“Las diez de últimas”: La última delicia de Javier Krahe

Portada de 'Las diez de últimas'
Portada de ‘Las diez de últimas’

El cantautor madrileño Javier Krahe publicó hace unos días -o semanas, mí no recordar- su último trabajo discográfico: Las diez de últimas. Encontramos una decena de canciones que, en mi opinión, están muy bien -además, te regalan hasta un libro: El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (todavía no lo he leído, luego no me pidan opinión sobre él)-. El disco, en su conjunto, es una delicia, y aquí va mi justificación, tema a tema:

Agua de la fuente” es un canto suave al agua neutra. En forma de pareados, Krahe canta a esa fuente que no dice que sí ni que no, que mana un agua que calma “en sus oídos” su “sed de canciones, mientras habla casi por hablar: que si de la luna de agosto, que si de la lluvia, que si “de indignados o de indignadores”, que si de la selva, que si “de la mugre que hay bajo el altar”. Finaliza la canción cuando irrumpe una chica, le tira tres besos y el cantante se va con ella.

Prosigue Las diez de últimas con la divertida y bella “Mariví“. Decía el escritor que somos nuestra memoria. Me pregunto si cuando la memoria se tiene que ocupar de terceros, estos terceros también lo son. En “Mariví”, Krahe recuerda los “cabellos nacarados”, los “pechos espigados” y hasta el pubis -que es “un puñal”- de Mariví… durante un rato. Luego resulta que no, que de quien habla es de una tal Maribel, ¿Maribel? “Alto que me confundo, deja que piense un segundo…”. Y finaliza amarga la canción: “Mariví o Maribel, Maribel o Mariví, piel azul o blanca piel, decidme: ¿os acordáis de mí? ¿Os acordáis vosotras de mí?”.

A la tercera va el canto anticlerical: “Fuera de la grey” se une a canciones como “Los caminos del Señor” o “Huevos de corral”. Krahe arranca diciendo que el Señor no es su pastor: “Yo no soy un borrego. Me alejé de toda fe, ¿sabéis por qué? Por ser un mujeriego”. Bajo una música que a un servidor le recuerda a la melodía de “Un burdo rumor”, Krahe se refiere a su imputación por ofender a la conciencia religiosa, o como se diga: “Menos mal que la justicia terrenal en mi malicia no ha visto más que buena fe (…). Tras pasar por un mal trago, yo enseguida me rehago (…). Si tú, inquisidor moderno, crees en un Padre eterno ante el que humillas la testuz, yo, insistiendo en mi rechazo, con mis amores del brazo voy por la calle de la Cruz”.

Con pasos cerriles” es una de esas canciones en las que Krahe, en directo, suele soltar un “¡sacarina!”. Maravillosos vientos los de Andreas Prittwitz mientras el cantautor madrileño dice que pasa de escaladas y ochomiles, teniendo bastante con el “más alto simbolismo” de la musa. Va del monte de Venus al Calvario y vuelve, cuando no se llama este último Parnaso o de Piedad, que no lo dice él, que lo dice la musa, “pero qué falsedad, pero qué falsedad y qué grosera tú”.

Creo que “Tombuctú” es la canción que más me gusta del disco. Una pareja se separa, decidiendo ella marcharse a Suecia, decidiendo él largarse a Tombuctú. El tipo se retracta, viaja a Estocolmo y se encuentra a la señora con un “vikingo nada calvo y cuarentón”. Tras rumiar “celos y rabia”, el tipo cambia el chip y decide marcharse de verdad a Tombuctú, hasta que le dicen “que -las mujeres- están bajo el yugo talibán, las obligan a ir a misa y han perdido la sonrisa. Tombuctú ya no es buen plan”. Y remata: “En fin, que me voy a Honolulú. Adiós, Lucrecia, Lulú”. Una maravilla.

Continúa Las diez de últimas con “Cuando desperté“, una canción optimista en la que el autor celebra que, cuando despierta, una tal Gabriela seguía a su lado -incluso, cuando se vuelve a dormir-. “Y aún mejor floreces tú, brillas tú y aromas tú”. “Puzzle” es la oda a un cuerpo visible y un lamento a un cuerpo oculto. Podría decirse que es una canción para una mujer que es una fiera corporal: “Esa piel, ese pelo, esos contornos (…), ante tal melodía, caeré redondo y, al ser tan frágil, qué racanería (…), que me rompa en pedazos es lo más fácil”. Pero la fiera luego recompone a Krahe, “y ole que ole”.

En “Grandes rebajas“, Krahe le canta a una chica que le haga buenos descuentos, por tratarse de una relación breve. El autor no quiere una relación para toda la vida, sino aprovechar un encuentro que durará dos días. “Hubo ayer, hay hoy y mañana me iré”. La novena canción se llama “Décimas con aguarrás“. Krahe se define como un agua cambiante -a veces agua fresca, a veces agua clara, a veces agua turbia, a veces aguacero, a veces aguarrás- y se muestra pesimista respecto al futuro, que “anuncia desolación, desolación y pan duro”. También rezuma discurso anticlerical: “Yo es que crispo con el obispo ése de Roma, ¿por quién se toma?”. Finaliza el disco con “¿Por qué no?“, una canción más o menos teatral en la que los músicos se le sublevan al Krahe, pidiéndole que cambie palabras. En fin, que Las diez de últimas está muy bien. Mañana me entrevisto con él e iré a un concierto suyo. Pero como él dice en “Vecindario”, de Cábalas y cicatrices -para mí, su mejor disco-: “Eso es otra canción”.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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