“Dance me to the end of love” de Leonard Cohen y una invitación cobarde a bailar

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Quien les escribe emprendió, hace unos días, la búsqueda de alguna excusa más o menos periodística que justificase un artículo sobre Leonard Cohen. Ni las fuentes oficiales ni el todopoderoso Google me facilitaron nada. Este viernes, mientras marchaba al trabajo, temprano, pensé: “Bueno, en realidad, Acordes Modernos no es una revista musical al uso, prima tu tiranía, así que, aunque Leonard Cohen no sea ahora carne de actualidad, vamos a tirar p’alante”.

En realidad, llevaba varios meses sin escuchar a Cohen con regularidad. En un experimento psicológico conmigo mismo, hace un par de días, cuando salí a correr –yo siempre corro escuchando música; si no, no hay Hércules que me mueva- cambié el típico rock torticolero –de tortícolis, se entiende- por Various Positions, un disco que el canadiense publicó en 1984, el que contiene el sobado “Hallelujah”, y que abre con una balada deliciosa que se llama “Dance me to the end of love”.

Recuerdo lo que me dijo Krahe una vez sobre Cohen: “Está ordenado sacerdote budista, las órdenes que hagan ellos. Es un poco contradictorio, en alguien tan sensual como es Cohen. Aun así, me lo hace muy interesante”. “Dance me to the end of love” es una canción muy sensual. También muy erótica. No creo que sea porno. Aún así, puede ser que a algún cancerbero de la moral cavernaria le pueda provocar rubor. Él verá.

Canta Cohen:

Llévame bailando hasta tu belleza con un violín ardiendo,
llévame bailando a través del pánico,
hasta que esté recuperado contigo y a salvo dentro,
álzame como a una vara de olivo.

Los versos son hermosísimos, ponen la piel de gallina, parecen escritos con pasión efervescente -pese a la sosegada y profunda voz del cantautor-. En fin, la canción está plagada de joyas, no es cuestión de diseccionarla por completo, pero me es inevitable no destacar también estos versos:

Déjame sentirte moviéndote como lo hacen en Babilonia,
muéstrame poco a poco
aquello de lo que sólo conozco los límites,
y llévame bailando hasta el final del amor.

Nada, igual que algunos de los poetas que recitaban en el Bukowski de Malasaña (Pa-pum-pás! Chiste malo).

Finalizo con un párrafo que justifica la segunda parte del título de este artículo: Yo soy de los que piensan, basándome en situaciones empíricas, que hay canciones matemáticamente perfectas para hacer determinadas cosas con determinadas personas en determinados momentos -perdón por tanto determinismo-. También hay canciones que te recuerdan a alguien, o a algo que has hecho en determinado momento mientras sonaba esa canción (por ejemplo: nunca olvidaré que la última canción que escuché antes de hacer el último examen de mi carrera fue “Like a rolling stone“). Con “Dance me to the end of love” tengo un problema, aún no sé si de cobardía, aún no sé si de timidez. ¿Cómo se le puede decir a alguien: “Oye, cuando oigo a Cohen cantar: ‘Llévame bailando hasta el final del amor’, me acuerdo de ti’?”. Por eso, yo, que soy un hidalgo asustadizo, me limito a ofrecerte una mano y a proponerte un baile. Hasta donde tú quieras, vaya.

http://youtu.be/7pA5UhNaYw0

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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