día en que murió Antonio Vega

Antonio Vega, junto a su pareja, Marga
Antonio Vega, junto a su pareja, Marga

Se apellidaba Cebrián, le apodábamos Guitarritas porque el poco pelo que tenía sobre su calva parecían seis cuerdas de guitarra, nos daba una asignatura de Comunicación Audiovisual, en segundo de carrera, y murió no hace mucho. Quería enseñarnos, no sé si lo consiguió, pero el hombre nos bajó a las catacumbas, a los prehistóricos estudios de audio y vídeo de la Facultad de Ciencias de la Información, donde los pasillos de Tesis, actual almacén de todo el material tecnológico de deshecho de TVE.

Mi grupo de trabajo estaba formado por un puñado de rubias, mi novia de por entonces y mis amigos mayores, David y Jota. Hacíamos una práctica de no sé qué, un amago de informativo de radio, me parece, cuando alguien nos cantó que había muerto Antonio Vega. Quienes tenían teléfonos avanzados -lo más avanzados que estaban hace cinco años, quiero decir- comprobaron y confirmaron el dato. Quienes más lo sintieron -cosa de la edad, supongo- fueron David y Jota. Yo lo tomé como la muerte de alguien muy importante, pero con cierta distancia, porque a mí Antonio Vega me gustaba, pero no me volvía loco. Cosas del desconocimiento, de la inmadurez, no sé.

De Antonio Vega había escuchado lo habitual: que si “El sitio de mi recreo”, que si “Chica de ayer”, que si “Se dejaba llevar”. Dediqué la tarde de ese martes 12 de mayo a iniciarme en su música, a profundizar un poquito, arrastrado por esa ola literalmente mortal que acerca a la masa a la obra del fallecido. Escuché el Básico y unas cuantas canciones sueltas. Me gustó su literatura, su ‘suavidad’, su fluidez, su química, su desnudez -al menos, aparente-. Al día siguiente acudí a la sede de la SGAE, donde quedó instalada la capilla ardiente, a mostrarle mi respeto. Me fijé en la corona de flores de Joaquín Sabina. Firmé en el libro de condolencias justo después del guitarrista de La Unión. Le hice una canción que luego tiré a la basura. A mi ex le gustaba.

El viernes pasado estuve en el pase de prensa de Antonio Vega. Tu voz entre otras mil, la película documental que la periodista Paloma Concejero ha hecho sobre el músico. La cinta es valiente porque desmitifica, porque muestra a un Antonio familiar, sensible, curioso, casi de cristal; porque muestra la crudeza de la droga y sus efectos, el tormento consecuente, el abandono de su primer gran amor, la muerte del segundo. ¿La única contra? El rifirrafe entre Will More, colgado crónico -aparentemente-, y su hermana Carmen, sobre quién introdujo a Antonio en el mundo del caballo. Apesta un poco a discusión tertuliana.

La cinta de Concejero ha disgustado a la familia. Supongo que a nadie le gustará recordar que el hijo de uno ha sido un yonki. Aún así, creo que ofrece un bello retrato de un artista que paseó por callejones terribles, oscuros, afilados, venenosos. Se estrena en los cines este viernes 16 de mayo. Si no van a salir de fiesta esa misma noche, vayan a verla. Déjense llevar, pero con moderación.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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