La cucaracha

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La televisión autonómica castellano-manchega retransmitía la gala final de una especie de Operación Triunfo de la copla. La presentadora tenía un pecho lustroso. “Hace un calor que tetorras”, dijo Pepe Ricardo, haciéndose un chiste para sí mismo, mientras despegaba sus sudadas posaderas del sofá y agarraba la telilla del calzoncillo, amarillo y con motas marrones, que había invadido la raja de su culo. Maldita ola de calor, este año vamos a vendimiar en el infierno, pensaba. Fue a la cocina, abrió la puerta del frigorífico, apartó la bolsa de las cebollas que quería haber tirado hacía ya tres meses, cogió una lata de cerveza de marca blanca, la abrió, bebió y regresó al punto de inicio para ver cómo una treintañera de una pedanía de Cuenca destrozaba el clásico “Suspiros de España“.

-¿Quieres suspiros -preguntó a la tele Pepe Ricardo-? Pues toma uno gordo.

Se tiró un pedo de los que dejan pegatina. Nuestro telespectador se cagó literalmente en su ropa interior y metafóricamente en la madre que parió a Paneque. Volvió a levantarse para quitarse los pantalones y los calzoncillos. Los arrojó al suelo.

-De aquí no me muevo hasta que acabe el programa.

Pepe Ricardo se quedó sopa en la siguiente pausa publicitaria.

Cuando despertó, el canal autonómico había cambiado el OT-Fracasados de la Copla por la teletienda. Pepe Ricardo lamentó haberse perdido la votación final. No tenía Internet en su casa y no conocería quién había sido el concursante expulsado hasta el día siguiente, cuando se reuniera con sus compañeros de labranza en La Jota Caliente, el puticlub más cercano al pueblo. Volvió a levantarse del sofá e hizo un amago de despegar, nuevamente, los calzoncillos del humedal que empapaba su trasero. Recordó que se había desprendido de la ropa interior y que la había tirado al suelo. Recogió las prendas. Vio que se movía algo, gritó y las tiró al segundo.

Una cucaracha negra devoraba las generosas zurraspas que decoraban los calzoncillos de Pepe Ricardo. Se trataba de una buena pieza: el insecto mediría unos 4-5 centímetros. Disfrutaba del festín sin remordimientos de conciencia -hasta donde yo sé, ni la Biblia, ni las encíclicas papales, ni el derecho canónico sostienen que los invertebrados artrópodos pueden pecar de gula-.

Pepe Ricardo recordó a su tía Luisa, la hermana de su madre, quien no hacía otra cosa que reprocharle su falta de higiene y quien aseguraba que moriría de síndrome de Diógenes. Te tienen que quitar la roña con espátulas, cacho cerdo, hay escarabajos peloteros que cargan con menos mierda que tú a tus espaldas, deberías ducharte con napalm, no te quiere ninguna mujer porque te huelen los sobacos y el culo a kilómetros, y mírate ahora: hasta las cucarachas se comen la mierda directamente de tu culo.

Pepe Ricardo dio un grito fuerte y prolongado mientras se tapaba los oídos con las dos manos. Agarró un ejemplar del periódico La Tribuna que había encima de su mesa, lo enrolló, apuntó contra la cucaracha y asestó un golpe seco. Hasta las cucarachas se comen la mierda directamente de tu culo, insistía la voz de la tía Luisa, como un estribillo constante, en la mente de nuestro protagonista.

Alzó el periódico y contempló cómo la cucaracha, estampada en el papel bajo un sello de pus amarillo-verdoso, aún meneaba sus seis patitas. Pepe Ricardo tiró el periódico a la papelera, metió la ropa en la lavadora y se fue a dormir.

2

El termómetro marcaba 37ºC y el reloj despertador la 1:55 de la madrugada. El imperativo diario de dormir se le estaba haciendo cuesta arriba a Pepe Ricardo, agricultor que al día siguiente debía despertarse a las 6:45 de la mañana para cambiar tubos en su viña, porque es tarea, la de cambiar tubos, que se suele hacer mejor cuando no aprieta el calor. Del lado izquierdo de la cama emigró al derecho una vez y otra, y otra. Miró de nuevo el reloj despertador: los dígitos rojos marcaban las 2:47. Como Pepe Ricardo no consumía somníferos -“las pastillas son para perdedores y quinquis”, decía- optó por la vía manual de la masturbación.

Fue a agarrarse la picha y vio de nuevo a una cucaracha. Pepe Ricardo alucinaba: el insecto tenía el exoesqueleto quebrado por la mitad y dejaba tras de sí un rastro de pus amarillento. Parecía el mismo animal que había estampado unos momentos antes con el periódico. Tu mierda es tan potente como un residuo nuclear, como la pócima de los tebeos de Astérix. Fíjate: hasta las cucarachas resucitan gracias a ella, decía oportuna la tía Luisa.

Pepe Ricardo sonrió y, sin alterarse, se acercó a la cucaracha y le susurró: “Te vas a enterar, zorra”. Se incorporó, abrió el cajón de su mesita y cogió el mechero que se encontraba debajo del recorte de la portada de Sport que ilustraba la conquista del Mundial de Fútbol por parte del Barcelona. Acto seguido fue al cuarto de baño y tomó un trozo de papel higiénico. Después, ya en la habitación, envolvió a la cucaracha con este y le prendió fuego.

-Jódete, Juana de Arco.

Tiró el papel por la ventana, volvió a tumbarse en la cama y, esta vez sí, consiguió dormirse.

3

Pepe Ricardo tomaba el Sol en una playa caribeña. Una joven mulata con el pelo a lo afro y las tetas pequeñas le hacía tirabuzones en los pelos de la barriga, mientras otra, rapada y tetona, completamente desnuda, le preparaba un mojito. Cuando terminó de elaborar la copa, la guapa camarera le acercó el vaso a Pepe Ricardo, quien puso los labios sobre él y sorbió la dulce bebida. Sin embargo, notó un sabor pastoso y amargo, escupió y despertó.

La cucaracha se paseaba por sus labios.

El reloj marcaba las cuatro en punto, la tía Luisa insistía –guarro, guarro, guarro, puerco, cerdo, asqueroso, pedazo de mojón…-, Pepe Ricardo escupió, se lavó la boca en el lavabo, bajó hasta el sótano, cogió la escopeta de su padre, le puso un par de cartuchos, regresó a su habitación, apuntó al insecto y le pegó dos tiros. Pam, pam. El vecino de al lado dio un par de puñetazos en la pared.

-Pepe, ¿estás bien?

-Mejor que nunca -gritó.

4

Como cada mañana, Pepe Ricardo fue al baño a plantar un pino. Tres, dos, uno, zasca: de su ano partió hacia el eterno exilio de las alcantarillas un toma-hawk pulcro, de esos que no dejan mancha ni huelen. “No merece la pena ni limpiarse el ojete”, pensó. Y no se limpió.

Tiró de la cadena, fue a subirse los calzoncillos y, al tocarlos, notó que estaban húmedos y que tenían una mancha larga, horizontal y amarillenta. En un primer momento pensó que se había meado durante la noche, pero no tardó en desestimar la idea porque se puso ropa interior limpia nada más despertarse. Se subió los pantalones y notó un cosquilleo en su pierna izquierda. La meneó un par de veces y volvió a encontrarse con la maltrecha cucaracha, que había resurgido de las llamas, como un Ave Fénix cutre, asqueroso y sin columna vertebral.

Pepe Ricardo pateó el suelo violentamente, y vio cómo la cucaracha, ágil, abandonaba el baño a gran velocidad. Lanzó un grito de guerra, agarró una lámpara, apuntó al insecto y disparó. Falló. El bicho huyó hacia la cocina y se escondió debajo del frigorífico. Pepe Ricardo a la de una, a la de dos y a la de tres lo volcó, rompiendo el cable del enchufe, se subió encima del electrodoméstico y saltó sobre él varias veces durante cinco minutos. Agotado, fue a darle la vuelta y…, bueno, la cucaracha siguió corriendo. Mírate, una cucaracha, el ser más miserable del mundo, es más lista que tú, se ríe de ti. Como no tienes materia gris en tu cerebro, sino mierda líquida de diarrea, hasta el bicho más imbécil es capaz de burlarse de un engendro roñoso y asqueroso como tú. No eres más que un montón de mierda, cerdo, cochino, gilipollas.

-Puta tía Luisa.

Pepe Ricardo optó por descuartizar al bicho. Cogió su eterna navaja, con la que se quitaba la roña de las uñas y con la que partía tomates, y persiguió al insecto asestando navajazos al aire y al suelo. En un movimiento fallido, Pepe Ricardo sufrió un profundo corte en el dedo meñique de la mano derecha. Acudió al botiquín para limpiarse con agua oxigenada la herida. Al girar la cabeza, vio cómo la cucaracha bebía en la pequeña mancha de sangre que había dejado en una baldosa. Como un leopardo que acecha a una gacela en el Serengeti, Pepe Ricardo se agazapó, saltó y atrapó al animal, que no paraba de mover sus patas y de segregar pus. No tienes cerebro ni para matar a una cucaracha, zurullo asqueroso.

Pepe Ricardo sonrió y separó el cuerpo de la cucaracha en tres partes.

-Ahora vas y lo cascas.

5

“La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar”, sonaba en la radio del tractor de Pepe Ricardo, ya en la viña cambiando tubos. Escuchó durante quince segundos la canción, sonrió, y siguió con sus labores.

Las cepas estaban verdes y sanas. Las lluvias de los últimos meses anticipaban una buena cosecha. Las plantas contaban con numerosos racimos y la fruta, pese a estar todavía inmadura, tenía muy buena pinta.

Pepe Ricardo quitaba los tubos del puesto inicial, los cargaba en un remolque y después los colocaba en otra parte del viñedo. Pese a haber dormido mal, la mañana había sido productiva, y ya solo le quedaban dos tubos por colocar.

Cargo el penúltimo en el remolque.

Cargo el último.

De este salió la cucaracha. Un hilo de pus viscoso unía las tres partes en las que Pepe Ricardo, con su navaja, había dividido el cuerpo del artrópodo.

Incrédulo y asustado, Pepe Ricardo dio dos pasos atrás. Ahora, el maldito insecto no huía de él, sino que se le acercaba. El tercer paso hacia atrás de Pepe Ricardo fue fatal: tropezó con uno de los tubos y se clavó en la nuca uno de los hierros en los que se enganchan los aspersores.

Una urraca se posó sobre el cadáver de Pepe Ricardo y comenzó a picotear en uno de sus ojos.

No eres más que un montón de mierda, cerdo, cochino, gilipollas.

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Jesús F. Úbeda

Jesús Úbeda nace en 1989 en Ciudad Real. En 2006 se traslada a Madrid, donde vive. Licenciado en Periodismo.

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