‘Modern Times’ o Así descubrió a Bob Dylan un adolescente manchego

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Cuando me instalé en Madrid, hace seis años, yo quería ser cantautor. Me traje del pueblo la guitarra vieja de mi madre -un trozo de madera con cuerdas paleolíticas y un par de grietas, que sonaba algo enlatado, pero que sonaba, al final-, un porrón de discos de Joaquín Sabina y un par de paquetes de folios que pretendí llenar con letras tan originales, buenas y brillantes como las de “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, del propio Sabina; “Pasaba por aquí”, de Aute, o “El hombre que casi conoció a Michi Panero”, de Nacho Vegas. Efectivamente: inmerso en mi idiotez vanidosa -o en mi vanidad idiota, elija el lector-, nunca se me ocurrió apuntar más bajo. Quizás por eso, entre otras cosas, haya dejado de componer canciones.

Dominaba la obra de Sabina, sobre todo, y controlaba con altibajos la de Andrés Calamaro, la de Javier Krahe y la de Bunbury. Pero mis tímpanos y eso que en los libros de Conocimiento del Medio se divide en oído interno, medio y externo, no estaban acostumbrados a escuchar música rock o de autor anglosajona/estadounidense. Superficialmente, sí: el par de discos de Nirvana que tenía por casa -el Unplugged y el Nevermind-, las canciones sueltas de grupos típicos -que si Gun’s n’ Roses, que si The Rolling Stones, que si Credence Clearwater Revival, y así- que albergaba el disco duro de mi viejo ordenador tras horas de descarga -porque en mi casa del pueblo había tarifa plana, pero no ADSL-, y un disco pirata con un concierto -que también me había bajado- de Bob Dylan, su Unplugged de la MTV.

Yo quería profundizar en la obra de Dylan porque Sabina lo ponía por las nubes y porque, por entonces, Sabina era mi tótem y los ídolos de Sabina eran mis ídolos. ¿Que yo adolecía de personalidad propia? Pues sí, oiga, pero mejor dejarse guiar por el autor de 19 días y 500 noches que ser una ‘belieber’. Decidí que no me adentraría en condiciones en el universo del músico de Duluth mientras no pagara -afortunadamente, esto no me ocurrió en materia sexual, aunque hubo momentos en los que lo pensé-. Total, que abandoné mi residencia de estudiantes -por un momento; nunca tuve la valentía de Holden Caulfield para escaparme-, peregriné hacia la Fnac de Callao, subí hasta la segunda planta y crucé la línea: por primera vez en mi vida atravesé la frontera invisible en la que las estanterías dejan de tener música nacional y albergan música internacional. Me sentí como un inmigrante ilegal mexicano que intenta pisar suelo estadounidense. Incluso miré a mi alrededor con miedo, por si acaso algún yankee loco me disparaba. No salí corriendo pidiendo socorro, pero reconozco que faltó poco para ello.

En lugar de encontrarme a un sheriff psicópata al estilo del de Desesperación, de Stephen King, estuve charlando con una dependienta de la sección de discos. Con acento manchego y tímido le pregunté qué me recomendaba, porque yo no tenía ni puñetera idea de la música de Dylan pero que quería ser bautizado en su nombre, al menos, musicalmente. Me sentía como un turista japonés en el Museo del Prado: estaba rodeado de auténticas obras de arte, y no sabía por donde empezar a consumir -Fnac, yo-/fotografiar -japo, museo-. La joven empleada, a la que podríamos llamar Nuria, por ejemplo, tampoco era muy dylaniana. Nuria era un poco más baja que yo, tenía el pelo a lo garçon, la nariz respingona y las caderas un poco anchas, pero muy bonitas, oyes. Amablemente me dijo: “Este es el último”. Se acercó al estante y cogió Modern Times, que había salido un año antes, en 2006. Le dí las gracias, pagué en la primera planta los 14,95 euros que costaba el CD y, raudo y veloz -perdón por el tópico-, puse rumbo a mi residencia de estudiantes, donde me encerré en mi habitación, encendí el ordenador y le dí rienda suelta al disco.

Mientras sonaba “Thunder on the mountain”, la primera canción del disco, tuve la sensación de caer en un túnel espiral con relojes, como el de Alicia en el País de las Maravillas. Me sumergía en un mundo nuevo para mí que, paradójicamente, tenía mucho que ver con la música que se hacía hace 50 ó 60 años. Me encontré con un tipo que hacía canciones que superaban los cinco/seis minutos, sin estribillos, con una melodía que se repetía en cada estrofa y que decía cosas que no acababa de entender muy bien… por mi pésimo nivel de inglés. Sentía que esa voz nasal y rasgada me estaba contando historias y revelando pensamientos interesantes y quise conocer, con la máxima precisión, qué estaba sonando, exactamente, en mi habitación. Así que cogí uno de esos folios que pretendía utilizar para escribir mis futuras canciones, un bolígrafo de propaganda y el diccionario de Inglés, me bajé las letras del disco -en un portal que se llama dylanchords.info- y me puse a traducir mientras escuchaba Modern Times. Cuando completé la tarea, puse de nuevo el disco, releí las letras y decidí que Dylan iba a ser mi músico favorito por siempre jamás. Y así, hasta hoy.

Reconozco que tardé en digerir mi primer disco de Dylan unas 2 ó 3 semanas. Cuando transcurrió ese tiempo, volví a la Fnac y me compré otros tres del tirón -estaban a 6 ó 7 euros, y había que aprovechar la oferta-: Blonde on blondeBlood on the tracks y Street legal. Pero, de seguir hablando de estos tres CDs, ya me metería en otra historia.

Solo una cosa más al respecto de Modern times: mi primer beso en Madrid -sí, toca anécdota cursi- lo conseguí/robé gracias a una canción de este disco. Me refiero a “When the deal goes down”. Me fugué por una noche -ya digo que me faltaron huevos para escaparme de la residencia- a la casa de una amiga que me gustaba mucho por entonces. Ella tenía novio, pero su maromo vivía en Bilbao o en Oviedo, no ‘me recuerdo’, que diría Francisco Umbral, y servidor acudió al piso de la susodicha para hacer un trabajo de clase. Mi amiga acababa de despedirse de su macho, me contó que la relación no pasaba por el mejor momento y yo, mientras la consolaba, en lugar de escoger alguna canción alegre para animarla, le puse el “When the deal goes down”, que es tan hermosa como triste. Mi amiga empezó a llorar y, tras la cena, nos liamos. Luego me dijo que de ir a la cama juntos, nanay, y me tocó dormir en su verde e incómodo sofá. Fui un poco ruin, pero ya tengo algo que contar a mis nietos, si es que algún día, dentro de muchos eras, los llego a tener.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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