Así conocí a Enrique Bunbury

vegas_bunburyLa carrera de Periodismo que se imparte en la Complutense de Madrid defraudó a casi todos aquellos que, hace ahora seis/siete años, comenzamos nuestra etapa universitaria con ganas de convertirnos en Chaves Nogales, en Manu Leguineche o en Francisco Umbral. El hastío, el aburrimiento, la sensación de “esto no me aporta nada” se instaló en uno en segundo de carrera y ha permanecido hasta su final -con excepciones: siempre digo que en la UCM me he encontrado con los mejores profesores de mi vida, como Ángel Rubio, Joaquín Sotelo o Felicísimo Valbuena-.

Pero primero fue, académicamente, un año feliz: disfruté con las clases de Historia Contemporánea que impartía el profesor Fuentes como nadie e hice muchas entrevistas y reportajes, a veces por mandato de la profesora Elena Lowy, a veces porque me daba la gana: Ana Belén y Víctor Manuel, Javier Krahe, Concha García Campoy, Gran Wyoming… Yo quería entrevistar a Sabina -que siempre me ha dado largas; una vez, Pancho Varona me dijo: “salvo que seas de la SER, Sabina no te concederá ninguna entrevista”-, a Nacho Vegas y a Bunbury.

Yo no era de Bunbury como tal, sino del disco El tiempo de las cerezas, grabado junto a Vegas. Al líder de los Héroes del Silencio lo había escuchado poco y mal salvo, ya digo, en El tiempo de las cerezas. Resultó que este trabajo se convirtió en mi disco de cabecera cuando estudiaba primero, lo escuchaba a diario y varias veces, y aprendí a tocar canciones como “Días extraños” o “No fue bueno, pero fue lo mejor”.

Académicamente, repito, fue un año feliz y, un día después de haber acudido a “hacer prácticas” sin hacerlas con mi amada Concha García Campoy en Las mañanas de Cuatro, me encontré a Bunbury en la calle Arenal. Caminaba junto a su novia, José Girl, y vestía un traje negro, zapatos de tacón, RayBan de las buenas, no de esas imitaciones que le compro yo a los negros en la Puerta del Sol, y una camisa morada. Me lo encontré junto a la Joy Eslava y pasé de largo. Tardé unos 20 eternos segundos en reaccionar y pensar: “Hostias, que es Bunbury, ve a por él”.

Le di un toque en el hombro, Enrique se giró, y yo me presenté. Recuerdo entrañable: Bunbury se paró a escucharme y se interesó por mi mierder historia personal: “soy estudiante de primero de Periodismo, estoy preparando un trabajo con entrevistas, tengo a Wyoming, también voy a tener a Sabina (mentira)”, y así.

Entonces se plantaron 3 testigos de Jehová e interrumpieron la conversación. Nunca se me olvidará lo que les dijo Bunbury: “¿No os dais cuenta de que estoy hablando con este joven? ¿Por qué no cogéis y os vais un poquito a la mierda?”. Los testigos de Jehová se fueron, Bunbury soltó un: “Continúa, por favor”, yo seguí con mi relato, y él me contó que estaba en Madrid por Hellville de Luxe, disco que todavía no estaba en el mercado, pero que se iba en breves a Cádiz (creo que mencionó el Puerto de Santa María, pero la memoria falla). Me dio el correo de Nacho Royo: “Cuéntale que nos hemos encontrado y a ver cómo lo podemos organizar”. Nos dimos un abrazo y cuando se marchó yo me puse en plan locaza, pero sin alardeos públicos.

Por la noche escribí al tal Royo.

Todavía espero su respuesta, joder.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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