Recordando a CAN, el alambique de la locura

CAN en su primera formación, con el cantante Malcolm Mooney (con sombrero y bufanda)
CAN en su primera formación, con el cantante Malcolm Mooney (con sombrero y bufanda)

Se tiende con frecuencia a organizar los elementos que componen nuestro alborotado mundo de manera meticulosa y metódica en lo concreto, pero de manera completamente caótica y aleatoria en lo general. En el mundo de la música es frecuente encumbrar o descalabrar a músicos, bandas o incluso géneros por pequeñas casualidades o por aquello de estar en el momento justo y en el lugar indicado. Creo que no me atañe a mí decidir quién merece ser una estrella y quién no, aunque, como a casi todos, me encantaría decir quién está sentado en su trono de manera legítima o ilegítima. El cometido de esto es solo recordar, para los que les habían relegado al último lugar de su memoria (o como a mí me gusta decir: “para los que les hayan convertido en la última mierda del Credo”) y para descubrir, a los que no conozcan, a una de las bandas más increíbles que yo haya oído jamás.

Hablo de un grupo de lo que se conoce como rock progresivo, un género ya de por sí devaluado por los “musicólogos”, transformado en un coto de caza privado para las escopetas de Pink Floyd y en menor medida para las de Genesis, Frank Zappa, Jethro Tull o Yes. La verdad de todo esto es otra muy distinta, pues, pese a que los ya mencionados son gigantes del rock y estandartes con justicia de este género, la multitud de bandas que podrían ser consideradas como cabezas visibles de cualquier movimiento de esta índole es innumerable, pudiendo incluso ser parte músicos que, con seguridad, jamás mencionaríamos, como los grupos de lo que tiempo después se llamó New Age, a los Beatles de los discos más experimentales o incluso gran parte de las poesías de Bob Dylan. Quizá la única conclusión es que a nada se le puede llamar nada con total certeza, aquello de no ponerle puertas al campo.

Volviendo al mundo real, lo que se esconde detrás de toda esta montañas de cachivaches, de estilos musicales y de nombres raros, son unos discos que todo el mundo debería escuchar al menos una vez en su vida, los de los alemanes CAN. Nacidos como grupo en Colonia en el año 1968, en lo que por aquel entonces era Alemania Occidental, son unos de los pioneros de lo que se vino a llamar Kraut Rock. Parece ser que hay declaraciones donde afirman que CAN es el acrónimo de “Communism, Anarchism and Nihilism” (comunismo, anarquismo y nihilismo), mucho más inteligente que “Lata” ¿verdad?; si quieren mi opinión, quédense con la lata, demasiado bonito para ser cierto. Sus miembros, de cuyos nombres me perdonaran que prescinda, son un ejemplo del eclecticismo que parece necesario para el rock progresivo; con influencias que van desde la psicodelia de los ya mencionados Pink Floyd hasta el jazz de Coltrane, CAN consigue un ambiente único, una atmósfera de confusión y de tenebrismo que solo nos deja una salida: la locura.

Su primer disco data del año 1969 y fue nombrado como Monster Movie. Para mí, pese a ser más simple que gran parte de los que grabarán después, es con diferencia el que desprende más esquizofrenia de todos. No suelo recordar las circunstancias que me rodeaban cuando escuché un disco, que si cuándo lo escuché por primera vez o que si cuántas personas andaban por la calle cuando tal canción sonaba, pero en el caso de Monster Movie lo recuerdo todo perfectamente. Quizá en el formato en que me llegó, que era el de vinilo, y que no soy un gran coleccionista, creó un ambiente especial, pero, una vez acabaron los 38 minutos y algo, no sabía bien qué es lo que había pasado allí, ni a dónde se dirigía el tren que me acababa de pasar por encima.

El álbum tiene cuatro pistas, siendo la primera “Father cannot Yell”, muy del estilo Velvet Underground, que hacía pocos años que habían lanzado su celebrada ópera prima. La segunda, “Mary, Mary So Contrary”, está basada en una canción popular inglesa llamada “Mary, Mary, Quite Contrary, la cual se transforma de su original carácter infantil, en una banda sonora del desastre, como la tonadilla de una asesino en serie. Le sigue “Outside My Door”, que cuenta con una melodía detrás de la banda de un instrumento de viento, que a veces parece estar hablando, como confabulando contra ti, así como contrastes con partes susurradas y partes gritadas con desesperación, algo que será recurrente en la carrera de CAN, y que transmite ese tipo de angustia que puede no ser agradable, pero que todo el mundo se muere por sentir. Termina el disco “You Doo Right”, una improvisación de seis horas condensada en 20 minutos de los cuales es difícil decir una sola palabra que pueda describirla.

Portada de Monster Movie (1969), donde aparecen como THE CAN

Un año después, con un vocalista nuevo (japonés, para más señas), grabarán Soundtracks, del cual no me atrevo a decir gran cosa por desconocimiento, y en el año 71 grabarán Tago Mago (parece ser que nombrado así por una isla en Ibiza) que es sin duda su álbum más célebre y el que más trascendencia ha tenido en la cultura popular. Tanto es así que el ínclito Johnny Rotten lo nombró su disco favorito en una de esas autobiografías que ahora se empeña en vender, o Marc Bolan lo ha mencionado como una de sus inspiraciones. Conforma sin duda uno de los grandes pilares para la formación de los grupos de post-punk de principios de los años 80, entre los que precisamente podemos contar a los PiL del ya mencionado John Lydon, Joy Division o The Fall.

En definitiva, aquí está mi contribución para que una banda tan perfectamente encajada en la cultura musical, no se olvide o se pierda en la maraña de nombres y etiquetas que tienden a confundirnos y engañarnos todos los días.

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Rodrigo Pérez

Rodrigo Pérez nace en Talavera de la Reina, donde ha colaborado con distintas bandas de las que ha sido despedido fulminantemente. Estudió Biología en Salamanca y Lengua y Literatura por la UNED.

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